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Partidismo negativo: votar para que pierda el otro

Partidismo negativo: cuando votamos para que pierda el otro
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Partidismo negativo: votar para que pierda el otro

Cada vez más gente, en cada vez más países, no vota por convicción con lo propio sino por aversión a lo ajeno. La ciencia política le puso nombre a ese fenómeno hace más de una década, y lo que empezó como una curiosidad sobre el electorado norteamericano hoy se estudia, con datos duros, en nuestra propia región.

Hay una frase del politólogo Alan Abramowitz, de la Universidad de Emory, que resume mejor que cualquier definición técnica de lo que estamos hablando: el partidismo negativo se parece a ser hincha de un equipo de fútbol. Dentro del propio equipo puede haber desacuerdos internos serios —la táctica, el entrenador, tal o tal jugador—, pero lo que realmente mueve a la hinchada, lo que la saca a la calle y le pone el cuerpo, es la aversión al rival de siempre. No se trata de amar al propio equipo. Se trata de necesitar, por encima de todo, que pierda el otro.

Qué es exactamente el partidismo negativo

El concepto describe una forma de identificación política que ya no se construye principalmente a partir de lo que un partido propone, sino a partir del rechazo a lo que propone el partido contrario. Es un giro sutil pero decisivo: en vez de «voto a este partido porque comparto sus ideas», el mecanismo pasa a ser «voto a este partido porque no soporto la idea de que gane el otro». Abramowitz documentó que, desde los años ochenta, el rechazo hacia el partido rival viene creciendo de forma sostenida en Estados Unidos, incluso por encima del cariño genuino que los votantes sienten por su propio espacio político. En paralelo, creció también el voto no diferenciado: cada vez más gente vota al mismo partido en todas las boletas y en todas las elecciones, sin dividir el voto entre distintos niveles de gobierno como solía hacerse.

El pico de 2016 y la comparación deportiva

El ejemplo de manual llegó con las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016: Donald Trump y Hillary Clinton recibieron, ambos, las evaluaciones emocionales más negativas jamás registradas en encuestas comparables hasta ese momento. No era que los votantes amaran especialmente a su propio candidato —muchos, de hecho, lo votaban con dudas serias—. Lo que los movía con fuerza real era el rechazo al otro.

No es solo cosa de Estados Unidos

El fenómeno está documentado también en Canadá, Australia y Nueva Zelanda, y la investigación comparada muestra que en varios países de Europa occidental la aversión al partido rival puede predecir el comportamiento electoral con la misma fuerza —o más— que la identificación positiva con el propio espacio. En México, el partidismo negativo y la evaluación retrospectiva del desempeño del gobierno de turno resultaron predictores claros del voto en las elecciones presidenciales de 2024. El patrón se repite con variaciones locales, pero la estructura de fondo es la misma en todos los casos.

El segundo nombre del mismo problema: polarización afectiva

Acá es donde la ciencia política y la sociología empezaron, en la última década, a mirar con lupa algo que va más allá del comportamiento electoral puntual. La polarización afectiva describe el estado social que ese partidismo negativo termina generando: favoritismo intenso hacia el propio grupo político, y desprecio —no solo desacuerdo, desprecio— hacia el grupo rival. Mientras el partidismo negativo explica por qué votamos como votamos, la polarización afectiva explica en qué tipo de sociedad terminamos viviendo después de votar así, elección tras elección.

Lo que distingue a este tipo de polarización de un simple desacuerdo ideológico es que la decisión racional y el cotejo de evidencia quedan subordinados a sesgos cognitivos y apelaciones emocionales constantes. Y tiene, además, una consecuencia ética incómoda: habilita lo que los investigadores llaman «licencias morales» para con los miembros del bando opuesto —formas de trato, de descalificación o de deshumanización del rival que la propia persona jamás aplicaría a alguien de su propio grupo, por las mismas conductas.

La democracia, sin ser una forma de gobierno perfecta, es la que mejor logra reducir la violencia asociada al cambio de poder político. — Adam Przeworski, politólogo, 2016

Esa frase de Przeworski es, en el fondo, la pregunta que le da sentido ético a todo este campo de estudio: la democracia funciona, entre otras cosas, porque todos aceptan perder una elección sin recurrir a la violencia, confiando en que podrán volver a competir la próxima vez. La polarización afectiva ataca exactamente esa base. Cuando el rival deja de ser «el otro partido» y pasa a ser visto como una amenaza existencial para el país, aceptar una derrota electoral deja de ser un trámite democrático normal y empieza a sentirse como una rendición inaceptable.

Lo que muestran los números, con nombre y apellido: el caso argentino

La investigación más reciente ya no se queda en la teoría general: mide esto con encuestas concretas, y los resultados en nuestra propia región son contundentes. Un estudio de Ramírez y Falak, publicado en la Revista SAAP, encuestó en 2021 y 2022 a votantes argentinos de Frente de Todos y de Juntos por el Cambio, agrupados según su voto en la elección presidencial de 2019.

