Flood the zone:
la táctica que viene de Goebbels
«La forma de tratar con los medios es inundar la zona de mierda», confesó Steve Bannon en 2018. No inventó nada: solo digitalizó un manual que empezó con la propaganda nazi, pasó por la Guerra Fría y hoy corre a la velocidad de un algoritmo.
«Los demócratas no importan. La verdadera oposición es la prensa. Y la forma de tratar con ella es inundar la zona de mierda.» Steve Bannon le dijo esto al periodista Michael Lewis en una entrevista para Bloomberg Opinion publicada el 9 de febrero de 2018. La frase se volvió el resumen más citado de la estrategia comunicacional de una época. Pero la táctica en sí —saturar hasta que la gente deje de poder distinguir qué es verdad— tiene más de 90 años de historia, y Bannon es apenas su versión más reciente y más rápida.
Lo que dijo Bannon, tal cual
Vale la pena leer la cita completa, porque el desprecio es tan explícito como la estrategia. Sobre los periodistas, Bannon agregó: son «tontos y perezosos», solo pueden concentrarse en una cosa a la vez, y «todo lo que tenemos que hacer es inundar la zona» hasta que «nunca, jamás» puedan recuperarse. Bannon lo llamaba, con un término tomado directamente del vocabulario militar, «muzzle velocity» —la velocidad de boca, la rapidez con la que sale la bala del cañón—.
La mecánica, en la práctica, es la del juego «golpea al topo»: mientras la prensa o la oposición intentan procesar una polémica, ya salieron tres más. Un estudio periodístico sobre el primer año de gobierno de Trump documentó un promedio de más de tres controversias mediáticas por día generadas desde la Casa Blanca, un ritmo que los equipos de verificación de datos nunca lograron igualar. No era un desborde accidental: era, según reconoció el propio Bannon, el plan.
La raíz: Goebbels y la propaganda como torrente
El ministro de Propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels, entendió algo que sigue vigente casi un siglo después: no hace falta convencer a la gente de una sola gran mentira. Alcanza con bombardearla con tantos mensajes, tantas consignas y tantos enemigos simultáneos que su capacidad de pensar críticamente colapse por agotamiento. La propaganda nazi no era un mensaje único y coherente: era un torrente constante de acusaciones —contra judíos, comunistas, liberales, intelectuales— disparadas todas a la vez, todo el tiempo.
El objetivo no era que la población creyera todo. Era que dejara de intentar distinguir qué era verdad. Esa es, letra por letra, la misma lógica que describía Bannon 80 años después, solo que con un canal de distribución distinto: entonces era la radio y los diarios; hoy es una cuenta de Twitter o GETTR.
La actualización rusa: la manguera de fuego
Entre la propaganda nazi y Bannon hay una escala intermedia, y acá conviene ser precisos con la fecha: no se trata de la propaganda soviética clásica de la Guerra Fría, sino de un modelo mucho más reciente. En 2016, los investigadores Christopher Paul y Miriam Matthews, de la RAND Corporation, publicaron un estudio que bautizó a la propaganda rusa contemporánea —la desplegada por el gobierno de Vladimir Putin desde la invasión a Georgia en 2008 y, sobre todo, desde la anexión de Crimea en 2014— como una «manguera de fuego de la falsedad» (firehose of falsehood).
El modelo identificado por RAND tiene cuatro rasgos: alto volumen, multiplicidad de canales, transmisión rápida y continua, y total desprecio por la coherencia o la verdad de los mensajes. Contradice todo lo que la comunicación estratégica tradicional considera efectivo —y, según el propio estudio, funciona igual.
La razón, según Paul y Matthews, no tiene que ver con la credibilidad del mensaje sino con la psicología de quien lo recibe: cuando la información llega a ese volumen y esa velocidad, el cerebro humano no logra procesarla toda, y la fatiga cognitiva termina haciendo el trabajo de persuasión por sí sola, sin necesidad de que nada de lo dicho sea cierto.
Bannon: la misma táctica, con algoritmos
Lo que hizo Bannon, entonces, no fue inventar la estrategia sino trasladarla a la era digital y ponerle nombre de marca. La diferencia frente a Goebbels o frente al modelo ruso de 2016 es la infraestructura disponible: redes sociales con algoritmos que privilegian el contenido emocional, bots que amplifican mensajes las 24 horas, granjas de trolls coordinadas y microtargeting que permite mandarle a cada grupo demográfico una versión distinta —y a veces contradictoria— del mismo caos.
Esto no es sobre persuasión: es sobre desorientación.
