Las crisis financieras no siempre pueden evitarse. Eso es, más o menos, lo primero que aceptan Markus Brunnermeier y Jean-Pierre Landau en su último ensayo conjunto: la regulación contiene riesgos, pero no elimina las perturbaciones. Lo que sí puede cambiar —y es la tesis central de todo el texto— es la respuesta que se le da a esa perturbación cuando llega. Ahí está, según los autores, la diferencia entre solidez y resiliencia.
La lección de 2008 que hoy no aplicaría
La crisis financiera de 2008 causó daños enormes, pero —a diferencia del período de entreguerras que llevó a la Gran Depresión— no desató una espiral de represalias comerciales entre las grandes potencias. Estados Unidos y China mantuvieron relaciones comerciales y monetarias estables. El G-20 coordinó sus intervenciones, y las líneas de swap entre bancos centrales —mecanismos que permiten a las autoridades monetarias prestarse liquidez entre sí— fueron clave para estabilizar los mercados mundiales.
El diagnóstico de Brunnermeier y Landau es que ese tipo de respuesta cooperativa hoy sería mucho más difícil. La reticencia hacia el proteccionismo prácticamente desapareció, y aunque el comercio mundial resistió razonablemente bien el aumento de aranceles hasta ahora, el período de entreguerras enseña que una crisis financiera puede convertir rápidamente el proteccionismo tolerado en contracciones simultáneas de comercio, capital y confianza.
Es una referencia directa a la teoría del economista Charles Kindleberger, quien sostenía que la estabilidad del sistema internacional exige que al menos una potencia esté dispuesta a mantener mercados abiertos y proveer liquidez cuando la situación lo requiera —un rol que Estados Unidos cumplió, con matices, durante buena parte de la posguerra—.
Los diez ejes de fragilidad
Los bancos se retiraron de buena parte de la intermediación financiera en la última década, dejando terreno a las instituciones financieras no bancarias (IFNB) —hoy la mitad de los activos financieros mundiales, creciendo al doble de velocidad que la banca tradicional—. El crédito privado —préstamos no bancarios a empresas, gestionados por fondos privados— ya alcanza casi 2 billones de dólares, con activos totales bajo gestión de más de 2,5 billones, mayormente en Estados Unidos.
El sector ya mostró grietas: en el segundo trimestre de 2026 hubo solicitudes de reembolso por 22.000 millones de dólares, con Blue Owl en el centro de la turbulencia por su exposición a empresas de software, en lo que se describe como la «SaaSapocalipsis». La respuesta regulatoria es, según los autores, paradójica: en vez de vigilar más de cerca a estos intermediarios no bancarios, Estados Unidos y la Unión Europea están flexibilizando las exigencias a los bancos regulados para que compitan con sus rivales menos vigilados —armonizando las reglas hacia abajo, no hacia arriba—.
La deuda pública de la OCDE llegó a 112% del PBI a fines de 2024 —40 puntos más que en 2007, antes de la crisis financiera global—. Los pagos de intereses ya representan 3,3% del PBI del bloque, superando el gasto en defensa. Y casi 45% de la deuda soberana de la OCDE vence antes de 2027, exponiendo a los Estados a cualquier fluctuación repentina del mercado.
Con niveles de deuda insostenibles y bancos centrales cargados de bonos soberanos, aparece el riesgo de «dominio presupuestario» —cuando la política monetaria queda subordinada a la necesidad de financiar el déficit—. Los autores citan explícitamente la presión de la administración Trump sobre el expresidente de la Fed, Jerome Powell, como prueba de que esa independencia ya no puede darse por garantizada.
El mercado de bonos del Tesoro estadounidense —la referencia central del sistema financiero mundial— ya sufrió episodios graves de disfunción, como la «carrera por la liquidez» de marzo de 2020. La base de inversores cambió: menos reservas oficiales estables, bancos retirados, y más presencia de fondos especulativos apalancados y financiados con operaciones de corto plazo, mucho más sensibles a crisis de liquidez.
