Ocho meses después de que EE.UU. e Israel atacaran Irán, el continente que ni siquiera participó del ataque es el que más rápido y más caro está pagando la factura — y lo que detonó no nació con esta guerra.
Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron sus ataques contra Irán el 28 de febrero, los líderes de Reino Unido, Francia y Alemania emitieron una declaración conjunta que no condenaba esos bombardeos, sino los ataques de represalia iraníes contra países de la región, y pedía negociaciones. «No participamos en estos ataques», aclaraban Keir Starmer, Emmanuel Macron y Friedrich Merz. Ocho meses después, esa distancia formal no impidió que Europa terminara siendo, en términos económicos y políticos, de los actores más golpeados por una guerra que no decidió.
La factura, en números
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pasó en pocos meses de advertir sobre una posible «espiral de violencia» regional a hacer del costo económico el eje central de su discurso. El 16 de octubre, tras una cumbre de la UE, fue directa: «Los hogares y las industrias están pagando el precio de la guerra más allá de nuestras fronteras.» Según sus propios datos, la factura europea de importaciones de combustibles fósiles aumentó en 106.000 millones de euros desde el inicio del conflicto.
El diésel duplicó su valor. El crudo Brent, que cotizaba a 72,48 dólares el barril el 27 de febrero, llegó a 126,41 dólares a fines de abril y sigue firmemente por encima de los 100, sin señales de retroceso. Julie Norman, investigadora de Chatham House, lo resumió sin medias tintas: «La guerra contra Irán ha tenido un impacto directo, medible y relativamente rápido en los precios europeos.» El académico Mark Hilborn, del King’s College de Londres, agregó un dato menos visible pero igual de concreto: el Golfo Pérsico es el epicentro mundial de los fertilizantes nitrogenados, y las interrupciones elevaron el precio de la urea cerca de un 70%, con cadenas de suministro navieras encareciéndose por seguros más altos y rutas más largas.
Un quiebre europeo, no un bloque unido
Lo que ninguna declaración conjunta reflejó del todo es que la posición europea nunca fue homogénea. Alemania anunció desde el inicio que no restringiría el uso de sus bases —incluida Ramstein, una instalación militar estadounidense clave— y el canciller Merz llegó a decir, durante la campaña militar de junio de 2025: «Esto es lo sucio que Israel está haciendo por todos nosotros.» Reino Unido, que inicialmente no autorizó los ataques, fue ampliando gradualmente el permiso: primero para operaciones defensivas limitadas, luego para incluir ataques contra emplazamientos de misiles y capacidades usadas contra buques en el Estrecho de Ormuz.
Francia se mantuvo en un punto intermedio: autorizó la presencia de aviones de apoyo estadounidenses en su base de Pascua, mientras subrayaba que respaldaría la defensa de socios regionales sin participar en ataques directos contra Irán, y en un momento posterior impidió que un envío de armas vinculado a la campaña volara hacia Israel.
España fue un paso más allá que el resto. Tras negarse a autorizar ataques desde las bases conjuntas de Rota y Morón, cerró directamente su espacio aéreo a los aviones estadounidenses implicados en la guerra. La respuesta de Trump fue personal: calificó a España de «terrible» y amenazó con cortar lazos comerciales, diciendo que Washington «no quiere tener nada que ver con España.» El presidente Pedro Sánchez, por su parte, volvió a calificar la guerra en la última cumbre de la UE como «ilegal, injusta e injustificada», vinculándola directamente a los crecientes costos económicos del continente.
Mark Hilborn, de King’s College, planteó ante Al Jazeera que esta fractura podría profundizarse: «Es ciertamente posible que la guerra obligue a los líderes europeos a desafiar abiertamente a Trump y limitar su apoyo. Lo que al principio era un desacuerdo diplomático se está convirtiendo en una dimensión más directa… y veremos una resistencia creciente a cualquier apoyo de los países europeos.»
