El manchesterismo: mucho relato, poca sustancia

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El manchesterismo: mucho relato, poca sustancia
Andy Burnham llegó a primer ministro británico sin disputar un programa político ante nadie: lo ungió el aparato laborista, desesperado por una cara nueva. Su «manchesterismo» promete romper con 40 años de neoliberalismo, pero cuando se lo mira de cerca, es más marca que sustancia.
Publicado · Julio 2026 · Lectura: 10 min

Hasta el 18 de junio de 2026, Andy Burnham ni siquiera era diputado. Ese día ganó una elección parcial en Makerfield y consiguió, por primera vez, un escaño en la Cámara de los Comunes. Cuatro días después, el 22 de junio, Keir Starmer anunció su dimisión como líder laborista y primer ministro. Burnham, único candidato en liza, se impuso con el respaldo de aproximadamente el 95% de los 403 diputados del grupo parlamentario y de once sindicatos afiliados —un plebiscito del aparato partidario que lo eximió de tener que disputar un programa de gobierno ante nadie, ni en una elección general ni en unas primarias reales—.

Es un ascenso relámpago que dice tanto sobre Burnham como sobre el estado del Partido Laborista: apenas dos años después de una mayoría parlamentaria amplia, el partido sufrió resultados desastrosos en las elecciones locales y quedó por detrás de Reform UK en las encuestas, con votantes populares de mayor edad yéndose hacia la derecha identitaria y clases medias liberales virando hacia los Verdes y los nacionalistas. Ante una amenaza existencial, el aparato no buscó una idea nueva: buscó una cara nueva.

Quién es Burnham y qué es el «manchesterismo»

A sus 56 años, apodado «el rey del Norte», Burnham fue alcalde del Gran Mánchester entre 2017 y 2026. En su primer discurso como líder laborista, en la sede de la confederación sindical TUC, definió «un nuevo rumbo»: ni «más ecologista que los Verdes», ni «más reformista que Reform UK». Prometió reindustrialización, apoyo a pequeñas empresas y mayor control público sobre agua, transporte y energía —presentándose más a la izquierda que Starmer—.

Todo esto se empaqueta bajo un concepto que viene desarrollando hace años: el «manchesterismo». En esencia, se trata de transferir competencias y financiación desde el gobierno central hacia autoridades locales, según el modelo aplicado en el Gran Mánchester: control del transporte mediante licencias a operadores privados, gestión del presupuesto de salud (delegada desde 2016) y una estrategia industrial territorial propia. Pero Burnham, en un discurso ante el think tank Centre for Cities, lo eleva a algo mucho más ambicioso: lo llama «el fin del neoliberalismo» y un «socialismo favorable a las empresas» (business-friendly socialism), presentado como la inversión de una doble tendencia iniciada en los años 80 —la privatización de la economía y la centralización excesiva del poder político—.

Una ambición radical, en un país muy centralizado

El Reino Unido es un Estado unitario fuertemente centralizado: solo el 20% de la financiación de las autoridades locales británicas proviene de impuestos locales. Prometer una descentralización profunda desde ese punto de partida es, en sí mismo, un objetivo de gran escala.

El único éxito real, con matices que lo achican bastante

Cuando se busca un ejemplo concreto del manchesterismo en acción, siempre aparece el mismo caso, porque es el único: el control público de los buses del Gran Mánchester.

Mar. 2021

Burnham adopta la decisión de recuperar el control público de la red de buses, sacándosela a operadores privados.

2022

Un recurso judicial contra la medida es desestimado.

Sep. 2023 – Ene. 2025

El sistema se implementa por fases, bajo un régimen de franquicia con boletos subvencionados.

Cuatro años de proceso para un solo logro, que además hay que matizar en dos sentidos. Primero, Burnham mostró mucho menos coraje frente a otro colectivo: cuando propuso una zona de bajas emisiones y encontró resistencia de los conductores, simplemente desistió. Segundo, y más importante: el modelo de buses en franquicia ya estaba consolidado en Londres antes de aplicarse en Mánchester —no es una innovación propia—, y no es replicable a sectores que requieren capital intensivo, como el agua o el ferrocarril, donde los ingresos no alcanzan para cubrir el costo de las inversiones necesarias, sea el capital público o privado.

