Dos niñas de doce y quince años inventaron un chiste para asustar a su madre. Cuarenta años, millones de dólares y un movimiento religioso mundial después, confesaron todo
La noche del 31 de marzo de 1848, en una granja modesta de Hydesville, Nueva York, dos hermanas aburridas —Maggie, de 15 años, y Kate, de 12— decidieron gastarle una broma a su madre, aprovechando que al día siguiente, 1° de abril, se celebraba el April Fools’ Day — el equivalente anglosajón a nuestro Día de los Inocentes, aunque en esa tradición se festeja en una fecha completamente distinta a la del 28 de diciembre que se conoce en el mundo hispanohablante. Apoyaron los pies contra los cabezales de la cama y empezaron a golpear. La madera amplificó el sonido. La madre, asustada, creyó que un espíritu les respondía. Esa broma terminó fundando el espiritismo moderno, un movimiento religioso que llegó a tener millones de seguidores en el mundo entero.
El código de golpes que se convirtió en la primera ouija
La farsa escaló rápido. Las niñas empezaron a afirmar que oían cadenas arrastrándose y una respiración entrecortada. Su hermano mayor, David Fox, ya adulto, tuvo una idea que terminaría siendo el germen de toda una industria: diseñó un sistema donde se le hacían preguntas al «espíritu» y este respondía con golpes — uno para sí, dos para no. Sin saberlo, los Fox acababan de inventar el prototipo de lo que después se conocería como tabla ouija.
La leyenda que terminó de consolidar el mito local fue la del «buhonero asesinado»: en una sesión, el supuesto espíritu reveló ser el fantasma de un vendedor ambulante enterrado en los cimientos de la casa antes de que los Fox la compraran. Cuando excavaron buscando el cuerpo, solo encontraron una filtración de agua que frenó los trabajos. Años después, un desprendimiento de tierra sacó a la luz huesos reales — la investigación policial de la época llegó a confirmar que pertenecían a un buhonero desaparecido tiempo atrás, lo cual disparó la fama del caso por todo el estado de Nueva York.
Leah Fox, la mayor de las tres, tenía 34 años y ya estaba casada cuando empezaron los «golpes espirituales» de sus hermanas menores. Lejos de frenarlas, vio la oportunidad: organizó una gira donde el público pagaba entrada para presenciar sesiones en vivo. La primera gran actuación, en noviembre de 1849, reunió a 400 personas. En su punto más alto, las hermanas llegaron a cobrar 100 dólares por sesión — una fortuna para mediados del siglo XIX, sostenida durante cuatro décadas.
Una familia recién llegada, a una casa con fama previa
Los Fox no eran oriundos de Hydesville. Maggie y Kate habían nacido y crecido en Consecon, un pequeño pueblo del condado de Prince Edward, en Ontario, Canadá, donde su padre John tenía una granja. La familia —metodista, encabezada por John y Margaret Fox— recién se mudó a Hydesville en 1847, apenas un año antes de que estallara el fenómeno. Es decir: las niñas que después se convertirían en las médiums más famosas de Estados Unidos llevaban viviendo en esa casa poco más de doce meses cuando arrancó todo.
Hay un dato que rara vez se cuenta con el peso que merece: la vivienda ya cargaba con cierta fama de estar encantada antes de que los Fox llegaran, supuestamente relacionada con un hombre acusado —después probado inocente— de un asesinato ocurrido ahí. Ese rumor previo puede haber sido el terreno fértil perfecto para que la broma de las niñas encontrara una explicación sobrenatural inmediata en la cabeza de los vecinos, en lugar de que alguien sospechara de un simple engaño infantil desde el principio.
Los cuáqueros que le dieron alcance nacional
El salto de rumor de pueblo a fenómeno de alcance nacional no fue casualidad — tuvo nombre y apellido.
Cuando Kate y Maggie fueron enviadas a Rochester —Kate a la casa de su hermana Leah, ya casada, y Maggie a la de su hermano David—, los golpes «las siguieron». Ahí entraron en escena Amy e Isaac Post, viejos amigos de la familia Fox y practicantes cuáqueros. Se convencieron de inmediato de la autenticidad del fenómeno, y usaron su propia red social para correr la voz entre otros cuáqueros radicales de la zona — el núcleo fundacional del movimiento espiritista organizado.
