De Gramsci a Bannon:
cómo se armó la batalla cultural
Cuando un dirigente local dice que hay que «dar la batalla cultural», está usando —casi siempre sin saberlo— una frase con 150 años de historia, robada a la izquierda, reformulada por comunicadores estadounidenses y organizada como red internacional por un solo hombre: Steve Bannon.
Cada vez que un dirigente pierde una elección, una encuesta o un debate y responde que «hay que dar la batalla cultural», está apelando a una frase que no inventó él, ni su partido, ni siquiera su país. Es un concepto con tres capas de historia superpuestas —un canciller alemán del siglo XIX, un comunista italiano encarcelado por el fascismo, y una maquinaria político-religiosa estadounidense armada en las últimas tres décadas— que hoy circula, casi idéntica, por Argentina, Brasil, España, Hungría, Chile y Uruguay.
Capa uno: la palabra la puso un canciller conservador
El origen literal del término no tiene nada que ver con la izquierda. En la década de 1870, el canciller del imperio alemán Otto von Bismarck lanzó el Kulturkampf —literalmente, «lucha cultural»— contra la influencia política y social de la Iglesia católica en el nuevo Estado prusiano unificado. La traducción que circuló en algunos diarios estadounidenses de la época fue directamente «guerra cultural» (culture war), la misma expresión que un siglo después iba a reaparecer intacta en boca de políticos conservadores.
Es decir: la palabra nace de un Estado imponiéndose sobre una institución religiosa, no al revés. El detalle importa, porque casi ninguno de los que usan hoy el término conoce este origen, y mucho menos lo menciona.
Capa dos: Gramsci le da la vuelta desde la izquierda
Casi seis décadas después, el intelectual comunista italiano Antonio Gramsci —preso por el régimen fascista de Mussolini entre 1926 y 1937— retomó la idea, aunque sin usar literalmente esa palabra, en sus Cuadernos de la cárcel. Su aporte fue el concepto de «hegemonía cultural»: la clase dominante no se sostiene solo con represión, sino ganando el consenso de la sociedad a través del sentido común, la educación, el folclore, el lenguaje cotidiano. Para desplazarla, la izquierda debía primero ganar esa «guerra de posiciones» en el terreno cultural, antes o junto con la disputa por el poder político directo.
Gramsci pensaba esa batalla como una tarea de la izquierda contra el orden burgués. Fue exactamente esa lógica la que, medio siglo más tarde, la derecha estadounidense decidió invertir y quedarse.
Capa tres: la derecha estadounidense roba el manual
El eslabón que conecta a Gramsci con la derecha actual no es directo: pasa por la izquierda radical europea de los años 60. En 1968, Rudi Dutschke, uno de los íconos del movimiento estudiantil alemán, acuñó la fórmula de «la larga marcha a través de las instituciones» —universidades, medios, sindicatos, iglesias— como estrategia para transformar la sociedad desde adentro, sin necesidad de una revolución armada inmediata.
Vamos a librar una larga marcha a través de las instituciones, tal como lo hizo la izquierda en los años 60 y 70.
— Paul Weyrich, cofundador de la Heritage Foundation, carta abierta de 1999Esa es prácticamente la frase de Dutschke, palabra por palabra, treinta años después y con el signo político invertido. Weyrich no fue el primero en hablar de «guerra cultural» en clave conservadora —el comentarista y precandidato republicano Pat Buchanan ya la usaba explícitamente en su campaña presidencial de 1992—, pero su carta de 1999 es el documento donde la estrategia queda formalizada como programa: construir think tanks propios (Heritage Foundation, American Enterprise Institute) y financiar medios conservadores (Fox News) para disputar, con las mismas herramientas de largo plazo, el terreno que Gramsci le había asignado a la izquierda.
El que le puso estructura: Steve Bannon
Bannon no inventa nada de lo anterior. Lo que hace, ya en la era Trump, es convertir una estrategia dispersa en una organización internacional con nombre, sede y aliados formales. En 2018 fundó The Movement, con base en Bruselas, autodefinida como la «Internacional de la Nueva Derecha»: una plataforma para coordinar, asesorar y dar prestigio a partidos populistas de derecha de cara a las elecciones europeas de 2019.
The Movement se opone explícitamente al «marxismo cultural», la «ideología de género», los derechos LGBT, el aborto y las políticas climáticas, e identifica como enemigos declarados a George Soros, Bill Gates, el papa Francisco y China.
Sus aliados de entonces incluían a Matteo Salvini en Italia, Marine Le Pen en Francia y Viktor Orbán en Hungría. En 2019, la organización reclutó a Eduardo Bolsonaro, hijo del entonces presidente brasileño, como «socio distinguido» para representar a América Latina, en un movimiento que Bannon consideraba estratégico por el peso regional de Brasil.
