Hombre en atril de la ONU dando un discurso formal.

Discurso completo de Italia ante la ONU

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Discurso completo de Italia ante la ONU

Transcripción completa del discurso pronunciado el 23 de septiembre de 2026.

Señor Presidente, el año pasado, precisamente desde esta misma tribuna, la Presidenta —la Primera Ministra italiana— recordó que estaban en curso 56 conflictos armados, la cifra más alta desde el final de la Segunda Guerra Mundial. A día de hoy, según las mismas fuentes, esa cifra es de 61 conflictos; esa es la cruda realidad de las cifras. El Papa León XIV ha emitido una advertencia que Italia hace suya: no debemos jamás acostumbrarnos a la guerra, porque en primer lugar nos acostumbramos a las palabras, luego a las imágenes, y finalmente nos acostumbramos a las víctimas.

Y cuando la guerra se convierte en una costumbre, la paz parece un milagro. Y nosotros no vamos a rendirnos: ante la fuerza, ante la ley del más fuerte, escogemos la fuerza de la ley; ante la política de la fuerza, escogemos la fuerza de la política. Este es el mensaje que hoy transmite Italia a las Naciones Unidas. Y esta es la misión de la diplomacia italiana: construir puentes, abrir nuevos caminos, mantener vivo el diálogo incluso cuando parece imposible.

Trabajar por la paz, por el bienestar y el crecimiento, porque el crecimiento genera prosperidad, y la prosperidad, a su vez, lo que hace es consolidar la paz. En Ucrania, en Oriente Medio, en el Golfo, en Sudán o en el Sahel, no son crisis aisladas; tampoco son guerras comerciales. La competición de la inteligencia artificial, los ataques híbridos con sus consecuencias económicas y sociales, tampoco es una crisis separada del terrorismo, en todas y sus múltiples manifestaciones, que seguimos combatiendo en todos los lugares del mundo. Son todos frentes de una única y profunda transformación, y es el orden internacional que surgió después de la Segunda Guerra Mundial y que se está desmoronando.

Era ya un orden imperfecto: no previno guerras, ni injusticia, ni sufrimiento. A día de hoy, ese equilibrio se ha desestabilizado, y la historia que alguno declaró terminada no ha alcanzado aún su último capítulo, sino que va a un ritmo galopante. Pero cada carrera necesita también una línea de meta; no podemos simplemente quedarnos de convidados de piedra y observar cómo la fragmentación de nuestro mundo está teniendo lugar, sino que necesitamos un nuevo marco de reglas, de responsabilidad y de cooperación, capaz de gobernar el cambio. Un cambio que solo ocurrirá a través de la voluntad política, del diálogo entre las naciones, de la voluntad de los pueblos, y a través de la capacidad de las instituciones multilaterales de redescubrir una misión que esté a la altura de los retos de nuestro tiempo.

Las Naciones Unidas no pueden simplemente limitarse a registrar las divisiones del hoy; tienen que tener la ambición de imaginar el futuro, deben poder reconocer las limitaciones, superar su parálisis y reformar sus instrumentos, sin por ello abandonar su razón de ser, que es ser el lugar en el que el conflicto da paso al diálogo, en el que la confrontación deja paso a la diplomacia, y en el que el miedo deja paso a la búsqueda de soluciones compartidas. Las Naciones Unidas siguen siendo el lugar más universal en el que se puede concretar esta aspiración, no porque sean perfectas, sino porque ninguna otra institución puede reunirnos a todos en torno a la misma mesa: distintos intereses, distintas culturas, religiones y visiones del mundo. Y precisamente cuando el mundo se divide, es cuando el valor del diálogo aumenta en lugar de disminuir. Italia cree en su valor, en el papel central de esta institución.

