25 de agosto de 2026 — Madama, Cisjordania
Diputado israelí destruye monumento a mazazos
Zvi Sukkot lo grabó él mismo. Netanyahu, Sa’ar, Bennett y hasta su propio partido lo condenaron — pero Smotrich salió a defenderlo. Y no es la primera vez.

El diputado de extrema derecha Zvi Sukkot y varios de sus colaboradores destrozaron a mazazos un «Monumento a los Mártires» palestino en la aldea de Madama, Cisjordania, durante una gira escoltada por el propio ejército israelí. Las imágenes, publicadas primero por medios palestinos y después por el propio Sukkot, muestran a un soldado de pie junto al legislador mientras él y sus colaboradores atacan el monumento, con otros soldados algo más alejados, junto a un vehículo militar.
Cómo se autorizó, y cómo se salió de control
Según las FDI, Sukkot había solicitado el 12 de agosto autorización para hacer una «gira por monumentos» en las aldeas de Beita, Burin y Madama —ubicadas en zonas de Cisjordania donde normalmente se prohíbe la entrada a israelíes sin coordinación militar previa—. La gira se realizó la mañana del 25 de agosto, bajo custodia de tropas que, según el propio ejército, fueron desviadas de sus funciones operativas para esta misión.
Las FDI sostuvieron que, cuando las tropas presentes vieron lo que ocurría, avisaron a sus comandantes, que ordenaron detener la gira y sacar al diputado del pueblo —la visita planeada a Burin y Beita quedó cancelada—. El ejército no explicó por qué había aprobado la misión en primer lugar, admitiendo que desvió tropas asignadas a «misiones operativas en la zona» y las expuso a «riesgo innecesario, todo mientras las FDI están bajo presión operativa».
La defensa de Sukkot
Sukkot no se disculpó. Sostuvo que actuó porque el ejército nunca retiró este ni otros monumentos en Cisjordania que, según él, conmemoran a terroristas palestinos, pese a un pedido previo que había hecho personalmente.
El monumento de Madama honraba, entre otros, a Yaman Tayeb Ali Faraj y a Shadi Nasser. Según la acusación de Sukkot, Faraj estuvo implicado en el atentado suicida del 25 de diciembre de 2003 en el cruce de Geha, centro de Israel —reivindicado por el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), que mató a cuatro personas e hirió a más de veinte—. Faraj, comandante del FPLP, murió en julio de 2004 alcanzado por un misil disparado desde un helicóptero de las FDI mientras huía de un operativo de arresto cerca de Nablus; en esa misma operación murieron también un profesor palestino y su hijo, según medios palestinos. Shadi Nasser, el otro nombre señalado, fue un suicida que hirió a 14 personas en un ataque de 2002 contra el Hotel Eshel HaShomron, en el asentamiento de Ariel.
Condena transversal, con una excepción
La reacción política cruzó las líneas partidarias habituales. La Oficina del Primer Ministro Netanyahu emitió un comunicado tajante:
«Es una vergüenza para cualquiera que afirme representar al público y ser un líder. Mintió y engañó a las FDI y a sus comandantes, comprometió la seguridad y manchó todo el Estado de Israel.» Apuntó además contra Netanyahu por «desmantelar el sistema que permitía la seguridad y el gobierno en Judea y Samaria» y «permitir que anarquistas como Sukkot hicieran lo que quisieran».
«El gobierno de caos de Netanyahu está dañando la seguridad de Israel y su posición en el mundo para obtener opiniones en TikTok. El terrorismo se combate con acciones, no con patéticas provocaciones.»
Sukkot, «como cualquier otro miembro de la Knéset, no es soberano en los territorios de Judea y Samaria». Las decisiones de demoler monumentos deben tomarlas «las FDI y las fuerzas de seguridad, y solo ellas».
Cuestionó a su colega en un foro interno, según Channel 12: «¿Hay alguna estrategia profunda aquí que yo esté completamente pasando por alto, o simplemente decidimos suicidarnos?»
La excepción fue Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas y también de Sionismo Religioso, que salió en defensa parcial de Sukkot —coincidiendo en que ese tipo de acciones deberían quedar reservadas al ejército, pero enfocando su crítica principal hacia la oposición.
El patrón de fondo: colonos violentos, ejército pasivo
El incidente ocurre en un pueblo que ya venía siendo blanco de ataques de colonos: este mes dañaron su red eléctrica, y en mayo siete palestinos fueron hospitalizados tras un ataque violento. La presencia pasiva de soldados durante la destrucción del monumento —parados junto a un vehículo militar mientras Sukkot y sus colaboradores actuaban— se suma a un patrón ya documentado de tropas de las FDI grabadas sin intervenir durante episodios similares de violencia de colonos.
De dónde viene: Yitzhar y los «Hilltop Youth»
Sukkot nació y se crió en Yitzhar, uno de los asentamientos más radicalizados del sionismo religioso en Cisjordania, desde donde durante años impulsó campañas de hostigamiento contra las aldeas palestinas vecinas de Burin, Urif y Asira al-Qibliya. De joven fue integrante de los «Hilltop Youth» (Noar HaGvaot), una red descentralizada de jóvenes colonos dedicada a establecer puestos de avanzada no autorizados sobre colinas de Cisjordania —construcciones que, aunque el propio Estado israelí las considera ilegales en el momento de erigirse, con frecuencia terminan legalizadas después—. Según publicaciones especializadas en la derecha israelí, también fue representante de «The Revolt» (HaMered), otro grupo del mismo espacio ideológico.