+1/3
de los encuestados no tiene vínculos cercanos con votantes del otro espacio
~70%
de votantes de JxC ve a los de FdT como una amenaza para la democracia
49%
de votantes de FdT ve a los de JxC como esa misma amenaza
34% / 26%
rechazaría una pareja del otro espacio (JxC / FdT, respectivamente)

El estudio encontró también algo más incómodo que los porcentajes de rechazo: el odio directo hacia el líder del otro espacio —no desacuerdo, odio— fue reportado por el 40% de los votantes de Juntos por el Cambio respecto a Cristina Fernández de Kirchner, y por el 27% de los votantes de Frente de Todos respecto a Mauricio Macri. Los propios autores señalan algo que otros estudios internacionales también documentan: el rechazo y la hostilidad resultaron más pronunciados de un lado del espectro que del otro, un patrón de asimetría que ya se había observado en estudios sobre la derecha española.

El dato que distingue a la región: importa más el líder que el partido

Una tesis reciente de la Universidad de Barcelona, enfocada específicamente en América Latina, aporta un hallazgo que cambia bastante el diagnóstico respecto a lo que se sabía sobre Estados Unidos y Europa: en los sistemas presidencialistas de la región, la identificación con un líder político concreto pesa más que la identificación con el partido a la hora de generar polarización afectiva. No es que la gente odie a un espacio ideológico abstracto —es que odia o venera a una persona puntual, con nombre y apellido, de forma mucho más intensa que la que genera cualquier sigla partidaria.

Un dato inquietante sobre cómo reacciona cada bando

La misma investigación usó como caso de estudio la suspensión del referéndum revocatorio de Venezuela en 2016 contra Nicolás Maduro, y encontró una asimetría que vale la pena remarcar: los simpatizantes del oficialismo no modificaron su visión de la oposición después de esa jugada antidemocrática, mientras que los identificados con la oposición se volvieron notablemente más hostiles tras la suspensión. La erosión democrática, concluye el estudio, no afecta por igual a todos los sectores de una sociedad polarizada: a unos los indigna y a otros, simplemente, no les mueve el amperímetro si el que la ejecuta es «su» líder.

¿Es la polarización en sí el problema?

Conviene aclarar algo que suele perderse en el debate público: la polarización ideológica, por sí sola, no es automáticamente mala para una democracia. Los propios investigadores de este campo señalan que un contraste ideológico claro entre opciones políticas puede, de hecho, revitalizar la participación —la gente vota más y con más convicción cuando siente que hay algo real en juego, no cuando todas las opciones se parecen entre sí—. El problema aparece cuando esa polarización ideológica se combina con aislamiento cognitivo —vivir encerrado en el propio círculo informativo, sin contacto real con quien piensa distinto— y con hostilidad: ahí es donde, según advierten varios autores, el odio empieza a traducirse en un deseo activo de eliminar al adversario, no solo de vencerlo en una elección.

Lo que está en juego

La literatura es coincidente en un punto central: la polarización afectiva socava la satisfacción pública con la democracia y amenaza su estabilidad, no de forma abstracta sino a través de mecanismos concretos y medibles —menos disposición a aceptar resultados electorales adversos, menos tolerancia hacia la disidencia, más disposición a creer que el fin justifica cualquier medio si el rival «representa una amenaza existencial»—. Y una vez que una sociedad cruza ese umbral, revertirlo no es sencillo: no alcanza con que baje la temperatura de una campaña puntual, porque lo que se degradó fue algo más profundo que una coyuntura electoral — fue la disposición misma a convivir con quien piensa distinto sin verlo como un enemigo a destruir.

Quizás la pregunta más útil que deja todo este campo de estudio no sea «¿por qué odiamos tanto al bando contrario?», sino una más incómoda todavía: ¿cuánto de lo que yo mismo siento como convicción política propia es, en realidad, apenas el reverso de mi rechazo al otro? Es la pregunta que casi nadie se hace en caliente, en medio de una campaña o una discusión de sobremesa —y es, probablemente, la única que de verdad podría empezar a bajarle el volumen a todo esto.


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Fuentes: Alan Abramowitz, Universidad de Emory — investigación sobre partidismo negativo en EE.UU. desde los años 80. Ramírez, M. y Falak, S. — «Polarización afectiva y partidismo negativo en Argentina», Revista SAAP (2023), con datos de encuestas FLACSO 2021-2022. Remiro Pernia — tesis doctoral sobre polarización afectiva individual y de élites en América Latina, Universitat de Barcelona (2024). Adam Przeworski — citas sobre democracia y reducción de la violencia política (2016). Estudios comparados sobre partidismo negativo en Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Europa occidental y México (elecciones de 2024).

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