Creemos en la paz, que sigue siendo la estrella polar de nuestra política exterior, pues nace de nuestra historia, se recoge en nuestra Constitución y forma parte integrante de nuestra identidad. Dialogar, sin embargo, no es señal de debilidad; tampoco significa que seamos neutrales. Italia sabe perfectamente cuál es su lugar: su hogar es Europa, su alianza con Occidente, y sus valores son la libertad, la democracia y la dignidad de cada ser humano. Sin embargo, pertenecer a Occidente no significa encontrarse recluidos tras una muralla en nuestra fortaleza.

Se trata de que también aprovechemos la fortaleza de esos valores para dialogar con los demás, construir alianzas entre iguales y resolver los problemas del tejido social que el sistema internacional representa para evitar una caída en el caos. La Unión Europea, el G7 y Occidente, de los cuales nos enorgullece mucho formar parte, no deben percibirse como muros o murallas, sino como puentes. Ese es el objetivo también del IMEC, de ese corredor logístico y económico diseñado para conectar Europa con el lindo Mediterráneo. Los mismos principios son los que también rigen nuestra relación con África, prioridad estratégica para Italia y uno de nuestros principales socios en este siglo.

El Plan Mattei ahora nos permite trabajar con 18 países, y parte de una idea muy sencilla: que no decidamos por África, sino que decidamos con África. No se trata de entregarles una ayuda de arriba hacia abajo, sino de que seamos todos considerados como socios, en pie de igualdad, en los sectores de la agricultura, la energía, la educación, las infraestructuras o el campo farmacéutico. Fabricar vacunas en África permite salvar vidas, fortalece los sistemas de salud, crea empleo y apoya también un crecimiento capaz de generar estabilidad. Por ello, en defensa del derecho a no verse obligado a migrar, luchamos también contra los traficantes de personas, contra aquellos que se aprovechan de la pobreza y se alimentan de ella, con acuerdos con países de origen y de tránsito que nos ayuden a combatir la migración irregular, con educación, capacitación, acceso a empleo que permita apoyar una migración segura y ordenada.

Un momento tan complejo como el nuestro solo puede regirse de dos formas: o bien por las normas compartidas, o por la ley del más fuerte, Italia ya ha elegido. Estamos a favor del diálogo, la diplomacia y las reglas, y por eso también hemos condenado, y seguimos haciéndolo, la agresión de Rusia contra Ucrania. Seguiremos apoyando a Ucrania tanto tiempo como sea necesario, y trabajaremos por una paz justa y un futuro en el que Rusia pueda nuevamente ser socia, dialogante y no amenaza para Europa. Rusia, como miembro permanente del Consejo de Seguridad, no puede tampoco eludir su responsabilidad.

Es un alto el fuego, no es una concesión a la otra parte, sino el primer paso hacia una arquitectura de seguridad europea que proteja a todos, incluida la propia Rusia. Y por eso creemos que es preocupante observar cómo hay amenazas híbridas crecientes, planteadas por la propia Rusia contra Europa, y por eso hemos expresado nuestra plena solidaridad con Alemania tras el ataque al aeropuerto de Leipzig. Y es que la paz requiere de apertura, pero también de voluntad. El diálogo sin verdad es debilidad; la voluntad sin diálogo lleva a un callejón sin salida.

Esos mismos principios son los que orientan nuestro enfoque en Oriente Medio. La paz solo se podrá lograr a través de una solución bidestatal con dos pueblos, dos Estados. En Gaza, la tregua ha ralentizado la lucha, pero todavía no ha finalizado el sufrimiento. No pasa un minuto sin que alguien pierda.

La tregua ha de consolidarse. La ayuda humanitaria debe entrar sin obstrucción alguna, y ha de desarmarse también a Hamás para que esto se convierta en realidad. Desde el primer momento hemos movilizado lo mejor de nuestras capacidades humanitarias, de nuestros cooperantes. A través de alimentos para Gaza, hemos entregado comida y suministros esenciales gracias a nuestros agricultores.