— Jonathan Rauch, citando la estrategia de BannonLa diferencia central frente al modelo ruso, según la propia definición que circula entre analistas de desinformación, es sutil pero importante: mientras la «manguera de fuego» rusa se especializa en falsedades explícitas, «flood the zone» al estilo Bannon apuesta más a saturar con hechos reales, decisiones de gobierno y controversias genuinas —pero a un ritmo tan alto que ninguna pueda examinarse a fondo—. No siempre hace falta mentir: alcanza con no dejar tiempo para verificar.
Arendt ya lo había advertido
La filósofa Hannah Arendt, que estudió el totalitarismo tras haber huido ella misma del nazismo, escribió en 1951, en Los orígenes del totalitarismo, la frase que mejor explica por qué esta táctica funciona y por qué es peligrosa mucho más allá de cualquier gobierno en particular.
El sujeto ideal del régimen totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino la persona para quien la distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso, ya no existe.
— Hannah Arendt, «Los orígenes del totalitarismo» (1951)El objetivo final de la propaganda totalitaria, según Arendt, nunca fue lograr que la gente creyera una mentira específica. Era destruir la capacidad misma de creer en cualquier cosa. Una población que ya no confía en su propia percepción de la realidad queda disponible para que cualquiera le diga qué pensar, porque perdió la vara con la que medirlo.
Por qué es un problema para la democracia, no solo para la prensa
El filósofo político Zsolt Kapelner, investigador de la Universidad de Oslo especializado en el rol de la atención en la deliberación democrática, sostiene que «flood the zone» no es simplemente una jugada sucia más dentro de la competencia democrática normal: es una estrategia intrínsecamente antidemocrática, porque apunta deliberadamente a explotar una vulnerabilidad estructural de cualquier público, sin importar su ideología —la capacidad de atención limitada—.
Una democracia funciona cuando la ciudadanía puede concentrarse en un problema, debatirlo con información, entenderlo en profundidad y decidir en consecuencia. Si el canal está permanentemente saturado, esa secuencia se rompe. No es que la gente no pueda seguir el ritmo: es que deja de intentarlo. Las instituciones democráticas pueden seguir funcionando en el papel mientras el debate público de fondo, que es lo que las sostiene, queda vaciado.
El efecto boomerang
La táctica, sin embargo, tiene un límite. Hacia el final de la República Democrática Alemana, en los años 80, la propaganda estatal se volvió tan intensa y tan obviamente falsa que buena parte de la población simplemente dejó de prestarle atención, desarrollando lo que en esa sociedad se conoció como un «doble pensamiento»: una realidad oficial que se ignoraba y una realidad privada, paralela, donde efectivamente se vivía.
Fenómenos similares se documentaron después de cuatro años de saturación mediática constante en Estados Unidos («fatiga Trump») y durante el proceso del Brexit en el Reino Unido («Brexit fatigue»): en ambos casos, gran parte del público no necesariamente cambió de opinión política, pero el ruido constante lo agotó hasta el punto de desconectarse del tema por completo.
El riesgo de saturar demasiado, durante demasiado tiempo, es que el propio ruido se vuelva contra quien lo emite: en lugar de dominar la conversación, termina vaciándola de audiencia.
Noventa años de la misma jugada
Goebbels aplica la propaganda nazi como torrente constante de mensajes y enemigos simultáneos, no como un mensaje único.
Hannah Arendt publica «Los orígenes del totalitarismo» y advierte sobre la destrucción de la distinción entre hecho y ficción.
En la RDA, la saturación propagandística se vuelve tan obvia que la población deja de prestarle atención.
RAND Corporation bautiza el modelo de propaganda rusa contemporánea como «manguera de fuego de la falsedad».
Steve Bannon confiesa a Michael Lewis, en Bloomberg Opinion, la estrategia de «inundar la zona de mierda».
Se documentan los primeros efectos boomerang: «fatiga Trump» y «Brexit fatigue» como formas de desconexión pública.
Redes, bots y microtargeting llevan la misma táctica a una escala y velocidad que Goebbels no pudo haber imaginado.
La defensa que proponen los propios investigadores del fenómeno no es competir en volumen, porque en esa carrera siempre pierde quien tiene menos recursos para saturar. Es lo contrario: recuperar la capacidad de decidir con calma dónde poner la atención, resistir la tentación de reaccionar a todo, y exigir profundidad en lugar de velocidad. Cuando la táctica se identifica, según coinciden Kapelner y buena parte de la literatura sobre el tema, empieza a perder parte de su efecto: ya no se reacciona al caos, se lo reconoce por lo que es.
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