El rito litúrgico medieval que unía a dos hombres con votos, un cinturón y un beso frente al sacerdote — y que hoy divide a los historiadores sobre qué significaba en realidad
Durante la Edad Media, en distintas iglesias cristianas de Oriente y Occidente, existió una ceremonia con estructura casi idéntica a la de un matrimonio: dos hombres se presentaban ante el altar, un sacerdote oficiaba, se leían pasajes sobre el amor, se ataban con un cinturón, tomaban la comunión de una misma copa y se daban un beso frente a los presentes. No era una boda. Era la adelfopoiesis — literalmente, «hacer hermanos».
El rito, paso a paso
La primera noticia moderna de esta práctica llegó recién en 1914, cuando el filósofo y teólogo ruso Pável Florenski publicó los detalles de la liturgia. La ceremonia comenzaba con los dos hombres de pie ante el atril, donde reposaban la cruz y las Escrituras: el mayor a la derecha, el más joven a la izquierda. Seguían oraciones y letanías pidiendo que «fueran unidos en el amor», con referencias a ejemplos de amistad de la historia de la Iglesia.
Después venía la parte más ritualizada: los ataban con un cinturón, colocaban sus manos sobre los Evangelios y les entregaban una vela encendida a cada uno. Se leían los versos de la Primera Carta a los Corintios sobre el amor, y del Evangelio de Juan sobre la unidad. Recibían la comunión de una copa común, eran conducidos alrededor del atril tomados de la mano mientras se cantaba un troparion, y cerraban con un beso en la mejilla al estilo europeo — mientras los presentes entonaban el Salmo 133: «¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos!».
Una de las plegarias del rito invocaba a Dios para que los dos hombres «se amen el uno al otro, así como tus santos apóstoles Pedro y Pablo se amaban» — y mencionaba explícitamente a los santos mártires Sergio y Baco, y a Cosme y Damián, parejas de santos venerados juntos desde la Antigüedad tardía. La oración remataba con una aclaración que los propios sacerdotes consideraban necesaria: «no por amor carnal, sino por la fe y el amor del Espíritu Santo».
De Bizancio a Irlanda, con sospechas incluidas
La Iglesia católica de Occidente tardó en adoptar formalmente el rito — no se introdujo de manera oficial hasta el Concilio de Trento, y su implementación real fue todavía más tardía en varios países. Fuera de la misa, los «hermanos» también podían jurar sobre un altar y anunciarlo en la puerta de la iglesia sin la presencia de un sacerdote: lo que realmente le daba peso religioso al vínculo, en esos casos, era el enterramiento conjunto — una práctica documentada en numerosos cementerios de Inglaterra e Irlanda, con inscripciones como «El amor los unió en la vida. Que la tierra los una en la muerte».
Una de las descripciones más tempranas del rito en Occidente viene, curiosamente, de un texto hostil. Giraldus Cambrensis, en su «Topographia Hibernica» (1146-1223), describió la práctica irlandesa como una perversión pagana del cristianismo: relató que los hombres se juraban lealtad ante el altar, y que después, «para asentar más su amistad», bebían la sangre del otro — un elemento que Giraldus atribuía a rituales paganos previos a la cristianización.
Eduardo II, Gaveston, y la sombra de la duda
Doscientos años después de Giraldus, una crónica sobre la guerra civil inglesa describió el primer encuentro entre el príncipe Eduardo (futuro Eduardo II) y Piers Gaveston en términos que dejan poco lugar a la ambigüedad: «Cuando el hijo del rey lo vio, sintió tanto amor que realizó un hermanamiento con él». La crónica del monasterio cisterciense de Meaux, del siglo XIV, fue más allá y afirmó directamente que Eduardo «se deleitaba especialmente con el vicio sodomítico» — una acusación que biógrafos modernos de Gaveston toman como evidencia de que la relación sí tenía un componente sexual.
El modelo bíblico: David y Jonatán
El vínculo tenía, además, un precedente bíblico explícito que la propia tradición citaba como modelo: el relato de David y Jonatán en el Libro de Samuel, donde se describe que Jonatán «se encariñó con él y llegó a quererlo como a sí mismo», e hizo un pacto con David «porque lo amaba como a sí mismo». Ese mismo ideal se trasladó también a la literatura profana medieval: las sagas de Horn y Ayol, de Amys y Amylion (esta última con una versión escrita por un sacerdote en latín antes del siglo XIV), narran hermanamientos de sangre elevados al rango de amor romántico — en el caso de Amys y Amylion, la leyenda cuenta que, tras morir y ser enterrados por separado, los cadáveres se movieron durante la noche hasta quedar uno junto al otro.
El debate que sigue abierto
Acá está la pregunta que ningún historiador logró cerrar del todo: ¿era la adelfopoiesis una forma histórica de reconocer uniones homosexuales dentro de la Iglesia, o un vínculo puramente espiritual y social sin ninguna connotación sexual?