También hemos acogido a los heridos y a los niños vulnerables, abriendo nuestras universidades y centros de investigación a jóvenes palestinos, porque un Estado futuro también necesita una generación futura de líderes. En Líbano, lo que está en juego va más allá del propio país y afecta a toda la región. El acuerdo de Washington del 26 de junio abrió una puerta. Italia se enorgullece por haber podido acoger las negociaciones en Roma que ayudaron a abrir esa puerta.

Durante décadas, nuestras tropas han servido la causa de la paz en el sur del Líbano a través de la UNIFIL y han ayudado a las Fuerzas Armadas libanesas. También hemos recientemente aprobado un nuevo plan de proyectos de desarrollo para la zona, y seguiremos desempeñando el papel que nos corresponde tras el fin del mandato de la misión. Estimados colegas, 61 conflictos activos significa también que la guerra está avanzando incluso más rápido de lo que pueden seguirlas las cámaras de televisión. Y según avanza la guerra, los principios en los que hemos construido 80 años de relaciones internacionales van retrotrayéndose: la prohibición del uso de la fuerza, el derecho marítimo internacional y la libertad de seguridad de navegación.

Defender la libertad de navegación significa defender también el comercio, el empleo, el crecimiento y el diálogo, porque cuando los productos pueden moverse libremente, es mucho más difícil que las armas lo hagan. El estrecho de Ormuz debe reabrirse, el diálogo debe reactivarse, resucitar en el Golfo, Irán debe responder y renunciar a cualquier amenaza nuclear o cualquier política agresiva contra los países de la región. Los ataques a los buques en el Mar Rojo deben cesar, al igual que deben cesar también los ataques irresponsables en el Mar Negro por parte de Rusia contra buques que transportan productos ucranianos agrícolas hacia África. Estas crisis pueden parecer distantes, pero sus efectos llegan a nuestros hogares.

También son los que impulsan los costes de la energía, de los productos como fertilizantes, panes, cereales, y también dañan a nuestras empresas, agricultores y familias. La seguridad alimentaria es cuestión de todos y requiere de soluciones comunes. Estamos trabajando junto a las Naciones Unidas, en los organismos basados en Roma, para hacer frente a estos problemas, poniendo a disposición a los mejores expertos italianos, desde el campo de la agricultura hasta el de la producción alimentaria o las tecnologías de satélite, los sistemas de regadío o los pesticidas. La seguridad alimentaria y la seguridad hídrica también van de la mano y forman parte de una misma lucha.

No puede haber cosecha sin agua, ni estabilidad sin cosecha. Cuando desaparece el agua, se imponen el hambre, el conflicto y las migraciones. Señor Presidente, colegas, elegir entre la fuerza y la política no significa únicamente hablar de guerra. También podemos hablar de economía, de recursos, de tecnología, de todas las esferas en las que el poder sin control puede imponerse frente al bienestar del ser humano.

La política, una vez más, ha de ser la que lidere, y estamos a punto de dar paso a una revolución tecnológica que ya ha empezado a influir en nuestras vidas, en cómo trabajamos, producimos, tomamos decisiones. La revolución de la inteligencia artificial. Los grandes inventos del pasado tomaron siglos y tardaron siglos en transformar al mundo; la inteligencia artificial lo está haciendo en cuestión de años.

Los que las controlan saben que estas tecnologías brindan enormes ventajas a quienes las pueden utilizar. El riesgo es que se generen desigualdades cuando queden otros excluidos, nuevas dependencias, nuevas concentraciones de poder y nuevas formas de dominación. Hay profesiones enteras que también parecen estar a punto de desaparecer o ser transformadas por siempre.

Falsificar y manipular la realidad será cada vez más fácil. Los sistemas automatizados que operan sin una supervisión humana pueden producir también decisiones peligrosísimas. El Papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas, nos recordó que ningún algoritmo puede ocupar el lugar de la conciencia humana, y que la tecnología capaz de atacar sin haber visto el rostro de otra persona también reduce mucho nuestras exigencias morales en el contexto de los conflictos. Compartimos esa visión, pero la innovación se puede gobernar.

