Banderas de Irán, Turquía e Israel rasgadas simbolizando tensiones geopolíticas.

«Gran Israel»: del discurso al territorio

Análisis — Oriente Medio

«Gran Israel»: del discurso al territorio

Sin ley que lo declare, Israel ya corrió sus fronteras en Gaza, Siria y Líbano. Colonas con llegada directa a Netanyahu, sancionadas por la UE, y un reclamo a Turquía que no se parece en nada al acuerdo que alguna vez tuvo con Rusia.

Sobre esta nota: el «Gran Israel» no existe como ley ni como decreto formal en ningún gobierno israelí —y esa ausencia no es casual: mientras el avance quede en la zona gris de «medidas de seguridad» y «zonas de amortiguamiento», Occidente puede seguir vendiendo armas y emitiendo condenas verbales sin quedar obligado a actuar. Pero la práctica sostenida —territorio ocupado bajo argumentos de seguridad, colonos financiados por organizaciones con ministros del propio gobierno al frente, un discurso presidencial que escala año a año, y una determinación de la Corte Internacional de Justicia que ningún proveedor de armas usó como condición— es la definición misma de una política de Estado, aunque nunca se haya votado como tal. Este artículo documenta esa distinción: qué es retórica, qué es territorio efectivamente ocupado, y por qué la informalidad formal no equivale a ausencia de institucionalidad real.

El concepto de «Gran Israel» remite a Génesis 15:18, la promesa bíblica de un territorio que se extendería «desde el río de Egipto hasta el Éufrates» —una franja que en términos actuales abarcaría Palestina, Líbano, Jordania y partes de Siria, Irak, Egipto y Arabia Saudita. Durante décadas fue una idea asociada casi exclusivamente a los sectores más radicales del sionismo religioso, sin peso en el discurso político israelí convencional. Eso cambió, de forma medible, en los últimos dos años.

De la evasiva a la confirmación

El giro no fue repentino. Tiene una progresión documentada en las propias palabras de Benjamin Netanyahu.

2023 — París

Consultado directamente sobre el concepto de «Gran Israel» durante un discurso, Netanyahu respondió «mucho» —afirmando su apego a la idea— antes de virar hacia narrativas históricas sobre la fundación del Estado.

Julio de 2025 — Knéset

En un discurso ante el Parlamento israelí, invocó explícitamente el marco del «Gran Israel», yendo más lejos que en cualquier intervención pública anterior.

Agosto de 2025 — Gabinete

En declaraciones sobre el sur del Líbano, amplió por primera vez ese marco más allá de las fronteras del Mandato Británico para Palestina —un límite que, según observadores del discurso político israelí, no se había cruzado antes en ese nivel de discurso oficial convencional.

31 de marzo de 2026 — Confirmación territorial

Netanyahu afirmó que Israel ya estableció «cinturones de seguridad» profundos más allá de sus fronteras reconocidas: en Gaza, en Siria —desde el monte Hermón hasta el río Yarmuk— y en Líbano.

El territorio, no solo el discurso

Lo que distingue este momento de arrebatos retóricos anteriores es que viene acompañado de expansión territorial medible. Según un informe del Carnegie Endowment for International Peace del 15 de mayo de 2026, Israel anexó entre 970 y 1.025 kilómetros cuadrados de nuevo territorio entre fines de 2024 y mediados de 2026 —más allá de los Altos del Golán, ya anexionados unilateralmente con anterioridad.

970-1.025 km²Territorio anexado (2024-2026)
2 marzo 2026Estallido de nueva guerra en Líbano
12%De Gaza, único territorio habitable para su población

Parte de ese avance tiene nombre propio: la «Línea Amarilla» (Yellow Line), la zona de amortiguación que Netanyahu oficializó entre fines de 2025 y la primavera de 2026, que absorbe partes del sur de Siria y del sur del Líbano bajo la justificación de blindar el flanco norte contra «amenazas de invasión». En paralelo, la histórica «Línea Verde» de 1949 —reconocida por la ONU como referencia de los territorios ocupados en 1967— se ha vuelto, en la práctica, cada vez más irrelevante sobre el terreno.

