Análisis — Geopolítica
El tablero de Brzezinski: Europa paga la guerra de otro
De Afganistán a Ucrania, pasando por Bretton Woods y la OTAN: la arquitectura completa de por qué contener a Rusia fue siempre prioridad de Estados Unidos, y Europa terminó pagando la factura sin nunca sostener el timón.
Hay una pregunta que rara vez se hace en la cobertura diaria de la guerra en Ucrania: ¿quién diseñó el tablero en el que Europa terminó jugando una partida tan costosa? La respuesta más incómoda, sostenida por una corriente entera de pensamiento geopolítico realista, es que ese tablero lo diseñó Estados Unidos —para su propio beneficio estratégico— mucho antes de que Vladimir Putin ordenara cruzar la frontera ucraniana.
La puerta que Rusia tocó, y que nadie abrió
Apenas disuelta la URSS, Boris Yeltsin le escribió a la OTAN en 1991 planteando el interés ruso en una eventual membresía. En 1993, en Varsovia, llegó incluso a aceptar públicamente que Polonia tenía derecho a decidir si quería sumarse a la Alianza —un gesto de apertura notable, después revertido por presión de su propio establishment militar—. En el año 2000, ya con Vladimir Putin en el poder, la BBC le preguntó directamente si Rusia podría integrarse algún día a la OTAN. Su respuesta fue «¿por qué no?» —y ese mismo año planteó la idea en persona al presidente Bill Clinton.
La respuesta de Washington nunca fue un rechazo formal y público. Fue, en el mejor de los casos, silencio administrativo: ninguna vía concreta de adhesión, ningún proceso real. El expresidiente de la OTAN, Lord Robertson, confirmó años después que hubo consultas informales rusas en ese sentido, que no prosperaron.
El diplomático que lo advirtió a tiempo
George Kennan, el arquitecto intelectual de toda la doctrina de contención estadounidense contra la URSS durante la Guerra Fría —el hombre que, en cierto sentido, inventó el marco mental con el que Washington pensó a Rusia durante medio siglo—, advirtió en 1997, antes de la primera gran oleada de expansión de la OTAN hacia el Este, algo que hoy suena casi profético.
Kennan advertía específicamente que esa expansión encendería el nacionalismo ruso, alimentaría una relectura autoritaria y antioccidental de la política interna rusa, y restauraría exactamente la atmósfera de la Guerra Fría en las relaciones entre ambos bloques —sin que hubiera, en su análisis, ninguna necesidad estratégica real que lo justificara para la seguridad occidental de ese momento.
La promesa que nunca se firmó
En febrero de 1990, el entonces secretario de Estado estadounidense James Baker le dijo a Gorbachov que la OTAN no se movería «ni una pulgada hacia el Este» si la URSS aceptaba la reunificación alemana dentro de la Alianza. El problema —y aquí está el punto que más resuena hoy— es que esa promesa nunca quedó plasmada en ningún tratado formal: fue una conversación verbal, acotada al contexto específico de Alemania, jamás ratificada como compromiso vinculante para el resto de Europa del Este.
La OTAN se expandió igual, en oleadas sucesivas: 1999 (Polonia, Hungría, República Checa), 2004 (los países bálticos y más), y en 2008, en la Cumbre de Bucarest, llegó a prometerle a Georgia y a Ucrania una futura membresía —sin fecha concreta, pero con la puerta formalmente abierta—. Para John Mearsheimer, politólogo de la Universidad de Chicago y principal exponente actual de esta lectura realista, 2008 es el punto de quiebre real: el momento en que Rusia entendió que su línea roja innegociable —Ucrania— estaba siendo cruzada en los hechos, aunque la membresía plena todavía no se concretara.
