Israel denuncia que Erdoğan reconstruye el Imperio Otomano. Simultáneamente, sus propios ministros anuncian la colonización de Gaza y la anexión de Cisjordania, apoyan a los kurdos como cuña contra Turquía, negaron durante décadas el genocidio armenio por conveniencia diplomática, y niegan hoy que lo que ocurre en Gaza sea un genocidio. El espejo es perfecto. Y nadie en el debate oficial lo nombra.
«Turquía es el nuevo Irán. Erdoğan es un adversario sofisticado y peligroso que quiere cercar a Israel.» Quien habla es Naftali Bennett, ex primer ministro israelí. En los últimos meses, figuras políticas y militares israelíes de primer nivel han comenzado a instalar sistemáticamente la idea de que Turquía es la próxima gran amenaza existencial para Israel, lista para ocupar el lugar que dejó un Irán debilitado por el ataque conjunto israelí-estadounidense de febrero de 2026.
La acusación central es el expansionismo. Israel denuncia que Erdoğan busca reconstruir la influencia del Imperio Otomano: presencia militar en Siria, penetración en Gaza bajo el disfraz de ayuda humanitaria, una esfera de influencia que rodearía a Israel desde el norte y el sur.
Es una acusación seria. Y tiene una particularidad que merece atención: viene de un gobierno cuyos propios ministros anuncian públicamente planes para colonizar Gaza, anexar Cisjordania y construir un «Gran Israel» basado en fronteras bíblicas; que apoya a los kurdos como cuña para fragmentar a Turquía desde adentro; que durante décadas negó reconocer el genocidio armenio por conveniencia diplomática; y que niega hoy que lo que ocurre en Gaza sea un genocidio. El espejo es perfecto. Nadie en el debate oficial lo nombra.
De aliados a adversarios
La enemistad turco-israelí no es histórica ni inevitable. Turquía fue uno de los primeros países musulmanes en reconocer al Estado de Israel, en 1949. Durante décadas, la relación fue sólida: comercio bilateral de casi 7.000 millones de dólares anuales, cooperación militar, acción conjunta para frenar la influencia iraní en la región, y colaboración en el rearmado de Azerbaiyán para su ofensiva sobre Armenia en 2020.
El quiebre tiene una fecha precisa: el 27 de diciembre de 2008. Ese día, Israel lanzó la operación Plomo Fundido sobre Gaza sin avisarle a Erdoğan, quien mediaba para lograr un acuerdo de paz entre Israel y Siria y había dado la cara públicamente por las intenciones israelíes. Cuando Erdoğan se enteró por la prensa, la confianza se rompió de forma irreparable. Lo que siguió fue una escalada progresiva: el incidente de la flotilla Mavi Marmara en 2010, con nueve ciudadanos turcos muertos por fuerzas israelíes; la ruptura diplomática de 2018; el corte del tráfico comercial aéreo y marítimo tras el 7 de octubre de 2023; y la presentación de Turquía ante la Corte Internacional de Justicia en apoyo a la causa sudafricana por genocidio.
Para el profesor Eduard Soler i Lecha, de la Universidad Autónoma de Barcelona, el paralelismo entre Turquía e Irán que impulsa Israel es «un ejercicio peligroso» y «una idea que se crea para prepararnos para el choque». El propio Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS) de Israel reconoce en un informe que Ankara «no es Teherán»: Turquía es miembro de la OTAN, mantiene vínculos económicos sólidos con Occidente, y su amenaza es de naturaleza completamente distinta. Expertos de Brookings Institution señalan además que enfrentarse a un Estado con la fortaleza económica y las alianzas internacionales de Turquía resulta mucho más complejo para Israel que confrontar a un Irán prácticamente aislado.
