No fue un giro ideológico del electorado: fue una ecuación de participación, trasvase de votos y errores propios de Flávio Bolsonaro — con un diputado hasta hace poco desconocido manejando, desde WhatsApp, buena parte de la remontada.
El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en el balotaje presidencial de Brasil fue, según las propias tendencias previas a la segunda vuelta, un resultado «sorpresivo»: nunca antes, desde el regreso de la democracia, un candidato había remontado una derrota en primera vuelta para ganar el balotaje. Con el 100% escrutado, Lula obtuvo 51,79% frente al 48,21% de Flávio Bolsonaro —una diferencia de 3,57 puntos y 4.430.191 votos—, después de haber perdido la primera vuelta por más de 2,2 millones de sufragios. Entender cómo se dio esa vuelta completa requiere mirar tres frentes distintos: la matemática de la participación, los errores no forzados de Flávio, y una maquinaria digital que nadie vio venir.
La matemática de la remontada
Más de 10 millones de personas que no habían votado por Lula el 4 de octubre lo hicieron en el balotaje. Pero la clave no fue tanto la conversión de votantes de Flávio como la movilización de quienes no habían participado antes: la abstención cayó de 33,4 a 30,5 millones de personas entre ambas vueltas —casi 3 millones de votos nuevos—, y los votos blancos y nulos bajaron de 5,9 a 4,1 millones, sumando otros 2 millones de votos válidos disponibles. En conjunto, esos cambios liberaron 5 millones de votos nuevos, el doble de la diferencia final entre ambos candidatos.
Un modelo estadístico elaborado con inteligencia artificial estima que Lula habría conseguido entre el 65% y el 72% de los votos producto de esa mayor participación. La tendencia se repitió en los más de 5.000 municipios de Brasil: participación en alza y voto a Lula en alza, en simultáneo. En Río de Janeiro, la participación creció 3,15 puntos y el voto a Lula subió 7 puntos. En Bahía, bastión histórico del PT, la participación subió 4,3 puntos y Lula ganó más de 8 puntos.
El trasvase que no estaba garantizado
Antes del balotaje se asumía que Lula tendría muy difícil capturar votos de terceras fuerzas, porque la mayoría de los candidatos eliminados en primera vuelta se ubicaban a la derecha del espectro y varios apoyaron explícitamente a Flávio. La realidad fue distinta. Los tres candidatos más votados entre los eliminados —Augusto Cury (3,4 millones), Renan Santos (2,6 millones) y Ronaldo Caiado (2,6 millones)— sumaban en conjunto 9,3 millones de votos, un universo decisivo para la segunda vuelta.
Aunque el carácter secreto del voto impide confirmarlo con certeza, la comparación municipio por municipio sugiere que Lula se quedó con entre el 60% y el 85% de los votos de Cury, y con al menos la mitad de los de Santos y Caiado —ambos de derecha—. Una encuesta de Quaest del 14 de octubre ya lo anticipaba: entre los votantes de Cury, el 34% decía que votaría a Lula y el 30% a Flávio. Entre los de Santos y Caiado, Flávio mantenía ventaja, aunque una porción importante de ese electorado contemplaba anular su voto o directamente no votar.
Lula mejoró su margen frente a Flávio en el 96,7% de los municipios brasileños, ya sea ampliando ventaja o achicando distancia donde había perdido, y revirtió el resultado en 213 municipios que en primera vuelta habían favorecido al candidato conservador —76 de ellos solo en Minas Gerais—. El caso más llamativo fue la propia ciudad de Río de Janeiro, terreno político de Flávio: pasó de perder 47,88% a 43,91% en primera vuelta, a ganar 51,54% a 48,46% en el balotaje.
Los errores de Flávio: cuando lo das por ganado
Hubo una sobreestimación evidente de la capacidad de Flávio Bolsonaro para capturar al electorado de centroderecha, agravada por una serie de errores propios durante la campaña de segunda vuelta. El primero fue de tiempos: adelantó su propuesta de reformar la Constitución apenas ganada la primera vuelta, lo que —según el análisis— despertó inquietud en sectores moderados antes de que la disputa siquiera arrancara.
