El embajador Huckabee tiene el telegrama de Truman enmarcado en oro y dice que reconoció a Israel «sin vacilar nunca». La historia real es mucho más rica: tres años de presiones cruzadas, un secretario de Estado que amenazó con no votar por él, un amigo llamado Eddie Jacobson y una decisión final que fue correcta — pero que distó mucho de ser inevitable.
El 14 de mayo de 1948, once minutos después de que David Ben Gurión proclamara la independencia del Estado de Israel, la Casa Blanca emitió un comunicado reconociendo al nuevo Estado. Fue el primer reconocimiento internacional que recibió Israel. El embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, tiene ese telegrama enmarcado en oro en su oficina de Jerusalén y lo describe como «uno de los grandes momentos de la historia estadounidense», protagonizado por un Truman que «nunca dudó, nunca vaciló».
Lo que no cabe en el marco dorado es lo que ocurrió en los tres años anteriores a esos once minutos. Una historia de vacilaciones genuinas, presiones cruzadas, un Departamento de Estado en guerra permanente con la Casa Blanca, y un hombre que llegó a la presidencia sin saber casi nada de la cuestión palestina y que fue construyendo su posición, paso a paso, a través de conversaciones, cartas y una amistad de trinchera que resultó ser una de las más influyentes de la historia diplomática del siglo XX.
El presidente inesperado ante el problema más complejo
Harry S. Truman nunca imaginó ser presidente. Era senador de Missouri, con poca visibilidad nacional, cuando el agotado Partido Demócrata lo eligió como candidato a vicepresidente de Roosevelt en 1944 — un compromiso entre facciones que no se ponían de acuerdo en ningún otro nombre. Roosevelt murió el 12 de abril de 1945, dejando a Truman en la Casa Blanca en el momento más complicado de la historia reciente: la Segunda Guerra Mundial aún no había terminado, y el mundo estaba procesando los horrores del Holocausto.
Truman era bautista, con una devoción genuina por las enseñanzas bíblicas. Pero su conocimiento de la cuestión palestina era casi nulo. Tres días después de asumir el cargo, el secretario de Estado Edward Stettinius le envió un memorando advirtiéndole de la presión que recibiría para apoyar la inmigración judía a Palestina y la creación de un Estado judío, y recomendándole que no hiciera ninguna declaración sobre el asunto porque «como Estados Unidos tiene intereses vitales en esa región, el tema debe manejarse con sumo cuidado».
Era el primero de decenas de memorandos similares que Truman recibiría en los años siguientes. El Departamento de Estado, encabezado primero por Stettinius y luego por el general George Marshall — el mismo que había diseñado el Plan Marshall para reconstruir Europa — tenía una posición clara y consistente: crear un Estado judío en Palestina irritaría a las naciones árabes que dominaban el Medio Oriente y suministraban el petróleo que el mundo de la posguerra necesitaba desesperadamente. Era un argumento pragmático, no antisemita, y tenía una lógica que Truman reconocía aunque no terminara de compartir.
Eddie Jacobson: la amistad que cambió la historia
En medio de toda esa maquinaria diplomática y sus presiones cruzadas, la figura decisiva no fue un canciller ni un embajador. Fue un comerciante de Kansas City llamado Eddie Jacobson, con quien Truman había trabado amistad en la Primera Guerra Mundial cuando ambos vestían uniforme militar. Después de la guerra, los dos montaron juntos un negocio de ropa — Truman & Jacobson, Mobiliario para Caballeros — que quebró en 1922. La amistad sobrevivió al fracaso comercial.
Jacobson no era sionista. Pero el Holocausto lo cambió. Cuando Truman llegó a la Casa Blanca, Jacobson se hizo famoso de repente: cientos de personas comenzaron a buscarlo, pidiéndole que mediara en esto o aquello con el nuevo presidente. Nunca atendió a nadie. Hasta que la causa que consideró suficientemente importante lo llevó a intervenir.
Harry, toda tu vida has tenido un héroe. No hay nadie en Estados Unidos que conozca la vida de Jackson mejor que tú. Bueno, amigo mío, yo también tengo un héroe. Su nombre es Chaim Weizmann. Es necesario escucharlo para saber realmente lo que está sucediendo en Palestina. Eddie Jacobson · En el Despacho Oval, señalando el busto de Andrew Jackson
Truman tamborileó con los dedos sobre la mesa. Después de casi dos minutos de silencio, respondió: «Está bien, ganas tú, calvo descarado. Puedes concertar una cita con los chicos allí.» Weizmann fue recibido. Y esa reunión fue decisiva para que el Néguev quedara dentro de las fronteras del futuro Estado de Israel.