El historiador estadounidense John Boswell encendió la controversia académica en 1994 con su libro «Same-Sex Unions in Premodern Europe», donde sostuvo que la existencia de este rito demostraba que el cristianismo no siempre fue categóricamente contrario a la homosexualidad. La crítica más citada contra su tesis —incluso entre historiadores que no comparten una lectura conservadora del tema— es que Boswell proyectó sobre la Edad Media una noción moderna de «ser homosexual» como categoría identitaria, un concepto que en esa época simplemente no existía de esa forma.
En su obra póstuma «The Friend», el historiador británico Alan Bray reconstruyó el rito desde la lógica social de la época: lo entendió como una variante del «parentesco artificial» —similar al padrinazgo (compaternitas)— que servía para apuntalar horizontalmente a las familias premodernas, con obligaciones reales de defensa mutua y sostén económico. Bray reconoce, sin embargo, que la evidencia sobre si estas uniones implicaban relación sexual «no se puede contestar de forma generalizada» — cita el caso de Eduardo II como probable excepción sexual dentro de un marco que, en general, no lo contemplaba.
La historiadora Claudia Rapp, en su libro «Brother-Making in Late Antiquity and Byzantium» (2016), rechaza categóricamente cualquier equiparación entre la adelfopoiesis y el matrimonio tal como se entendían en la época, y niega de plano que el rito buscara sancionar relaciones homoeróticas. Para ella, el paralelismo litúrgico con la boda no implica equivalencia de sentido — muchos ritos cristianos comparten estructura sin compartir propósito.
Lo que sí está fuera de discusión: la carga práctica del vínculo
Más allá del debate sobre su naturaleza romántica, el consenso historiográfico coincide en algo concreto: la adelfopoiesis no era una alternativa al matrimonio, y traía consigo obligaciones materiales reales, no solo simbólicas. Bray documenta que estos hermanamientos con frecuencia unían familias enteras, fomentados incluso por los propios padres — si uno de los hermanos jurados se casaba y tenía hijos, el otro quedaba obligado a sostener a esa familia con los medios que tuviera disponibles en caso de que el hermano muriera. Es la misma lógica de la compaternitas (el padrinazgo), donde la crianza de los hijos se «colectivizaba» entre varios hogares — un sistema de seguridad social informal, sostenido por vínculos religiosos antes que por cualquier institución estatal.
Así como Dios los había unido en vida a través de la armonía y el amor, así no quiso que estuviesen separados en la muerte.
Leyenda medieval de Amys y AmylionPararse en el escenario de esa historia
Para entender la adelfopoiesis sin proyectarle encima categorías que no le corresponden, hay que pararse en el escenario real donde existió — no en el de hoy. La Edad Media tenía una expectativa de vida brutalmente corta: morir joven, en guerra, por enfermedad o en el parto, no era la excepción trágica que es hoy, era la norma esperable. En ese contexto, que un hombre necesitara asegurarse de antemano quién iba a proteger a su esposa e hijos si él moría no era un exceso sentimental — era planificación de supervivencia elemental, en un mundo sin seguros, sin pensiones, sin ningún Estado que sostuviera a las familias.
A eso hay que sumarle el rol social de la mujer en ese momento: una viuda sin protección masculina quedaba en una posición extremadamente vulnerable, económica y legalmente, sin la autonomía que hoy damos por sentada para sostenerse a sí misma y a sus hijos. Tener un «hermano jurado» con la obligación religiosa y social explícita de sostener a esa familia después de la muerte propia no era, entonces, un gesto romántico de más — era, en un mundo feudal marcado por la violencia y la muerte prematura, una red de seguridad vital, tan racional como cualquier seguro de vida contemporáneo, solo que sancionada por la Iglesia en lugar de por una compañía aseguradora.
La adelfopoiesis sigue siendo, casi mil años después, un espejo incómodo para cualquiera que busque respuestas simples sobre el pasado. No fue un matrimonio homosexual disfrazado de rito religioso, como quiso ver Boswell con una lectura demasiado moderna. Tampoco fue un mero trámite administrativo sin ninguna carga afectiva, como prefieren pensar quienes necesitan una Edad Media prolijamente heterosexual. Fue, probablemente, las dos cosas a la vez y ninguna del todo: un vínculo con estructura litúrgica de boda, obligaciones económicas de familia, precedentes bíblicos de amor profundo entre hombres, y —en casos documentados como el de Eduardo II— con espacio real para el deseo. La Iglesia medieval, esa institución que hoy muchos imaginan monolítica en su rigidez, encontró una forma ritual de bendecir vínculos entre hombres que ni ella misma logró, ni quiso, definir del todo.
Bastión se sostiene con trabajo, no con publicidad. Si esto te aportó algo, invitame un café.
☕ Invitame un café