No hace falta demonizarla. La inteligencia artificial puede dar paso a nuevas posibilidades, hoy inimaginables, en medicina, investigación, educación, protección medioambiental. Los avances tecnológicos siempre han generado temor, pero también han creado oportunidades y grandes ocasiones de impulsar la prosperidad para todos. No podemos dar marcha atrás, y tampoco es deseable, pero tampoco podemos entregar nuestro futuro a una tecnología sin reglas.

No necesitamos a burócratas que tan solo algunos respeten. Necesitamos un equilibrio entre la transparencia, la supervisión, la seguridad y la protección de la propiedad intelectual. Necesitamos compartir los beneficios de la innovación y de los mecanismos de supervisión mutua. Precisamente en eso consisten las Naciones Unidas: en definir reglas comunes antes de que se impongan los más fuertes.

Las Naciones Unidas nacieron en 1945, de un mundo en ruinas, un mundo que entonces aprendió una sencilla verdad: que cuando alguno de nosotros se queda solo, todos acabamos perdiendo. 81 años después, esa lección es hoy más pertinente aún. Las Naciones Unidas se crearon para prevenir la violencia y para que esta no se convierta en la única ley, pero para cumplir con esa misión también tiene que recuperar su capacidad de decisión y, por encima de todo, de actuar. Estamos convencidos de ello, y por ello abogaremos por una moratoria universal sobre la pena de muerte.

Es una causa para nosotros, civilizacional, en defensa de la vida y la dignidad humana, que hemos defendido durante años aquí, en este mismo edificio. También defenderemos la libertad individual y los derechos de las mujeres, luchando, por ejemplo, contra la práctica horrenda de la mutilación genital femenina. Hemos de hacer gala del valor necesario para reconocer que, con demasiada frecuencia, esta organización parece quedarse sin poder. Hace demasiado tiempo que sus reformas están siendo retrasadas por intereses que compiten entre sí.

Italia desea un Consejo de Seguridad más legítimo, más representativo, que rinda cuentas a todos los Estados miembros. No un club aún más exclusivo, sino uno de los pilares de la renovación de gran alcance que anhelamos para las Naciones Unidas y que esperamos que la nueva o el nuevo Secretario general consiga, para que esta organización pueda decidir y actuar cuando esté a tiempo de hacerlo para cambiar el curso de los acontecimientos. Siempre hemos hecho lo que nos correspondía desde Italia y lo seguiremos haciendo. Somos uno de los principales contribuyentes al presupuesto de las Naciones Unidas, y nos encontramos entre los países con mayor presencia militar en las misiones internacionales.

Nuestros hombres y mujeres, nuestros recursos y expertos se han puesto al servicio de la paz, en la UNIFIL y en todas las misiones en las que participamos. Expresamos desde aquí nuestro agradecimiento a nuestros hombres y mujeres uniformados, a las instituciones y al pueblo. En nombre de las instituciones y del pueblo italiano. Señor Presidente, estimados colegas, mi generación nació en un continente que había sufrido dos guerras mundiales y que luego experimentó uno de los períodos más largos de paz de su historia.

No se trata de un milagro, sino de una elección, del resultado de una acción política. Entre las ruinas, los hombres y las mujeres decidieron aunar el carbón y el acero en lugar de utilizarlos para construir nuevas armas. Aquella elección dio paso a una obra sin precedentes, una unión basada en instituciones comunes, en la paz, la libertad, la democracia, la prosperidad, los derechos humanos y el Estado de derecho. Y ese es el mensaje que Italia les transmite hoy, aquí en Nueva York.

La paz no es un legado que se pueda garantizar de una vez por todas, sino una responsabilidad que todos hemos de asumir a diario, ha de defenderse con voluntad firme, construirse con paciencia, y jamás debemos abandonarla. Nosotros no lo haremos. Gracias.


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