El acusador y su espejo
En diciembre de 2025, la investigadora Ruth Wasserman Lande —ex miembro de la Knesset y ex subembajadora israelí en Egipto, actualmente en el Instituto Misgav para la Seguridad Nacional— publicó un análisis que es, en sí mismo, un documento revelador. Su tesis: tras el debilitamiento del eje iraní, «Turquía, un estado sunita, ha surgido como el nuevo Irán». La acusa de «ambiciones expansionistas», de querer «rodear a Israel desde el norte y el sur», de usar la ayuda humanitaria en Gaza como cabeza de playa estratégica, y de perseguir «un renacimiento del Imperio Otomano».
Son acusaciones con cierta base empírica: Turquía tiene presencia militar real en Siria, ejerce influencia sobre el gobierno de Ahmed al-Sharaa en Damasco, y Erdoğan usa la causa palestina como plataforma de liderazgo regional. Nada de eso es inventado.
Pero el texto de Wasserman Lande no contiene una sola mención a los asentamientos israelíes en Cisjordania. No menciona a Smotrich anunciando desde Sderot que tiene los planos listos para colonizar el norte de Gaza. No menciona el concepto de «Gran Israel». No menciona que en abril de 2026 el gobierno israelí aprobó 34 nuevos asentamientos en Cisjordania, el mayor número en la historia del Estado. No menciona que la Corte Internacional de Justicia declaró ilegal la ocupación israelí. En su análisis, el expansionismo existe en un solo lado del espejo.
Erdoğan habla de «liberar Jerusalén» y «liderar al mundo musulmán». Netanyahu y Smotrich hablan de «la Tierra de Israel» y de establecer «un cinturón de seguridad» que es, en los hechos, colonización. Distintas palabras. Idéntica lógica.
Los kurdos: la cuña que nadie llama por su nombre
Hay un capítulo del choque turco-israelí que Wasserman Lande menciona de pasada como acto «humanitario» —el apoyo de Israel a los kurdos— pero que, visto desde afuera, es todo lo contrario a inocente.
Israel apoyó activamente una estructura política descentralizada en Siria que incluía la autonomía kurda en el noreste del país y la autonomía drusa en el suroeste: una Siria fragmentada que mantendría su influencia en esas zonas y debilitaría tanto a Damasco como a su patrocinador en Ankara. Las zonas bajo control kurdo se encuentran cerca de las rutas de suministro iraníes en el este de Siria —lo que las convierte en una barrera simultánea contra Irán y Turquía. En enero de 2025, el canciller israelí Gideon Sa’ar llamó directamente a Ilham Ahmad, copresidenta del Consejo Democrático Sirio, de mayoría kurda.
Netanyahu fue explícito en su respaldo cuando apoyó el referéndum de independencia del Kurdistán iraquí en 2017, declarando el «apoyo a los esfuerzos legítimos del pueblo kurdo para lograr su propio Estado». La reacción de Turquía, Irán, Siria e Irak fue de rechazo unánime: todos ven en un Estado kurdo independiente una amenaza directa a su integridad territorial. No es casual que el ministro de Defensa iraquí acusara en su momento a los kurdos y a Israel de intentar crear estratégicamente «un Segundo Israel en el norte de Iraq».
La lógica es transparente: un Kurdistán autónomo o independiente en el norte de Siria e Iraq sería un actor pro-occidental y pro-israelí enclavado en el corazón del territorio que Turquía considera su zona de influencia natural. Es, en el fondo, el mismo principio que Ankara aplica en Gaza —insertar presencia propia en el flanco del adversario— pero ejecutado con minorías étnicas en lugar de trabajadores humanitarios. Cada uno acusa al otro de hacer exactamente lo que hace.
El genocidio armenio: la moneda de cambio que regresa
Hay una pieza de esta historia que sintetiza, mejor que ninguna otra, la lógica instrumental con la que Israel maneja cada elemento del tablero geopolítico. Es el genocidio armenio.