El paralelo que nadie quiere hacer: Cuba
Mearsheimer y otros realistas suelen apelar a un espejo histórico incómodo para Washington: la Crisis de los Misiles de 1962. Estados Unidos llevó al mundo al borde de una guerra nuclear porque no toleró que la URSS instalara misiles a apenas 150 kilómetros de su costa, en un país que ni siquiera era su vecino terrestre directo. La Doctrina Monroe, formalizada desde 1823, sostiene desde hace dos siglos que Washington no acepta potencias rivales operando en su esfera de influencia hemisférica —un principio que Estados Unidos jamás ha estado dispuesto a debatir ni ceder, y que rara vez se cuestiona con la misma vara con la que se juzga la reacción rusa frente a Ucrania, un país vecino, no separado por un océano.
La otra perspectiva
La mayoría del establishment de política exterior occidental rechaza este paralelo por una razón central: Cuba nunca tuvo, en los hechos, la libertad soberana de aliarse con quien quisiera sin la aprobación de Washington —mientras que Ucrania, como Estado plenamente soberano desde 1991, sostiene el mismo derecho que cualquier país a elegir sus propias alianzas, incluida la OTAN, sin que eso constituya una «provocación» que justifique una invasión. Aceptar la lógica de esferas de influencia, argumentan, equivaldría a legitimar el mismo principio que la posguerra fría buscó superar: que las grandes potencias deciden por sus vecinos más chicos. Además, la promesa de Baker, dicen, se limitó explícitamente a Alemania y nunca se extendió como compromiso formal al resto de Europa del Este, por lo que no hubo, técnicamente, ninguna promesa incumplida.
El precedente que Brzezinski dejó por escrito
Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional bajo Jimmy Carter y uno de los estrategas geopolíticos más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, escribió en 1997, en su libro El Gran Tablero Mundial, una idea que hoy funciona casi como profecía de la guerra en Ucrania: sin Ucrania, decía, Rusia deja de ser un imperio; con Ucrania sometida a su órbita, Rusia vuelve a convertirse automáticamente en uno. Bajo esa lógica, mantener a Ucrania fuera de la esfera rusa no era, para Brzezinski, una cuestión de seguridad europea: era la pieza central para impedir que emergiera cualquier imperio euroasiático capaz de disputarle a Estados Unidos la primacía global.
Pero el antecedente más crudo de cómo pensaba Brzezinski el costo humano de sus jugadas de tablero viene de Afganistán, no de Europa. En una entrevista de 1998 con Le Nouvel Observateur, reconoció que Estados Unidos empezó a financiar en secreto a los muyahidines afganos seis meses antes de la invasión soviética de 1979 —no como reacción a esa invasión, sino como cebo deliberado para provocarla—.
El cálculo le funcionó a Estados Unidos en sus propios términos: la URSS se desangró en Afganistán durante una década y aceleró su propio colapso. Pero el costo de esa jugada no lo pagó Washington en el corto plazo: lo pagó primero Afganistán, devastada y convertida en semillero del fundamentalismo armado; después el propio Estados Unidos, con el 11 de septiembre de 2001, ejecutado por una red que se formó exactamente en ese caldo de cultivo; y finalmente, otra vez, Afganistán, con dos décadas de ocupación estadounidense que terminaron en la retirada caótica de 2021 y el regreso al poder de los mismos talibanes.
EE.UU. financia en secreto a los muyahidines seis meses antes de la invasión soviética, según reconoció el propio Brzezinski.
La URSS se retira de Afganistán, desgastada, tras una década de guerra que aceleró su propio colapso.
Al Qaeda, formada en ese mismo semillero, ataca Estados Unidos el 11 de septiembre.
Estados Unidos se retira de Afganistán tras veinte años de guerra. Los talibanes retoman el poder.
