Siria, Turquía, EE.UU.: Netanyahu solo

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Siria, Turquía, EE.UU.: Netanyahu solo

Un bombardeo a una base siria fuera de servicio desde 2013 encendió la última luz de alarma: hasta Washington empieza a marcarle distancia

Israel bombardeó una base aérea militar en el noroeste de Siria. El detalle que lo vuelve casi absurdo: esa base está fuera de servicio desde 2013. No hubo víctimas, pero sí una condena pública inusual — no de un enemigo declarado de Israel, sino del propio enviado especial de Estados Unidos para la región. Es la última pieza de un patrón que se repite cada semana: cada vez que Netanyahu golpea, algún aliado histórico se aleja un paso más.

Ocho misiles a un aeródromo abandonado

Ocho ataques aéreos impactaron el martes en la base militar de Abu al-Duhur, en Idlib, a unos 70 kilómetros de la frontera turca. Según medios estatales sirios, causaron daños materiales pero ningún herido. Israel no confirmó ni desmintió oficialmente el ataque, aunque un alto funcionario le dijo a Fox News que Jerusalén había compartido «inteligencia altamente sensible» con Washington antes de actuar — sin dar más detalles, por el carácter «altamente clasificado» de la información.

El dato que explica por qué esa base concreta, y no otra: dos funcionarios sirios, hablando bajo condición de anonimato, contaron que los ataques llegaron poco después de que una delegación turca visitara el aeródromo para evaluar su rehabilitación. No es la primera vez que pasa algo así — el año pasado Israel ya había atacado dos bases en la provincia de Homs, también apenas después de que técnicos turcos las inspeccionaran.

El verdadero objetivo: frenar a Turquía, no a Siria

Israel viene intentando evitar, de forma sistemática, que Turquía gane influencia militar en la nueva Siria post-Assad. El patrón se repite: cada vez que Ankara se acerca a instalaciones militares sirias con intención de modernizarlas, Israel las bombardea antes de que eso avance. No es una respuesta a una amenaza siria activa — es una jugada preventiva contra un tercer país que ni siquiera es parte del ataque.

Negar, dejar que otro confirme, justificar después

La secuencia de esta semana sigue un guion que ya se volvió familiar. Primero, silencio: Israel no confirmó ni desmintió el ataque cuando ocurrió. Segundo, la confirmación llegó de afuera: fue el propio Estados Unidos, con la condena pública de Barrack, quien terminó dándolo por hecho ante el mundo. Recién ahí, en tercer lugar, apareció la explicación israelí — un comunicado sosteniendo que «Israel y Siria acordaron un statu quo en materia de seguridad, que Siria estaba a punto de romper al permitir que tropas turcas se desplegaran en una base aérea cerca de Alepo», y que «Israel advirtió repetidamente a Siria que tal despliegue supondría una amenaza para la seguridad de Israel», pero que «Siria optó por ignorar estas advertencias». El comunicado cerró afirmando que «Israel no tolerará amenazas a su seguridad y agradecería un regreso al statu quo.»

El problema de esa secuencia es de credibilidad, no solo de contenido: cuando la confirmación de un hecho llega primero de la boca de un aliado incómodo y recién después del propio actor que lo negó, cualquier justificación posterior deja de sonar a aclaración espontánea y empieza a sonar a excusa armada sobre la marcha. Y el argumento en sí no explica por qué la respuesta a un despliegue turco fue bombardear ocho veces una pista inactiva desde 2013, en lugar de recurrir a los canales diplomáticos paralelos que ya existían con Damasco — los mismos que el propio Barrack venía orquestando.

Cuando el propio Washington sale a cuestionar

La reacción más filosa no vino de Damasco ni de Ankara — vino de Estados Unidos. Tom Barrack, embajador estadounidense en Turquía y enviado especial para Siria e Irak, calificó el ataque de «escalada innecesaria que no avanza la estabilidad regional».

El gobierno de Al-Sharaa no ha adoptado una postura depredadora ni ha mantenido fuerzas proxy. De hecho, ha indicado repetidamente una preferencia por la desescalada con Israel.