Entre 1915 y 1923, bajo el Imperio Otomano, entre 600.000 y 1,5 millones de armenios fueron asesinados sistemáticamente en lo que la comunidad histórica internacional reconoce mayoritariamente como genocidio. Es un hecho documentado, investigado y reconocido por decenas de países y por la mayoría de los historiadores especializados. Un hecho que el Estado israelí —cuya fundación y legitimidad internacional descansa en gran medida sobre el reconocimiento del Holocausto como el crimen que el mundo no puede negar— durante décadas se negó a reconocer formalmente.
La razón no fue histórica ni moral: fue estratégica. Mientras Turquía fue un aliado valioso, Israel necesitaba no irritarla. El genocidio armenio quedó en un cajón diplomático, disponible para usarse cuando conviniera, guardado cuando no. Cuando la relación con Turquía comenzó a deteriorarse seriamente, la Knesset empezó a debatir formalmente el reconocimiento. No porque Israel hubiera descubierto una verdad histórica nueva. Sino porque Turquía había dejado de ser aliada y los armenios podían servir como otra cuña más contra Ankara.
El triple estándar sobre el genocidio
El Estado de Israel construyó su legitimidad internacional sobre el reconocimiento del Holocausto como crimen que el mundo no puede negar ni relativizar. Ese mismo Estado negó durante décadas reconocer el genocidio armenio —un hecho histórico equivalente en su estructura— por conveniencia diplomática con Turquía.
Hoy, ese mismo Estado niega que lo que ocurre en Gaza constituya un genocidio, mientras la Corte Internacional de Justicia analiza la causa, Amnistía Internacional lo documenta, más de 67.000 muertos palestinos son contabilizados, y su propio ministro de Finanzas describe la destrucción del 80% de la infraestructura de Gaza como «la fase de demolición» previa a la «renovación urbana».
No es un problema de definición jurídica. Es un problema de quién tiene el poder de nombrar lo que pasa.
La contradicción es imposible de sostener con coherencia moral: quien más debería entender qué es un genocidio, quien más debería reconocerlo cuando ocurre, es quien más resistencia pone a que se nombre lo que pasa en Gaza. Y quien usó el genocidio armenio como moneda de cambio diplomática durante décadas no puede reclamar autoridad moral para decidir qué cuenta como genocidio y qué no. El triple estándar —Holocausto sagrado e intocable, genocidio armenio como herramienta diplomática, Gaza como operación militar— no es una contradicción accidental. Es la misma lógica instrumental aplicada a tres momentos históricos distintos.
El gas que mueve el tablero
Pero reducir este conflicto a una disputa de narrativas sería ignorar la capa más concreta y material: el gas y el petróleo. Aquí el choque turco-israelí deja de ser retórico y se vuelve una pugna de intereses económicos gigantescos con consecuencias geopolíticas directas.
Israel depende del petróleo azerí para el 40% de sus importaciones energéticas. La petrolera estatal de Azerbaiyán, SOCAR, abastece las refinerías de Haifa y Ashdod. Es una dependencia estructural crítica. Y Azerbaiyán, aunque tiene buenas relaciones con Israel, tiene mejores con Turquía: el vínculo étnico, cultural e histórico entre ambos es mucho más profundo. La señal de alerta llegó en junio de 2024, cuando una manifestación pro-palestina frente a la oficina de SOCAR en Estambul derivó en que Bakú reclamara por primera vez la existencia de un Estado palestino. No fue un accidente: fue un mensaje calculado. Turquía tiene el poder de presionar sobre el grifo que abastece a Israel, sin disparar un solo tiro.
El oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan, que transporta ese crudo desde el Caspio hasta el Mediterráneo, pasa por territorio turco. Si Ankara decidiera cerrar ese paso —o presionar lo suficiente a Azerbaiyán para que busque otros compradores— Israel tendría que recurrir a proveedores más lejanos y significativamente más caros: Brasil, Kazajistán, Gabón. El impacto económico sería real e inmediato.