El mismo patrón, otro escenario
La secuencia que llevó a la guerra actual en Ucrania sigue un arco parecido, aunque con otros actores y otra escala. Se le cerró la puerta de integración a Rusia cuando la pidió, en los años 90 y en 2000. Se ignoró la advertencia de Kennan sobre las consecuencias de la expansión. Se cruzó, en 2008, la línea roja que Mearsheimer identifica como el punto de no retorno, sin ofrecer a cambio ninguna garantía de seguridad alternativa. Y cuando estalló la guerra, Europa asumió el costo económico directo —sanciones que también golpean su propia industria, ruptura energética con Rusia, factura fiscal por la ayuda militar y financiera— mientras el beneficio estratégico de fondo, una Rusia contenida y sin capacidad de reconstituirse como imperio euroasiático, es ante todo un beneficio para la posición global de Estados Unidos.
El resultado de mediano plazo, además, parece repetir el patrón afgano en otra clave: el vacío que deja una Rusia debilitada y aislada de Occidente no lo llena Europa, lo llena China, que hoy es el socio de reemplazo obligado de Moscú en energía, tecnología y respaldo diplomático —exactamente el escenario que, según la propia lógica de Brzezinski, Estados Unidos debería haber querido evitar a toda costa, y que terminó acelerando con sus propias decisiones.
Quien diseñó el tablero rara vez es quien paga la factura más alta. En Afganistán la pagaron los afganos, y después Nueva York. En Ucrania la está pagando, sobre todo, el propio pueblo ucraniano —y, en una medida que recién empieza a hacerse visible en las encuestas y en el avance de partidos euroescépticos, la propia Europa que financia una guerra cuyo objetivo estratégico de fondo fue decidido en otra capital.
La ironía del origen: la colonia que terminó colonizando a su colonizador
Hay una capa más profunda todavía en esta historia, y tiene que ver con el propio origen de Estados Unidos. El país nació como colonia europea —británica, con aportes españoles, franceses y holandeses—: durante siglo y medio fue Europa la que decidía sobre ese territorio, qué comerciaba, con quién guerreaba, qué impuestos pagaba sin representación. La independencia de 1776 invirtió esa relación de dependencia formal, pero el vínculo profundo nunca desapareció del todo. Lo notable es que, con el correr del siglo XX, esa relación volvió a invertirse una vez más —sin banderas ni virreyes esta vez, sino con instrumentos mucho más silenciosos.
La geografía de las dos guerras mundiales fue la variable decisiva. Ambas se libraron en suelo europeo, no americano; Estados Unidos entró tarde a las dos (1917 y 1941), después de que Europa ya llevara años desangrándose. El resultado material de esa asimetría geográfica fue brutal: tras la Primera Guerra, Estados Unidos salió como principal acreedor mundial, con Gran Bretaña y Francia debiéndole sumas enormes, y su territorio industrial intacto. Tras la Segunda, con media Europa en ruinas, Estados Unidos concentraba más del 50% del PBI industrial del planeta, protegido por dos océanos que ningún bombardero enemigo llegó a cruzar.
El sistema operativo que se escribió en cinco años
Salir de la guerra con el territorio intacto y las arcas llenas no bastaba: hacía falta construir la arquitectura permanente que convirtiera esa ventaja temporal en dominio estructural de largo plazo. Y eso se hizo, casi todo, entre 1944 y 1949.
Con la guerra todavía en curso, 44 países acuerdan, en Estados Unidos, fijar sus monedas al dólar y el dólar al oro. El dólar se convierte en la moneda de reserva mundial —un privilegio que sobrevivió incluso a que Nixon rompiera la convertibilidad con el oro en 1971. En la misma conferencia nacen el FMI y el Banco Mundial, con voto ponderado por aportes de capital que le da a EE.UU. poder de veto de facto hasta hoy.
El Consejo de Seguridad se diseña a medida de los vencedores: cinco miembros permanentes con poder de veto, una composición congelada desde entonces pese a que el mundo cambió por completo.
El antecedente directo de la actual OMC fija las reglas del comercio internacional bajo el mismo paraguas de posguerra.
La reconstrucción europea queda condicionada a comprar productos estadounidenses y alinear su política exterior con la Guerra Fría que Washington diseñaba. La seguridad de Europa Occidental queda delegada, de forma permanente, al paraguas militar de EE.UU.