«Lo digo aquí sin rodeos: si Hezbolá no se rinde, les arrebataremos cada vez más territorio.» Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas de Israel

La coalición: de los mapas a la supervisión de colonos

Smotrich no es una voz aislada dentro del gobierno. Ya en 2023 había hablado frente a un mapa que incluía a Jordania y los territorios palestinos como parte de Israel —una intervención lo bastante sensible como para que el propio Estado israelí enviara un mensaje a Ammán aclarando que esos dichos no representaban política oficial—. Desde entonces, Smotrich sumó supervisión directa sobre los colonos de Cisjordania desde el Ministerio de Defensa, y planteó públicamente que 2025 debía ser el año de la «soberanía» israelí en ese territorio. Itamar Ben-Gvir, por su parte, consolidó su poder como jefe del partido ultranacionalista y procolono Jewish Power dentro de la misma coalición.

El bordado en el uniforme

La señal más inquietante, sin embargo, no vino de un despacho de gobierno sino de la tropa. Circuló una fotografía —difundida también por TRT y viral en redes— de un soldado israelí en actividad con un parche bordado del «Gran Israel» cosido a su uniforme.

Insignia del 'Gran Israel' bordada en un uniforme militar israelí
La insignia del «Gran Israel» bordada en el uniforme de un soldado israelí.

No es una insignia reglamentaria: las Fuerzas de Defensa de Israel no tienen un parche oficial de «Gran Israel» en su código de uniformes. Pero que un soldado en funciones lo porte, sin sanción disciplinaria visible ni desmentido institucional posterior, dice algo por sí solo sobre qué tolera la cadena de mando puertas adentro —más allá de lo que se declare puertas afuera.

Doctrina vs. práctica: la distinción que importa

No hay, hasta hoy, una ley ni una resolución de gabinete israelí que adopte formalmente el mapa «del río de Egipto al Éufrates» como política de Estado. Esa distinción legal es real y vale la pena mantenerla. Pero la convergencia de señales —el propio primer ministro afirmando su apego personal al concepto en 2023, ampliándolo en discursos oficiales en 2025, confirmando «cinturones de seguridad» más allá de las fronteras reconocidas en 2026, una coalición con ministros que hablan abiertamente de soberanía y de «arrebatar territorio», y ahora un soldado que porta el símbolo sin consecuencia— reduce cada vez más la distancia entre «es solo discurso» y «es la orientación real de la política de Estado, aunque nunca se vote como tal». Como señalan varios analistas, sería un error reducir estas declaraciones a una exageración típica de tiempos de guerra: la orientación aparece arraigada tanto en el gobierno como en sectores de la oposición y del propio establishment de seguridad israelí.

Gaza: la frontera que ya se corrió sin necesidad de ninguna ley

Si hace falta un ejemplo de que la ausencia de una doctrina formal no impide el resultado práctico, Gaza lo ofrece con crudeza. Según estimaciones de 2025, Israel confinó a toda la población de la Franja a apenas el 12% de un territorio que ya de por sí era minúsculo. No hubo una ley de anexión de Gaza —nadie la votó, nadie la proclamó como tal—, pero el mapa real de dónde puede vivir, moverse y existir la población palestina se redibujó de todos modos, por la vía de los hechos militares consumados. Es el mismo mecanismo que opera en Cisjordania y en las nuevas zonas de amortiguación en Siria y Líbano: la frontera no se declara, se ocupa, y con el tiempo se normaliza.

Los colonos que no son marginales: el caso Daniella Weiss

Uno de los ejemplos más claros de que este empuje territorial tiene ramificaciones civiles, no solo militares, es Daniella Weiss —una de las líderes colonas más mediáticas de Israel, que durante la ofensiva en Gaza propuso abiertamente colonizar y anexar la Franja—. Weiss no es una voz marginal: tiene peso político real y una llegada directa a la base electoral que sostiene a Netanyahu, algo que la propia composición de su coalición —con Smotrich y Ben-Gvir al frente del ala procolono— confirma en los hechos.

El 11 de mayo de 2026, la Unión Europea sancionó a Weiss y a su organización Nachala, junto con otras seis entidades israelíes, según un listado difundido por la ONG pacifista israelí Peace Now. La lista incluye cuatro organizaciones de colonos y tres líderes de asentamientos «vinculados a la violencia y al expolio de los palestinos»:

Nachala (Daniella Weiss)

Coordina a miles de voluntarios y les provee lo necesario para fundar nuevos puestos de avanzadilla desde los que se organiza la expulsión forzada de los palestinos del entorno. Reino Unido ya la había sancionado en mayo de 2025 por «facilitación, incitación, promoción y apoyo logístico y financiero» al desplazamiento forzoso de palestinos.