SOCAR también opera en los yacimientos israelíes de gas —junto a Chevron en Taimar, y con NewMed y BP en Leviathan. En octubre de 2023, Erdoğan anunció la cancelación definitiva del proyecto de gasoducto que debía exportar el gas israelí a Europa a través de Turquía. Ese movimiento obligó a Israel a acelerar el desarrollo del EastMed: un gasoducto alternativo de 1.900 kilómetros que conectaría los yacimientos israelíes con Chipre, luego con Grecia, y desde ahí con Europa. Una ruta más larga, más cara, más compleja —pero que evita completamente el nodo turco.
Chipre: el tercer frente
Chipre no es un actor secundario: es el punto donde la disputa se materializa geográficamente de forma más concreta. Turquía invadió el norte de la isla en 1974 y controla hoy el 38% de su territorio. Israel, en respuesta, firmó en 2013 acuerdos con el gobierno chipriota para estacionar aviones en la base militar Papandreu y desplegar buques en la isla.
La disputa se volvió directamente energética cuando se descubrieron yacimientos de gas en aguas chipriotas. En junio de 2013, Turquía envió buques de su armada para bloquear las actividades de un barco noruego de prospección sísmica, alegando que operaba en su Zona Económica Exclusiva. El EastMed excluye deliberadamente a las empresas turcas y traza su ruta por la ZEE que Turquía disputa con Grecia y Chipre —una provocación calculada que Ankara difícilmente puede ignorar sin responder.
Siria: donde se juega el futuro de la región
Con la caída de Al-Assad, Turquía emergió como el actor con mayor influencia sobre el nuevo gobierno de Damasco. Esa posición le da a Erdoğan una palanca que va mucho más allá de lo militar.
El proyecto más concreto: revivir el gasoducto que conectaría el yacimiento North Dome —el mayor del mundo, compartido entre Qatar e Irán— con Europa, atravesando territorio sirio. Si ese proyecto se concreta, Turquía consolidaría a Siria dentro de su órbita, Qatar reforzaría su proyección regional, y el gas catarí llegaría a Europa a través de una ruta que Ankara controla. Para Netanyahu, ese escenario es pesadilla en tres niveles simultáneos: una Siria fuerte y aliada de Turquía en su frontera norte, un Qatar con más influencia regional, y una Turquía que consolida su papel como nodo energético indispensable para Europa —exactamente el rol que Israel quería jugar con el EastMed.
Hay también una paradoja que el análisis israelí raramente reconoce: cuando Israel y Occidente debilitan al eje chiíta liderado por Irán —como efectivamente ocurrió en los últimos dos años— crean el vacío que permite el ascenso de actores sunitas como Turquía. Y cuando presionan sobre el extremismo sunita, el chiíta iraní se fortalece. Es un péndulo que ninguna fuerza externa ha podido detener en cuarenta años de intentos. Al debilitar a Irán, Israel no eliminó una amenaza: la reemplazó por otra que, en muchos aspectos, es más difícil de confrontar.
Trump, Erdoğan y el dinero que lo explica todo
Hay un elemento que raramente se nombra en el análisis convencional: las inversiones personales de Donald Trump. Las Trump Towers Istanbul se levantan en el barrio Şişli de Estambul —un vínculo personal y financiero directo entre el presidente de Estados Unidos y el gobierno de Erdoğan. En Qatar, el Grupo Trump construirá un campo de golf con una inversión de 3.000 millones de dólares, parcialmente financiada por el fondo estatal Qatari Diar.
Qatar, a su vez, es el aliado histórico de Irán y fue durante años la vía financiera a través de la cual Teherán abastecía de fondos a Hamás. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, que también albergan inversiones ligadas a actores de la región, compraron una «impunidad similar» con sus propias promesas de inversión multimillonaria en Estados Unidos.