El «regalo» de la posguerra tuvo, en ese sentido, la misma lógica que el propio Plan Marshall que lo encarnó: no fue caridad desinteresada, fue el instrumento que convirtió una ventaja militar-industrial coyuntural en un sistema de poder permanente. Europa no perdió territorio ni soberanía formal; perdió, de a poco y con su propio consentimiento, la capacidad de decisión estratégica autónoma en las áreas que realmente importan a escala global: moneda, seguridad, y con el tiempo, política exterior.
Por qué a Estados Unidos le convenía frenar la convergencia euroasiática
Todo este entramado ayuda a explicar, además, por qué Brzezinski —al igual que Kissinger, otro estratega que pensaba en términos de balance de poder generacional, no de ciclo electoral— consideraba tan urgente impedir cualquier acercamiento profundo entre Rusia y Europa Occidental. Rusia ya tenía, desde la Guerra Fría, el segundo arsenal nuclear más grande del planeta. Europa Occidental, por su parte, concentraba el peso industrial, tecnológico y de capital que Rusia nunca tuvo tras el colapso soviético. Una convergencia real entre ambos bloques —no solo comercio de gas, sino integración de seguridad y política exterior común— habría producido la única combinación capaz de igualar o superar a Estados Unidos en el largo plazo, sin necesitar siquiera a China.
La dependencia energética europea del gas ruso, sostenida durante años a través de gasoductos como el Nord Stream, no era solo una relación comercial: era el tipo de interdependencia profunda que con el tiempo tiende a generar convergencia política también. Cortar esa relación de forma abrupta —vía sanciones, vía la guerra en Ucrania— tuvo, además del objetivo declarado de defender a Kiev, el efecto de romper exactamente la interdependencia que Brzezinski identificaba como el riesgo estructural de fondo para la primacía estadounidense.
Corchos en el océano
El resultado de todo este proceso —colonia que aprendió el oficio, guerras que arrasaron al maestro mientras el alumno quedaba intacto, una arquitectura de posguerra diseñada para fijar esa ventaja por generaciones, y una fragmentación institucional europea que nunca resolvió su propia toma de decisiones en política exterior— deja a Europa en una posición que resume bien una imagen simple: corchos en un océano, empujados por mareas que no controlan. Un corcho no se hunde, tiene entidad propia, flota. Pero tampoco decide su rumbo: se desplaza hacia donde lo empuja la corriente más fuerte del momento, sin motor propio de dirección.
Lo más filoso de esa imagen es que ni siquiera hace falta una maniobra deliberada para que el corcho se mueva: alcanza con la marea de fondo —la corriente estructural que viene desde Bretton Woods, desde la OTAN, desde la puerta cerrada a Rusia en los años 90— para que Europa se desplace sin que nadie en particular tenga que empujarla con fuerza cada vez. Veintisiete países con poder de veto individual, sin política exterior común, dependientes de la seguridad que provee otro, y financiando hoy una guerra cuyo tablero de fondo diseñó una generación de estrategas que jugaban a ochenta años, no a la próxima elección.
Quién sangra de verdad: los números detrás del desgaste
Todo este patrón se puede medir. Entre 2022 y mediados de 2025, la Unión Europea gastó 117.000 millones de euros en importaciones de gas natural licuado estadounidense —más caro que el gas ruso por gasoducto que reemplazó—, con el riesgo de sumar 100.000 millones más en 2026 si el precio se duplica por la crisis paralela con Irán. Estados Unidos ya provee el 57% del GNL que importa Europa, con proyección de llegar a dos tercios en 2026.
El dato más paradójico de todos: según el Centre for Research on Energy and Clean Air, en el tercer año de guerra la UE gastó más dinero comprándole petróleo y gas a Rusia (21.900 millones de euros) que el que destinó en ayuda financiera directa a Ucrania (18.700 millones). Mientras tanto, la economía rusa, según el FMI, viene creciendo un 3,6% anual los últimos dos años —tras una caída inicial, se recuperó esquivando buena parte de las sanciones mediante nuevos mercados en Asia—. La economía ucraniana, en cambio, sufrió un desplome del 36% en 2022 y todavía convive con una inflación del 12%.
