La factura que
nadie vio venir
Estados Unidos rescató al yen vendiendo euros que no eran suyos para gastar, sin avisarle al Banco Central Europeo. No fue generosidad hacia Japón: fue protegerse a sí mismo, mientras el resto del mundo compra oro como si el dólar ya no fuera la apuesta segura.
El 31 de julio, un fotógrafo de Reuters captó lo que había anotado el secretario del Tesoro estadounidense en su bloc de notas durante una reunión de gabinete en Camp David: «Pendiente: comprar yenes japoneses, 5-10.000 millones de dólares». La filtración no fue un descuido. Fue el anuncio de la intervención monetaria conjunta más importante entre Washington y Tokio en quince años —y la puerta de entrada a una maniobra bastante más retorcida de lo que sugiere el titular.
Vender lo ajeno para no tocar lo propio
El yen japonés venía depreciándose sin freno. La forma «normal» de intervenir hubiera sido que EE.UU. vendiera dólares para comprar yenes, apoyando directamente a su aliado. Pero eso es exactamente lo que el Tesoro estadounidense no podía permitirse: el mercado de bonos del Tesoro ya estaba bajo presión, sensible a cada movimiento desde el Capitolio hasta el Estrecho de Ormuz, y vender dólares —o dar cualquier señal de debilidad sobre ellos— habría añadido tensión justo donde más les dolía.
La solución fue vender euros para comprar yenes. Así, Washington apoyaba a Tokio sin poner presión vendedora directa sobre su propia moneda. El problema: lo hizo sin avisar antes al Banco Central Europeo, que se enteró de la venta de su propia divisa al mismo tiempo que el resto del mercado, según reveló el Financial Times.
Bessent y su equipo temían que vender valores en dólares para apuntalar el yen ejerciera presión adicional sobre el segmento largo del mercado de bonos del Tesoro, ya golpeado.
Japón tiene un problema. Estados Unidos, uno mayor
Japón posee más de un billón de dólares en deuda del Tesoro estadounidense —es, por lejos, uno de sus principales acreedores extranjeros. Si el yen se sigue derrumbando sin ayuda, Tokio podría verse forzado a liquidar masivamente esos bonos para defender su propia moneda. Esa venta masiva dispararía las rentabilidades (tasas) de la deuda estadounidense, justo cuando Washington menos puede permitírselo: los costos de endeudamiento ya rondan el 4,6%, y los tipos a 30 años superaron el 5% por primera vez desde la gran crisis financiera de 2008.
Por eso el Tesoro presionó, en paralelo, para eliminar los límites del FIMA Repo Facility —un mecanismo que permite a Japón obtener dólares usando sus propios bonos como garantía, en vez de tener que venderlos. No es un gesto de buena voluntad: es evitar que el problema de Japón se convierta, por rebote, en un problema todavía mayor para Estados Unidos mismo.
El mundo ya está votando con oro, no con discursos
Mientras esto ocurre, hay una corriente de fondo que el episodio del yen solo deja entrever: los bancos centrales del mundo llevan tres años consecutivos comprando oro a ritmo récord, por encima de las 1.000 toneladas anuales. En el segundo trimestre de 2026 la cifra saltó a 288,9 toneladas, un 62% más que un año antes —el segundo trimestre más alto jamás registrado.
Cayó por debajo del 57% a inicios de 2026, la más baja desde 1995 —desde el 71% que tenía en el año 2000.
Miembro de la OTAN, lidera las compras de oro: acumuló 95 toneladas en 2025, llevando sus reservas a 543 toneladas —28% de sus reservas totales.
La congelación de 300.000 millones de dólares en reservas rusas demostró que los activos en dólares pueden confiscarse. El oro en bóvedas propias, no.
Compraron un récord de 1.237 toneladas de oro en 2025, lanzaron el sistema de pagos mBridge, y Arabia Saudita y los Emiratos ya liquidan exportaciones de energía a China en yuanes.
Bancos centrales extranjeros ya poseen más oro que bonos del Tesoro estadounidense, por primera vez desde los años 90. No es una tendencia marginal: casi el 95% de los bancos centrales encuestados por el World Gold Council planea seguir aumentando sus reservas de oro en 2026.
No es improvisación: hay una hoja de ruta escrita
Nada de esto surge de la nada. Stephen Miran, hoy en el Consejo Económico de la Casa Blanca (y de paso reciente por la Reserva Federal), publicó tras la victoria electoral de 2024 un ensayo de 40 páginas —conocido como el plan de «desintoxicación» del dólar— que analizaba cómo debilitar su valor mientras se refuerza el poder global de Estados Unidos, advirtiendo que requeriría «planificación cuidadosa, ejecución precisa y atención a las consecuencias adversas».
La diferencia con precedentes históricos como el Acuerdo del Plaza de 1985 —cuando Reagan también buscó devaluar el dólar frente al yen y otras monedas— es el método. Reagan lo hizo coordinando con sus aliados. Esta administración, según describe el propio análisis, actúa «sin pedir permiso, ni perdón»: amenazando con aranceles a quien se resista, ya sean los países BRICS o los propios socios europeos.
Si las reservas de bonos estadounidenses no pueden venderse en una crisis sin empeorarla, entonces ya no son aptas como reserva de divisas. El oro, en cambio, se vendió fácil y rápido y desescaló la crisis.
Tres pájaros de un tiro, con Europa de amortiguador
La maniobra del yen, vista en conjunto, resuelve tres problemas a la vez sin que Washington asuma ninguno de los costos directos: salva al yen, protege su propio mercado de bonos de una presión adicional, y financia la operación con una moneda —el euro— que no es ni la suya propia bajo presión, ni la del país al que dice estar ayudando. El Banco Central Europeo se enteró después, por el mercado, no por un llamado previo.
Es geopolítica monetaria con la misma lógica que rige el resto de las decisiones de esta administración: resolver el problema propio, trasladar el costo a un tercero, y no pedir disculpas por ello. La diferencia esta vez es que, mientras eso ocurre en el plano diplomático, en paralelo el mundo entero —desde Polonia hasta los BRICS— ya está tomando su propia decisión silenciosa sobre cuánto vale seguir confiando en que el dólar siga siendo, sin condiciones, el refugio de siempre.
También en Bastión
Bastión se sostiene con trabajo, no con publicidad. Si esto te aportó algo, invitame un café.
☕ Invitame un caféBastión · Periodismo de investigación · Uruguay