El resultado es una geometría de intereses que hace prácticamente imposible cualquier acción estadounidense dura contra Turquía o Qatar: Trump se asoció con Erdoğan en Siria, el Líbano y la disputa entre Armenia y Azerbaiyán, y sus inversiones personales en Estambul y Doha desaconsejan cualquier presión real. Israel lo sabe y lo acepta como límite: puede usar la retórica de «Turquía es el nuevo Irán» para preparar la opinión pública interna y presionar en Washington, pero sabe que un choque militar directo con un miembro de la OTAN —que activaría el Artículo 5 y pondría a toda la alianza atlántica frente a Israel— es un escenario que ninguna administración estadounidense puede permitir.
El espejo que nadie nombra
Lo que une todos estos hilos —la narrativa, el gas, los kurdos, el genocidio armenio, Siria, Chipre, Trump— es una estructura que se repite con exactitud perturbadora: dos proyectos de influencia regional, cada uno con su propia narrativa de legitimidad histórica o religiosa, cada uno acusando al otro exactamente de lo que hace.
Erdoğan usa la causa palestina y la retórica del liderazgo islámico para construir una zona de influencia que incluye Siria, partes de África y Gaza. Netanyahu y su gabinete usan la narrativa de la seguridad y la «Tierra de Israel» para construir una zona de control que incluye Gaza, Cisjordania y el sur del Líbano, mientras apoyan a los kurdos para fragmentar el flanco turco. Uno invoca el Imperio Otomano como referencia histórica de grandeza; el otro invoca las fronteras bíblicas del Gran Israel. Los dos presentan su propio proyecto como defensa y el del otro como agresión.
El INSS israelí tiene razón en un punto: Turquía no es Irán. Es un Estado con instituciones, alianzas occidentales y una economía integrada al mundo que hace que cualquier confrontación directa sea mucho más costosa y compleja. Pero tampoco es la amenaza existencial que el discurso israelí construye. Es, más precisamente, un competidor regional con intereses propios que chocan en puntos muy concretos: el gas del Mediterráneo, la influencia sobre Siria, el control del abastecimiento energético de Europa, la narrativa de quién lidera al mundo musulmán, y el futuro de los kurdos como pieza de tablero.
Que Israel prefiera leer ese conflicto de intereses como una amenaza existencial tiene su lógica política interna. Pero esa lectura también tiene un costo: oscurece el análisis real, cierra las posibilidades de negociación y, sobre todo, impide ver que el expansionismo que se denuncia en el otro es exactamente el mismo que se ejecuta en casa. Con la misma convicción. Con distinto nombre. Y con la misma consecuencia para quienes viven en el territorio que cada uno reclama como propio.
También en Bastión
→ Turquía: la ambigüedad estratégica como arma
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☕ Invitame un caféFuentes: Ruth Wasserman Lande, «Turquía: la nueva amenaza emergente», Instituto Misgav para la Seguridad Nacional (diciembre de 2025), vía Jerusalem Post en español. Análisis «Turquía e Israel en la Siria post-Assad», Instituto de Relaciones Internacionales (agosto de 2025). Declaraciones de Naftali Bennett y Miki Zohar sobre Turquía. Eduard Soler i Lecha, Universidad Autónoma de Barcelona. INSS (Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel), informe sobre Turquía. Brookings Institution, análisis de la rivalidad turco-israelí. World Socialist Web Site, «Las tensiones entre Israel y Turquía se intensifican» (abril de 2026). Descifrando la Guerra, «Claves para entender el apoyo israelí al referéndum kurdo iraquí». Voz.us, «Con el apoyo de EEUU e Israel, los kurdos siguen luchando por su autonomía en Siria» (diciembre de 2024). Kurdlat.org, «Relaciones entre Siria, Kurdistán e Israel» (diciembre de 2025). Jerusalem Post en español, «¿Por qué el nuevo ministro de Relaciones Exteriores de Israel abraza al pueblo kurdo?» (noviembre de 2024). Informe sobre el oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan y dependencia energética israelí.
Este artículo tiene propósito informativo y analítico. El análisis geopolítico de los ejes energético, kurdo y del genocidio armenio es propio de Bastión.