Los actores clave que Huckabee no menciona
George Marshall: El secretario de Estado se opuso sistemáticamente al reconocimiento de Israel, argumentando que provocaría un conflicto armado inevitable. El día del reconocimiento, le dijo a Truman que si aprobaba ese paso «es muy probable que no le dé mi voto en las próximas elecciones». Era la amenaza más grave que un secretario de Estado podía hacer a un presidente en año electoral.
Clark Clifford: El joven asesor presidencial que redactó el memorando que desmanteló los argumentos del Departamento de Estado y convenció a Truman de que reconocer a Israel era también lo mejor para Estados Unidos. Sin Clifford, el reconocimiento podría haber llegado semanas más tarde — o no haber llegado el 14 de mayo.
Chaim Weizmann: El líder sionista que colocó un mapa sobre el escritorio de Truman, habló de agricultura y del desierto del Néguev como tierra fértil, y salió de la reunión convencido de que el presidente «entendió rápidamente lo que le estaba señalando».
Samuel Rosenmann y David Niles: Los dos asesores judíos del gabinete de Truman que nunca ocultaron sus simpatías sionistas y que fueron un canal constante de comunicación entre la Casa Blanca y la Agencia Judía.
Las vacilaciones que el marco dorado no muestra
La narrativa de Huckabee — Truman reconociendo a Israel «sin vacilar nunca» — colapsa ante el registro histórico. En sus propias memorias, Truman escribió que cuando recibió a los representantes sionistas en sus primeros días en el cargo, «no pude evitar recordar el memorando enviado por Stettinius» y tuvo que «actuar con cautela». Admitió que «realmente no estaba bien informado sobre la compleja situación» y que decidió «remitir el asunto a los expertos».
Durante tres años, Truman navegó entre la presión del lobby sionista, las advertencias del Departamento de Estado, la resistencia británica a cualquier cambio en Palestina, y su propia convicción moral — genuina, documentada — de que los sobrevivientes del Holocausto merecían tener un lugar adonde ir. No fue un camino recto. Fue un zigzag constante entre posiciones que parecían irreconciliables.
En noviembre de 1947, cuando la ONU votó la partición de Palestina en dos estados, Emanuel Neumann, uno de los principales activistas sionistas, dijo que le debían esa decisión «en gran parte, tal vez incluso la mayor de todas, a los incansables esfuerzos del presidente Harry Truman». El propio Eddie Jacobson anotó en su diario: «Él, y sólo él, fue responsable de los votos favorables de varias delegaciones.» Esas afirmaciones dicen algo importante sobre el rol de Truman. Pero también dicen que el proceso requirió «incansables esfuerzos» — lo cual no es compatible con alguien que «nunca dudó».
Truman reconoció a Israel once minutos después de su declaración de independencia. Lo que ese telegrama no dice es que llegó al final de tres años en los que el mismo Truman, en sus propias memorias, admitió que actuó «con cautela» y que «no estaba bien informado».
La convicción real de Truman: los sobrevivientes del Holocausto
Dicho todo lo anterior — y es importante decirlo — hay algo en la narrativa de Huckabee que es genuinamente cierto, aunque esté simplificada. Truman tenía una convicción moral real sobre los sobrevivientes del Holocausto que trasciende el cálculo político.
Cuando asumió la presidencia en abril de 1945, había cientos de miles de sobrevivientes judíos en campos de desplazados en Austria y Alemania, bajo responsabilidad estadounidense. Truman pidió informalmente a amigos militares que investigaran qué querían esas personas. La respuesta mayoritaria fue: «Queremos ir a Eretz Israel.» Eso le causó «un enorme dolor de cabeza», como él mismo reconoció — pero también lo marcó profundamente.
En sus memorias escribió que al asumir la presidencia no pretendía seguir «una política judía, ni una política árabe, sino una política estadounidense encaminada a una solución pacífica, una política que mantiene las promesas hechas y que mitiga la miseria humana». Esa frase — «que mitiga la miseria humana» — no es retórica vacía. Es la convicción que guió su posición a través de todos los zigzags, y que finalmente prevaleció sobre las objeciones de Marshall y el Departamento de Estado.
Truman no fue el héroe sin dudas que Huckabee describe. Fue algo más interesante y más humano: un presidente inesperado, poco preparado para el cargo más difícil del mundo, que fue construyendo su posición moral a través de conversaciones, presiones, amistades y su propia lectura de lo que era justo. Los once minutos del 14 de mayo de 1948 fueron el final de ese proceso — no su expresión más simple.
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☕ Invitame un caféFuentes: Memorias de Harry S. Truman. Memorias de Chaim Weizmann. Diarios de Eddie Jacobson. Material histórico sobre el reconocimiento de Israel (1945-1948). Testimonios de Clark Clifford, Samuel Rosenmann y David Niles. Este artículo tiene propósito informativo e histórico.