El segundo fue de tono. La llamada «marçalización» de su campaña —acercarse al estilo de Pablo Marçal, con desenfreno, sarcasmo e ironía como eje de comunicación— no prendió fuera de su núcleo duro. La burla hacia dirigentes de izquierda derrotados, con bailes y chistes de festejo, generó mala imagen entre el electorado de centro e independiente. Y un episodio puntual resultó particularmente costoso: una alusión burlona a «nueve dedos» dirigida contra Lula, en un país con 14 millones de personas con discapacidad, que excedió por mucho al adversario político al que apuntaba.
Flávio prometió que, de ganar, subiría la rampa del Palacio del Planalto junto a su padre para recibir la banda presidencial de sus manos, y defendió abiertamente una amnistía amplia para los condenados por los ataques golpistas del 8 de enero de 2023 —incluyendo la recuperación de la elegibilidad de Jair Bolsonaro—. El problema es que existe jurisprudencia del Supremo Tribunal Federal según la cual los delitos contra el Estado democrático de derecho, como los que motivaron esa condena, no admiten indulto ni amnistía. Wallace Corbo, de la Fundación Getulio Vargas, advirtió que un indulto así implicaría «una fragilización extrema de la democracia brasileña»; Gustavo Badaró, de la Universidad de San Pablo, lo calificó de «desenlace pésimo para la democracia». Ambos remarcaron además que el indulto no sería automático: debería reconocerlo el propio juez de ejecución penal del caso, el ministro Alexandre de Moraes.
A eso se sumó el costado más radical de su propuesta de seguridad pública, que dejó en evidencia que la etiqueta de «Bolsonaro moderado» con la que había arrancado la campaña no era más que eso —una etiqueta— y generó temor sobre un plan económico que planteaba recortes profundos del gasto público.
El Ejército de Lula: la jugada de 2018, dada vuelta
La remontada tuvo también una pata digital clave, protagonizada por André Janones, diputado federal por Rede-MG hasta entonces poco conocido a nivel nacional, que se convirtió en figura central de la campaña al frente del canal de WhatsApp «Ejército de Lula». Su labor fue decisiva para movilizar a la militancia y disputarle a la derecha el protagonismo en redes sociales que domina, según sus propias palabras, «desde 2018» — el año en que el bolsonarismo inauguró justamente ese modelo de movilización masiva por WhatsApp que le dio la presidencia a Jair Bolsonaro.
Los números del crecimiento fueron vertiginosos: arrancó como un espacio de intercambio de ideas con 50.000 personas durante la primera vuelta, saltó a 500.000 miembros en las primeras 24 horas tras el lanzamiento del canal, y superó los 2 millones de integrantes para el 7 de octubre. La mecánica, según reportó Folha de S.Paulo, replicó el manual clásico de movilización en cadena: cada miembro recibía la instrucción de invitar a otras tres personas, con audios coordinados para organizar publicaciones simultáneas.
«André Janones, un diputado hasta entonces poco conocido, se erigió como una figura central en la campaña presidencial de Luiz Inácio Lula da Silva, orquestando la estrategia digital que marcó un antes y un después en la contienda electoral brasileña.» — Diario UNO
Es, en esencia, el mismo dispositivo que le permitió a Bolsonaro padre ganarle a la izquierda en el terreno digital en 2018 —reclutamiento en cadena, audios de WhatsApp, coordinación de publicaciones—, ahora operado por el otro bando. El PT no inventó una estrategia nueva: le dio vuelta, con otro dueño, la misma jugada que durante siete años lo había dejado en desventaja en ese terreno.
Ganar no es gobernar
La victoria electoral, sin embargo, no garantiza un camino sencillo para el nuevo gobierno. La presencia significativa de la derecha en el Congreso obligará a Lula a negociar en cada paso de su agenda. «Lula entiende que tendrá un Congreso que no será dócil y que requerirá cierto grado de pragmatismo y de política transaccional», señala el análisis. El escenario económico suma presión propia: Brasil enfrenta una deuda pública cercana al 82% del PIB, con proyecciones de crecimiento anual de apenas entre el 2% y el 3%.
Ni la matemática de la participación ni el Ejército de Lula explican todo por sí solos: lo que inclinó la balanza fue la combinación de una militancia reactivada, un rival que subestimó cuánto podía perder por sus propios pasos en falso, y una maquinaria digital que el PT tardó siete años en construir mirando de cerca cómo se la habían hecho a él. Cuando lo das por ganado, como aprendió Flávio Bolsonaro esta vez, puede pasar justo esto.
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