La lectura es incómoda pero directa: Europa paga la factura energética más cara de su historia reciente, financia la ayuda militar con deuda propia, y sigue —por otra vía— poniéndole plata a la máquina de guerra del mismo país al que dice sancionar. Estados Unidos, en el medio, no sangra: factura. Vende el gas de reemplazo con margen, vende el armamento, y mantiene intacta su propia soberanía tecnológica —tal como quedó claro cuando Washington evitó, para sí mismo, el mismo riesgo que Reino Unido sí asumió con Ucrania.
Cinco errores, un solo método
No son fallas aisladas. Es la misma lógica repetida, con las mismas consecuencias, en cinco momentos distintos de esta historia.
Rusia tocó la puerta de Occidente más de una vez, entre 1990 y 2000. Nadie la abrió, ni siquiera con un rechazo formal que permitiera cerrar el tema con claridad. Kennan avisó en 1997 que expandir la OTAN hacia el Este sería «el error más fatídico» de la posguerra fría. Nadie escuchó.
Brzezinski identificó bien el peligro de una convergencia Rusia-Europa con paraguas nuclear y músculo industrial combinado. Pero empujar a Rusia hacia el aislamiento en vez de integrarla —el mismo manual usado antes en Afganistán— generó el efecto contrario al buscado: en vez de una Rusia débil y controlada, la empujó directo a los brazos de China, la única convergencia que de verdad había que evitar.
Europa se ató durante años al gas ruso barato sin diversificar a tiempo. Cuando tuvo que cortar de golpe, no tuvo reemplazo igual de económico: terminó pagando 117.000 millones de euros por GNL estadounidense mucho más caro, mientras seguía comprándole a Rusia por otra vía más plata de la que le daba en ayuda a Ucrania. Ni sancionó de forma efectiva, ni logró independizarse: quedó pagando dos veces.
Mientras el propio Estados Unidos —diseñador de toda esta partida— evaluó el riesgo de transferir tecnología de misiles a Ucrania y se echó atrás («podrían volverse en tu contra»), Reino Unido hizo exactamente lo que Washington evitó: entregó el plano completo del Storm Shadow a un país sin garantías de estabilidad futura, con una industria de defensa que ya tiene probada una red de corrupción operando adentro, y sin ser siquiera miembro de la UE ni de la OTAN.
Todo esto lo financia una Unión Europea de 27 países sin política exterior común, sin capacidad de decisión rápida, dependiente en seguridad de la OTAN que lidera Washington, pagando la factura de una guerra cuyo diseño estratégico de fondo —contener a Rusia, impedir la convergencia euroasiática— nunca fue, en rigor, un objetivo europeo. Fue siempre, desde Brzezinski en adelante, un objetivo de la primacía global estadounidense.
El hilo que atraviesa los cinco errores es el mismo: nadie pensó el tablero completo antes de mover la pieza. Se ganó la jugada de corto plazo —debilitar a la URSS en Afganistán, expandir la OTAN, cortar el gas ruso, prometer tecnología a Zelensky— sin calcular el costo de mediano y largo plazo que esa misma jugada iba a generar: un fundamentalismo que se volvió contra su creador, una Rusia empujada a China, una Europa empobrecida financiando su propia dependencia energética nueva, un plano de misil irreversible entregado a un entorno corrupto. Es la diferencia entre jugar ajedrez y jugar a las damas: todos estos actores creían estar jugando ajedrez a largo plazo, y terminaron, en la ejecución real, jugando parche tras parche —cada uno resolviendo el problema de esta semana y sembrando el problema del año que viene. No es, en definitiva, un error de intención. Es un error de método, repetido durante ochenta años con notable consistencia.
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