Amana

La principal financiadora de los puestos de avanzada en Cisjordania —asentamientos ilegales incluso bajo la propia ley israelí—, con un presupuesto de 600 millones de séqueles destinado a esa construcción.

Regavim

Cofundada en 2006 por el actual ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich. Ejerce presión política y legal para que el Estado israelí demuela estructuras palestinas, y durante la guerra en Gaza apoyó y financió a Tsav 9, otra organización sancionada por la UE y EE.UU. por interrumpir deliberadamente el ingreso de ayuda humanitaria.

HaShomer Yosh

Grupo paramilitar («los Guardianes de Judea y Samaria») que, junto con Nachala, coordina voluntarios para fundar puestos de avanzada desde los que se organiza el desplazamiento forzado de la población palestina cercana.

«La violencia desenfrenada de los colonos en Cisjordania, alentada y apoyada por el Gobierno, está llevando a Israel a un abismo moral y dejando una mancha indeleble.» Peace Now, sobre las sanciones europeas de mayo de 2026

El detalle de Regavim es el que mejor conecta este apartado con el resto de la nota: no es una ONG externa a la coalición de gobierno, es una organización cofundada por el propio Smotrich —el mismo que hablaba de «arrebatar territorio» a Hezbolá y que planteó 2025 como el año de la «soberanía» en Cisjordania—. La frontera entre «sociedad civil colona» y «gobierno» es, en este caso concreto, prácticamente inexistente.

Cómo se calmaron los vientos con Rusia, y por qué con Turquía es distinto

Israel ya tuvo que administrar antes un vecino armado y asertivo en su frontera norte, y lo resolvió con un mecanismo de desconflicción bien documentado. El 30 de septiembre de 2015, aviones de combate rusos empezaron a operar sobre Homs, en la primera misión de combate de Moscú en Oriente Medio desde el fin de la Guerra Fría, para sostener a Bashar al-Assad. Nueve días antes, con buena información previa sobre los planes rusos, Netanyahu había volado a Moscú en una visita relámpago, sin prensa, acompañado por el jefe del Estado Mayor y el jefe de Inteligencia Militar de las FDI. Allí acordó con Putin un mecanismo para evitar choques accidentales entre aviones israelíes y rusos en los cielos sirios.

El entendimiento funcionó casi una década, hasta la caída de Assad en diciembre de 2024, sobre una lógica simple: cada potencia respetaba la esfera de interés de la otra. Rusia quería preservar su presencia regional sosteniendo a Assad; Israel quería impedir que Irán y Hezbolá se atrincheraran en Siria. Mientras Israel no amenazara el régimen de Assad, Moscú no interfería en sus ataques contra objetivos iraníes o de Hezbolá.

«Tú te ocupas de tus asuntos, yo me encargaré de los míos, y no tenemos por qué chocar mientras sigamos dentro de nuestras respectivas esferas.» Lógica del entendimiento informal Netanyahu-Putin, según reconstrucciones periodísticas

Con Turquía, después del ataque a la base de Abu al-Duhur, Israel busca algo estructuralmente distinto —y ahí es donde el paralelo con Rusia se rompe. El mecanismo de 2015 funcionó porque ambas partes reconocían límites mutuos dentro de sus respectivas esferas. Lo que Netanyahu reclama frente a Turquía no es un reparto de esferas de interés compartidas: es el reconocimiento de un derecho propio y unilateral a actuar preventivamente sobre territorio de terceros países —Siria, en este caso— cada vez que Israel perciba que una infraestructura militar ajena (radares, sistemas de defensa turcos) podría, en el futuro, comprometer su libertad de acción contra Irán. No es «cada uno en su esfera»: es «yo decido qué se puede construir en tu vecindario, aunque no sea tu país ni el mío».

Esa es la pretensión de fondo detrás del pedido de un «mecanismo de desconflicción» con Turquía y Siria que impulsa el embajador estadounidense Tom Barrack: no un acuerdo entre iguales como el que existió con Rusia, sino el intento de que Ankara y Damasco acepten, de manera formal, el mismo derecho de veto militar preventivo que Israel ya ejerce de hecho —la misma doctrina de «guerra preventiva» que, aplicada de forma selectiva y sin supervisión externa, es el mecanismo que sostiene buena parte de la expansión territorial descrita en esta nota.