Bannon aportó el relato y la coordinación política. La logística digital y de movilización real, en cambio, vino de otro lado: CitizenGO, una plataforma nacida en Madrid en 2013 y financiada por el conglomerado ultracatólico HazteOír, que organiza campañas de firmas y movilización callejera en decenas de países. Detrás de esa alianza hay una pata todavía más antigua: desde el pontificado de Juan Pablo II, el Vaticano venía impulsando en foros de la ONU —El Cairo 1994, Beijing 1995— una estrategia diplomática contra lo que denominó «ideología de género», aliándose incluso con regímenes islámicos conservadores para bloquear acuerdos sobre derechos sexuales y reproductivos.
Qué quieren implantar, en concreto
Más allá de la genealogía intelectual, hay una agenda de política pública bastante uniforme que se repite, con matices locales, en todos los países donde este marco se instaló:
Educación: combatir lo que llaman «ideología de género» en las aulas. Vox impulsó el «pin parental» en España; Bolsonaro ordenó a su Ministerio de Educación preparar una propuesta para prohibirla en la enseñanza básica; en Chile, el candidato presidencial Johannes Kaiser le dedicó un capítulo entero de su programa de gobierno.
Familia y derechos reproductivos: oposición coordinada al aborto y a la agenda LGBT. Bolsonaro, Putin y Orbán tradujeron esta afinidad en alianzas internacionales concretas, con foros anuales como el Congreso Mundial de las Familias donde delegaciones de distintos gobiernos definen posiciones en conjunto.
Estado y cultura oficial: desfinanciar los espacios culturales y de derechos humanos dependientes del Estado. En Argentina, el cierre del INADI, el fin del lenguaje inclusivo en la administración pública y el retiro de banderas LGBT de organismos oficiales se presentan explícitamente como «avances» de esta agenda.
El hilo que conecta los tres puntos es siempre el mismo movimiento retórico: fusionar feminismo, ambientalismo, antirracismo y diversidad sexual en una sola categoría —»marxismo cultural» o «ideología de género»— para poder combatirlos como si fueran un solo enemigo coordinado, en lugar de demandas sociales distintas con historias y actores propios.
Por qué se volvió una muletilla
Hay un uso adicional del término que no tiene que ver con la estrategia de fondo, sino con su función política inmediata: sirve como explicación comodín para cualquier resultado adverso. Cuando una figura de derecha pierde una elección, una encuesta o un debate, atribuirlo a que «todavía no se ganó la batalla cultural» evita tener que analizar causas concretas —gestión, candidatos, coyuntura económica— y traslada la derrota a una fuerza histórica difusa que lleva «décadas» operando en contra.
Es una explicación que nunca se puede refutar del todo, porque no importa qué pase: siempre se puede encajar ahí. Y es, en cierto sentido, la antítesis del análisis geopolítico frío que debería acompañarla: en lugar de leer el tablero pieza por pieza, la frase permite no tener que leerlo.
Ciento cincuenta años de historia en una frase
Bismarck lanza el Kulturkampf contra la Iglesia católica en el imperio alemán. Nace el término.
Gramsci, preso del fascismo, desarrolla la idea de «hegemonía cultural» y «guerra de posiciones» desde la izquierda.
Rudi Dutschke acuña «la larga marcha a través de las instituciones» para la izquierda radical alemana.
Pat Buchanan habla explícitamente de «guerra cultural» en su campaña presidencial republicana en EEUU.
Paul Weyrich (Heritage Foundation) reformula la frase de Dutschke, palabra por palabra, para la derecha estadounidense.
Nace CitizenGO en Madrid, financiada por HazteOír, como brazo logístico de movilización religiosa conservadora.
Steve Bannon funda The Movement en Bruselas: la «Internacional de la Nueva Derecha».
La red se expande a América Latina: Eduardo Bolsonaro, Vox en la región, y la adopción del concepto por figuras como Agustín Laje y Javier Milei.
Entonces, cuando en Montevideo, Buenos Aires, Madrid o Brasilia alguien invoca la «batalla cultural» como explicación para todo, no está describiendo un fenómeno espontáneo de su propio país. Está repitiendo, casi siempre sin saberlo, la última capa de una frase que empezó con un canciller prusiano, pasó por un comunista italiano en la cárcel, fue robada por estudiantes radicales alemanes, invertida por operadores conservadores estadounidenses, y finalmente empaquetada como producto de exportación política por un solo hombre con sede en Bruselas. El concepto se volvió global. La pregunta de fondo —qué sociedad quiere construirse detrás de esa palabra— sigue siendo, en cada país, una decisión local.
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