Su historial de causas judiciales y administrativas es anterior a su carrera política. En enero de 2010 fue arrestado junto a otras nueve personas y, según registros periodísticos, interrogado por el Shin Bet en relación con un incendio intencional contra una mezquita en la aldea palestina de Yasuf, cerca de Yitzhar —donde ardieron también ejemplares del Corán—, en el marco de una investigación sobre represalias del tipo «price tag» atribuidas a colonos. Fue liberado sin cargos por falta de pruebas suficientes, pese a la evidencia circunstancial reunida. En 2012, el ejército israelí le prohibió el ingreso a Cisjordania durante seis meses, por su presunta vinculación a un grupo de doce personas señalado de planificar y ejecutar ataques violentos contra palestinos y sus propiedades; su defensa legal en ese caso estuvo a cargo de Honenu, una organización que representa a colonos judíos procesados.
En mayo de 2021 fue cofundador del puesto de avanzada de Evyatar, cerca del cruce de Tapuah, apenas días después de que pistoleros palestinos mataran al colono Yehuda Gueta —el mismo patrón de «ocupar, poblar» que ya documentamos en otras notas de esta serie—. Llegó a la Knéset en febrero de 2023 mediante la llamada «Ley Noruega», que le permite a un ministro recién asumido ceder su banca a otro integrante de la lista: Sukkot ocupó así el lugar que dejó vacante Bezalel Smotrich al asumir como ministro.
Un antecedente señalado por publicaciones críticas de la derecha israelí, aunque menos verificable de forma independiente que sus arrestos y sanciones administrativas, es que Sukkot habría celebrado públicamente la muerte de Ali Dawabsheh, el bebé palestino de 18 meses asesinado en 2015 en el ataque incendiario de Duma —un crimen ejecutado por extremistas judíos y condenado en su momento por el propio gobierno israelí como acto de terrorismo—.
No es la primera vez
Sukkot, que preside el Comité de Educación de la Knéset y un subcomité sobre Cisjordania, acumula un historial reciente de episodios parecidos:
Recorrió la ciudad árabe de Umm al-Fahm, en el norte de Israel, y colgó una bandera israelí frente a una escuela, en medio de una huelga del sistema educativo local en protesta por su visita.
Se grabó rompiendo el cartel de un colegio palestino en la Ciudad Vieja de Jerusalén, prometiendo cerrar la institución por usar un currículo de la Autoridad Palestina.
Solicitó al ejército una «gira profesional de supervisión» en la Tumba de José, en Nablus, que terminó convertida en evento político y mediático. El jefe del Estado Mayor de las FDI, teniente general Eyal Zamir, lo condenó por desperdiciar recursos militares.
Participó en el asalto de manifestantes de extrema derecha a la base de Sde Teiman, exigiendo la liberación de reservistas arrestados por sospecha de abuso grave a un detenido de Gaza. Fue interrogado bajo advertencia por la policía en noviembre siguiente por su rol en ese episodio.
Sukkot también impulsó un proyecto de ley para ampliar el control civil israelí sobre sitios arqueológicos y patrimoniales en Cisjordania —criticado por palestinos y organismos israelíes de derechos humanos como una forma encubierta de anexión territorial—, frenado en junio, según se supo, por decisión del propio Netanyahu.
Una condena que no admite matices
Lo que hizo Sukkot no tiene justificación posible, y hay que decirlo sin vueltas: Cisjordania no es territorio soberano de Israel. Es territorio ocupado desde 1967, así calificado por la ONU, por la Corte Internacional de Justicia en su opinión consultiva de julio de 2024, y por la inmensa mayoría de la comunidad internacional. Ningún funcionario público —ni israelí, ni de ningún país— tiene derecho a destruir bienes ajenos en un territorio que no le pertenece a su Estado, invocando además una convicción personal para hacer justicia por mano propia, y mucho menos usando recursos militares desviados de sus funciones para ese fin. La condena transversal dentro de Israel —de Netanyahu a Bennett, pasando por su propio partido— confirma que ni siquiera dentro del marco de la ocupación esto resulta aceptable. Y sin embargo, hasta ahora, la condena se quedó en comunicados: Sukkot no perdió su cargo, no enfrentó sanción penal, no fue apartado de ningún comité, pese a acumular ya varios episodios similares en el último año. Cuando el costo real de una acción como esta es prácticamente cero, el mensaje que recibe cualquiera con impulsos parecidos es que puede repetirse sin consecuencia.
El doble estándar del propio sistema
Más allá del caso puntual de Sukkot, el episodio expone un problema estructural que es igual de grave: en Israel, la línea entre «héroe» y «terrorista» a menudo depende de quién ejerce la violencia y de si cuenta con autorización estatal, no de la naturaleza del acto en sí. El propio gabinete de Netanyahu incluye a Itamar Ben-Gvir, con una insignia en forma de soga que reivindica la pena de muerte, y sectores de su coalición reivindican abiertamente el legado de Menachem Begin —incluida su etapa al frente del Irgún, responsable del atentado al Hotel Rey David en 1946 y de la masacre de Deir Yassin en 1948— como fundacional para el propio Likud. Que Sukkot merezca ser condenado sin matices no vuelve legítima esa incoherencia; al contrario, la vuelve todavía más visible: el Estado castiga la violencia no autorizada mientras sigue rindiendo homenaje, puertas adentro, a violencia equivalente cuando fue ejercida por quienes hoy ocupan sus propias filas.
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