Tom Barrack, enviado especial de EE.UU. para Siria e Irak

Que un funcionario estadounidense de ese rango salga a defender públicamente al gobierno sirio frente a un ataque israelí es un giro que hace apenas un par de años hubiera sido impensable. Y no es un hecho aislado: forma parte de una seguidilla de fracturas entre Washington y Jerusalén que se viene acumulando desde hace meses.

La lista de frentes abiertos, todos a la vez

Netanyahu no está peleando una sola batalla diplomática — está peleando varias, simultáneamente, con la mayoría de sus socios tradicionales.

Con Irán

Trump eligió el camino diplomático para terminar la guerra, a pesar de las objeciones de Israel — la misma guerra que, según analistas de defensa, dejó al ejército estadounidense con reservas de municiones peligrosamente bajas.

Con Gaza y Hamás

Netanyahu rechazó de plano el plan de 15 puntos respaldado por Estados Unidos para el desarme de Hamás, fijando una condición —desarme total antes de cualquier retiro— que él mismo sabe irrealizable.

Con los colonos en Cisjordania

El propio ministro de Defensa, Israel Katz, limitó las detenciones contra colonos violentos, mientras el embajador de EE.UU. —pro-asentamientos, sin sospecha de ser «blando»— tuvo que salir a llamarlos «terroristas israelíes» y exigir acción.

Con Siria y Turquía

El bombardeo a Abu al-Duhur generó condena directa de Washington y del propio ministerio de Exteriores turco, que pidió a la comunidad internacional «garantizar la rendición de cuentas» por lo que llamó una violación del derecho internacional.

El cálculo electoral detrás de cada golpe

Ningún analista serio lee estos movimientos como decisiones aisladas de seguridad nacional. Netanyahu enfrenta una campaña de reelección durísima este otoño, con las encuestas ubicando al Likud detrás del Yashar de Gadi Eisenkot. En ese contexto, cualquier gesto de distensión —con Irán, con Hamás, con Turquía— corre el riesgo de leerse puertas adentro como debilidad, justo frente a un electorado de derecha que él mismo ayudó a radicalizar tras el 7 de octubre.

2013
Año desde que la base de Idlib está inactiva
8
Ataques aéreos contra la pista
9
Nuevos puestos militares israelíes en el sur sirio
22-24
Bancas: Likud vs. Yashar en encuestas

La lógica es simple y peligrosa a la vez: escalar mantiene contenta a la base electoral más dura, pero cada escalada quema un poco más de la confianza que Israel construyó durante décadas con sus aliados más cercanos. Es una estrategia que puede funcionar puertas adentro en el corto plazo, mientras erosiona, puertas afuera, algo mucho más difícil de reconstruir.

Una presencia militar que ya no es solo reactiva

Desde la caída de Bashar al-Assad en 2024, Israel lanzó cientos de ataques aéreos contra objetivos militares en toda Siria y desplegó fuerzas en profundidad en el sur del país, cerca de su frontera. Según Armed Conflict Location and Event Data (ACLED), construyó además nueve puestos militares nuevos, con carreteras e infraestructura eléctrica de apoyo — señales, según analistas, de una presencia pensada para quedarse a largo plazo, no de una operación puntual de contención.

El nuevo gobierno de Ahmed al-Sharaa, a diferencia de sus predecesores, se mostró abierto al diálogo: participó en conversaciones paralelas mediadas por Estados Unidos con Israel, las primeras de ese tipo en más de una década, con Barrack como orquestador. El problema es que esas conversaciones, hasta ahora, hicieron poco para frenar la actividad militar israelí sobre el terreno.

El patrón se repite con una regularidad que ya no puede leerse como casualidad: cada vez que aparece una vía de distensión —con Irán, con Hamás, con Siria, con los propios colonos que desprestigian a Israel en el mundo entero— Netanyahu elige la escalada. Puertas adentro, esa apuesta le compra tiempo político frente a una base que exige dureza. Puertas afuera, le sigue costando aliados que hasta hace poco eran incondicionales. Estados Unidos condenando un bombardeo israelí, Turquía exigiendo rendición de cuentas ante la ONU, el embajador de Trump llamando «terroristas» a colonos israelíes: son señales que, sumadas, dibujan un aislamiento cada vez más difícil de disimular. La pregunta ya no es si el costo de esta estrategia lo paga Netanyahu. Es cuánto tiempo más va a pagarlo, en su lugar, el país entero.


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