La salud, otro terreno de resultados flojos

La gestión del presupuesto de salud y asistencia social, delegada a Mánchester desde 2016, arrojó resultados decepcionantes según una evaluación independiente de 2024: efectos positivos, negativos, y otros sin impacto concreto, sin un patrón claro de mejora. El dato se refuerza con la experiencia de Gales y Escocia, donde dos décadas de gestión descentralizada del sistema de salud tampoco produjeron mejor atención hospitalaria ni innovaciones relevantes en prevención.

Mánchester «centrípeta»: el propio modelo no reparte bien

Un estudio independiente describe a Mánchester como una «ciudad centrípeta»: el crecimiento demográfico y las ganancias de productividad se concentran en dos distritos centrales —Mánchester y Salford—, mientras los ocho distritos periféricos quedan al margen. El auge de empleos de oficina en el centro de Mánchester, además, contribuye a vaciar el distrito financiero de la vecina Liverpool. Es decir: el modelo que ahora se quiere vender a escala nacional ni siquiera reparte bien la riqueza a escala local.

El manchesterismo no es tanto un proyecto político aplicable a mayor escala como una pantalla en la que las numerosas facciones internas del Partido Laborista proyectan ahora sus esperanzas.

Las limitaciones que hereda como primer ministro

Desde el 20 de julio de 2026, Burnham controla la política presupuestaria y monetaria nacional, los incentivos y subvenciones, y todas las palancas regulatorias del Estado. Pero el margen real para aplicar su relato es mucho más estrecho de lo que sugiere el discurso.

95% Deuda pública neta sobre el PBI
4,3% Déficit fijado para 2025-2026
1.850£ Factura anual de luz y gas de un hogar medio

Burnham heredó, además, el compromiso electoral laborista de 2024 de no subir el impuesto a la renta, el IVA ni las cotizaciones sociales —que en conjunto aportan dos tercios de los ingresos del Estado—, lo que limita drásticamente cualquier reforma fiscal real antes de las próximas elecciones generales, previstas para agosto de 2029 como máximo. El FMI ya recomienda que cualquier aumento de gasto en un área se compense con recortes en otra.

A esto se suman restricciones administrativas concretas: la privatización del agua no puede revertirse rápido, porque el régimen de administración especial de Thames Water —insolvente— exige que el Estado sea «el mejor postor» tras la condonación de deuda, y las demás empresas de agua están tan sobreendeudadas que cualquier inversión debe canalizarse fuera de balance, vía Iniciativa de Financiación Privada, el mismo esquema que perjudica al sector público.

Por qué el «crecimiento» ya no convence a nadie fuera del núcleo duro

El análisis distingue algo clave: hay un núcleo relativamente chico de la clase dirigente para quien el crecimiento del PBI sigue siendo la obsesión central, porque de ahí sale la recaudación que permite equilibrar salud, protección social y defensa. Pero para los hogares comunes, la pregunta de si el PBI crece dejó de tener relevancia directa. Lo que importa es la «crisis del costo de la vida»: la inflación de alimentos llegó al 30% en el Reino Unido tras la guerra de Ucrania, y el actual conflicto en Medio Oriente amenaza con repetir ese golpe si el estrecho de Ormuz no se reabre este otoño, con una posible subida vertiginosa del gas para el próximo invierno.

Dentro del propio bando de Burnham hay voces que entienden esto —la exsecretaria de Estado Miatta Fahnbulleh, respaldada por el analista Mathew Lawrence—, que insisten en que hace falta un alivio inmediato y tangible. Pero incluso las medidas más concretas que se barajan, como eliminar impuestos ecológicos de las facturas para un alivio de 130 libras, resultan modestas frente a un agujero estructural mucho mayor.

El pronóstico: ni con un estruendo, ni con un susurro

El propio análisis lo resume parafraseando a T. S. Eliot: es improbable que el gobierno de Burnham termine con un estruendo o con un susurro, sino con un simple enfrentamiento de narrativas entre el Partido Laborista y sus múltiples adversarios. Con tres partidos nacionalistas celtas y cinco partidos ingleses disputándose entre el 10% y el 25% de las intenciones de voto cada uno, es improbable que Burnham recupere el 34% de votos laboristas de 2024, y mucho menos que se acerque al 43% que logró Tony Blair en 1997.

Lo que queda, entonces, no es tanto un plan de gobierno como una etiqueta —»manchesterismo»— construida sobre un único logro parcial, replicado a fuerza de repetición discursiva, y ahora puesto a prueba en una escala para la que nunca fue diseñado ni demostró funcionar.


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