La escalera: ocupar, poblar, no retroceder

El patrón que conecta todos los casos anteriores tiene tres pasos que se repiten con la regularidad de un manual. Primero, se ocupa territorio invocando una razón de seguridad —un «cinturón de amortiguación», una «zona de riesgo»—. Después llegan los colonos, muchas veces incluso antes de que el Estado lo formalice, financiados por organizaciones como Amana a través de los «puestos de avanzada». Y una vez que hay población civil israelí asentada, esa misma presencia se convierte en el argumento para no poder retirarse: «hay ciudadanos ahí, no podemos dejarlos desprotegidos». Es una escalera de un solo sentido, donde cada peldaño se transforma en la excusa que justifica el siguiente, y ninguno se revierte.

Es exactamente el mecanismo que describió Smotrich con su frase sobre Hezbolá —»les arrebataremos cada vez más territorio»— no como una amenaza hipotética, sino como la descripción literal de un proceso que ya viene funcionando así en el Golán, en Cisjordania y ahora en la Línea Amarilla de Siria y Líbano.

El mismo mecanismo de goteo deliberado se repite, con otro actor, en el lugar más sensible de Jerusalén. El statu quo vigente desde hace décadas en el Monte del Templo —donde se encuentra la mezquita de Al-Aqsa— permite a judíos y cristianos visitar el recinto, pero les prohíbe rezar allí; solo los musulmanes pueden practicar su culto en el lugar. En enero de 2026, la Policía israelí empezó a flexibilizar esa restricción, autorizando el ingreso con una sola hoja de oración impresa. El 16 de agosto de 2026, se dio un paso más: por primera vez, hombres judíos ingresaron con libros de oración completos, algo confirmado al Jerusalem Post por el propio ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir.

«Todavía no existe un permiso general, pero se trata de un experimento inicial destinado a garantizar que Medio Oriente no pierda la cabeza por esto.» Arnon Segal, periodista que difundió la fotografía del ingreso

Es la confirmación, de puño y letra de quien empuja el cambio, del mecanismo completo: probar el límite en dosis pequeñas —primero una hoja, después el libro completo— para que cada paso individual no genere una reacción proporcional a lo que se está construyendo con el tiempo. Y otra vez el mismo patrón de esta nota: quien confirma la medida no es un colono aislado ni una organización civil, es el propio ministro de Seguridad Nacional del gobierno de Netanyahu.

La pieza que falta: el fallo que nadie usó como condición

En julio de 2024, la Corte Internacional de Justicia emitió una opinión consultiva que calificó la ocupación prolongada, los asentamientos y las medidas de anexión de facto como violatorios del derecho internacional. No es la interpretación de un analista: es una determinación judicial del máximo tribunal de Naciones Unidas. Y sin embargo, ningún gran proveedor de armamento a Israel —ni Estados Unidos, ni Alemania, su principal proveedor europeo— condicionó sus envíos militares a ese fallo.

Esa es, en definitiva, la pieza que sostiene todo el mecanismo: mientras la expansión quede en la zona gris de lo informal, los mismos gobiernos que condenan verbalmente cada nuevo asentamiento pueden seguir vendiendo el armamento que permite sostenerlos militarmente, sin quedar formalmente obligados a nada. No es casual que la carta de los 102 exdiplomáticos franceses y británicos de agosto de 2026 haya puesto la suspensión de transferencias de armas como una de sus siete medidas concretas —identificando, de forma explícita, que ese es el punto exacto donde el apoyo occidental deja de ser retórico y se vuelve material.

El contexto regional que esto alimenta

Esta expansión territorial no ocurre en el vacío diplomático. Es, en buena medida, el trasfondo que explica por qué el recién firmado Acuerdo de La Meca —el pacto de defensa mutua entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán— generó tanto interés en la región, al punto de que Irán habría recibido una invitación informal para sumarse, con Egipto también mencionado como candidato. Un bloque de defensa mutua que rodeara a Israel por el sur, el norte y el este sería, en los hechos, una respuesta regional directa a la percepción de que la expansión territorial israelí no tiene freno interno ni un límite externo que Washington esté dispuesto a imponer.


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