La respuesta de Teherán al cambio de tono alemán
El giro de Merz —de «lo sucio que Israel hace por todos nosotros» a advertir contra nuevos ataques— no pasó inadvertido en Irán. El portavoz de la cancillería iraní, Esmail Baghaei, lo señaló el 25 de octubre en una publicación en X, contrastando ambas declaraciones del canciller alemán y cerrando con una cita de «La doncella de Orleans» de Friedrich Schiller, que retrata a los impotentes de la razón arrastrados al abismo por las fuerzas de la locura — una pieza de comunicación política calculada, usando las propias palabras pasadas del funcionario alemán para exponer el giro actual.
Ese cambio de tono alemán no es un caso aislado: el 23 de octubre, ministros de Asuntos Exteriores de Reino Unido, Francia, Alemania e Italia se reunieron en Estambul con sus pares de Turquía, Arabia Saudita, Pakistán y Egipto para discutir el conflicto y el Estrecho de Ormuz. El canciller francés Jean-Noël Barrot fue categórico sobre el costo de cualquier nueva escalada: «Una mayor escalada entre Irán y Estados Unidos no crearía más que un perdedor, y sin duda tendría consecuencias muy graves para el precio de los hidrocarburos. […] Lo primero que pide este grupo de ocho países es que ambas partes ejerzan la máxima moderación, porque no podemos tolerar una nueva ola de tensión en la región.»
El costo político: protestas que no empezaron con esta guerra
En paralelo a la crisis energética, Francia, Bélgica, Italia, España, Portugal, Grecia y Albania registraron protestas por el costo de vida, la vivienda, los salarios y los servicios públicos. No son un movimiento coordinado ni tienen un origen único, pero la socióloga Donatella Della Porta señaló a Al Jazeera que la crisis del costo de vida, agravada por la suba de precios derivada de la guerra con Irán, es un hilo conductor que atraviesa las protestas en todo el continente —junto con la oposición al gasto militar en detrimento del bienestar público, la conscripción en las escuelas y el uso de puertos para transportar armas.
«Los jóvenes manifestantes temen que su futuro sea secuestrado no solo por el calentamiento global, sino también por guerras en las que sean enviados a los campos de batalla para morir. […] También relacionan las guerras con el genocidio porque a menudo se han familiarizado con la política durante las protestas masivas contra el genocidio israelí de los palestinos.» — Donatella Della Porta, socióloga y politóloga
Lo que esta guerra hizo no fue crear estos problemas desde cero, sino detonar una fragilidad que ya estaba instalada. Varios de los países con más protestas —Francia, Italia, España, Grecia, Portugal— arrastraban niveles de deuda pública altos desde la crisis de 2008 y la pandemia, sin haberlos terminado de digerir. Una factura energética adicional de más de 100.000 millones de euros no se absorbe con superávit: se financia con más deuda o con ajustes que retroalimentan el malestar social que ya estaba en la calle. Es un círculo que se refuerza a sí mismo — la guerra sube el costo de la energía, el costo obliga a más deuda o recorte, eso alimenta la protesta, y la protesta presiona a gobiernos ya debilitados, como la Francia de inestabilidad política crónica o la coalición tensionada de Merz en Alemania.
Un alivio que generó otra fricción
La búsqueda de alivio ante la crisis energética abrió un nuevo frente de tensión: Washington presionó a los gobiernos europeos para que liberaran sus reservas de diésel de emergencia, mientras Trump relajaba las restricciones sobre el diésel ruso para bajar los precios — una medida criticada por Ucrania y sus aliados, que advirtieron que esos nuevos ingresos energéticos reforzarían el esfuerzo bélico de Moscú. Es, otra vez, el mismo patrón: una decisión tomada para resolver un problema que Europa no generó termina creándole, de rebote, otro distinto.
Ninguno de los gobiernos europeos votó por esta guerra, y sin embargo todos terminaron pagándola: en la factura del supermercado, en la calefacción del invierno que llega, en la deuda que ya pesaba antes de que empezara. La diferencia con el Golfo es de forma, no de fondo — allá se preguntan quién les dio permiso para convertir su región en un campo de batalla; en Europa, mientras tanto, la pregunta empieza a escucharse cada vez más fuerte en la calle, aunque todavía no tenga un remitente tan preciso como el de Khalaf Al Habtoor.
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