Europa debate crear un activo seguro regional propio, pero avanza lento; el Sudeste Asiático, sin alternativa, sigue canalizando su ahorro hacia el sistema financiero estadounidense. Los mercados emergentes, mientras tanto, están hoy mucho mejor preparados que en los 90 —más deuda en moneda local, tipos de cambio flexibles, mayores reservas—, aunque el sistema sigue siendo asimétrico: el dólar y la política monetaria de EE.UU. siguen marcando las condiciones financieras globales.
Los riesgos nuevos: IA, tokenización y burbujas circulares
La IA puede mejorar la eficiencia de los sistemas financieros algorítmicos, pero también amplificar sus errores —»fallos en modo común» si muchas instituciones usan los mismos modelos y datos, reaccionando de forma correlacionada justo cuando más se necesitaría diversidad de comportamiento—. Los autores marcan una distinción clave entre delegar el razonamiento a la máquina y delegar la comprensión: lo primero es aceptable, lo segundo no debería serlo nunca.
Sobre las valoraciones bursátiles: solo en 2025, nueve grandes empresas de IA recaudaron 122.000 millones de dólares en mercados de deuda —casi la mitad de toda la emisión del sector tecnológico—, con gasto de capital proyectado para 2026-2030 que supera los 4 billones de dólares. El riesgo más inquietante: los esquemas de financiación circulares, donde desarrolladores de IA, fabricantes de chips y grandes tecnológicas se financian mutuamente mientras se compran productos entre sí —una interconexión opaca que podría convertir una perturbación puntual en una reacción en cadena—.
La representación digital de dinero y activos financieros podría ser la mayor innovación financiera de las últimas décadas —con ganancias reales de inclusión financiera y eficiencia—, pero también amenaza el modelo de negocio bancario tradicional y podría abrir una nueva era de competencia monetaria, no solo entre Estados sino entre redes privadas de grandes tecnológicas. Algunos bancos centrales, empezando por el BCE con el euro digital, ya están respondiendo con sus propias monedas digitales soberanas.
El riesgo que atraviesa todos los demás: la geopolítica
Cerrando el círculo que abrieron al principio: la mayor amenaza para la resiliencia global no es ninguno de los nueve riesgos técnicos anteriores en sí mismos, sino el debilitamiento —o colapso— de la cooperación internacional necesaria para contenerlos cuando se activen. Las líneas de swap entre bancos centrales, la herramienta que en 2008 evitó el colapso, hoy corren el riesgo de politizarse, usándose para objetivos geopolíticos en vez de estabilidad financiera pura.
La resiliencia se construye antes de la crisis, no durante ella. La prioridad debería ser establecer, de antemano, un marco de cooperación financiera —de modo que cuando llegue el próximo detonante, el sistema se doble como la caña en lugar de romperse como el roble.
Por qué este ensayo importa más allá de la academia
Lo que Brunnermeier y Landau describen con lenguaje técnico es, en esencia, la misma dinámica que venimos documentando en Bastión desde otro ángulo: un mundo donde el comercio, las sanciones y hasta la ayuda financiera se convirtieron en instrumentos de negociación política de corto plazo —aranceles usados como arma, acuerdos nucleares retirados en 24 horas, guerra como cálculo electoral— en vez de herramientas al servicio de la estabilidad colectiva. La diferencia es que estos dos economistas lo dicen con el vocabulario de la política monetaria, y con una advertencia clara: cuantas más de estas fuentes de fragilidad se acumulen sin que exista voluntad de cooperación real entre las grandes potencias, más cerca está el sistema de un choque que ya no podrá contenerse con las mismas herramientas que funcionaron en 2008.
Bastión se sostiene con trabajo, no con publicidad. Si esto te aportó algo, invitame un café.
☕ Invitame un café