El cuaquerismo había surgido en Inglaterra a mediados del siglo XVII, de la mano de George Fox (sin parentesco con las hermanas), con una premisa central: buscar una experiencia religiosa íntima y directa con Dios, guiada por el Espíritu Santo, sin necesidad de sacerdotes ni rituales formales. El propio nombre «cuáquero» —»tembloroso», en inglés— venía de las sacudidas físicas que algunos practicantes experimentaban al expresar su fervor religioso. Esa tradición de comunicación espiritual directa, sin intermediarios eclesiásticos, hacía que el círculo cuáquero fuera terreno especialmente receptivo para aceptar la idea de una comunicación literal con el más allá a través de dos adolescentes.
Esa conexión inicial explica, además, un dato poco conocido sobre el espiritismo temprano: no nació como un movimiento aislado de curiosidad paranormal, sino entrelazado desde el principio con causas políticas radicales de la época — el abolicionismo, la templanza (el movimiento contra el alcohol) y la igualdad de derechos para las mujeres. Entre los primeros asistentes a las sesiones neoyorquinas de las hermanas figuraba, de hecho, Sojourner Truth, la célebre activista abolicionista y por los derechos de las mujeres.
El 14 de noviembre de 1849, en el Corinthian Hall de Rochester, las hermanas dieron la primera demostración pública de espiritismo con entrada paga de la historia — el punto de partida de una tradición de eventos que se replicaría durante décadas en Estados Unidos y Europa. Horace Greeley, influyente editor y político, se convirtió en una especie de padrino social de las hermanas, abriéndoles las puertas de círculos mucho más elevados. Sus sesiones en Nueva York en 1850 atrajeron a figuras como James Fenimore Cooper, William Cullen Bryant y Sojourner Truth.
El contexto histórico jugó a favor del negocio: la Guerra Civil estadounidense dejó a miles de familias buscando desesperadamente contacto con seres queridos perdidos, y las hermanas —cada vez más hábiles con la técnica— supieron llenar salas explotando ese dolor genuino. No todas las sesiones eran tan solemnes, sin embargo: muchos de los primeros encuentros eran completamente frívolos, con asistentes que buscaban que los espíritus les dieran información sobre «el estado de las acciones ferroviarias» o sobre sus propias «aventuras amorosas» — el espiritismo temprano funcionaba, para buena parte de su clientela, casi como un oráculo de chismes y finanzas.
La fama trajo también sus propios costados oscuros. Sin supervisión real de sus padres, ambas hermanas menores empezaron a beber vino desde jóvenes, un hábito que se agravaría con los años hasta convertirse en alcoholismo severo. Maggie conoció en 1852 al explorador ártico Elisha Kane, quien estaba convencido de que ella y Kate cometían fraude bajo la dirección de Leah, e intentó alejarla del negocio familiar. La contradicción no le impidió enamorarse: se casaron, y Maggie se convirtió al catolicismo. Cuando Kane murió en 1857, ella volvió a las sesiones espiritistas. Kate, por su parte, viajó a Inglaterra en 1871 con los gastos pagados por un banquero neoyorquino —para que no tuviera que cobrar por sus sesiones, dado que solo se sentaba con personalidades prominentes— y en 1872 se casó con el abogado y espiritista H.D. Jencken, con quien tuvo dos hijos antes de enviudar en 1881.
La verdadera razón de la confesión: una pelea familiar
La versión más difundida de la confesión de 1888 la presenta como un acto de conciencia o desesperación económica. Pero hubo un detonante más concreto y menos noble: hacia 1888, Kate y Maggie se enfrentaron duramente con su hermana mayor Leah y otros referentes del movimiento espiritista, preocupados porque el alcoholismo de Kate la volvía incapaz de cuidar a sus propios hijos. Ansiosas por dañar a Leah tanto como fuera posible, las dos hermanas menores viajaron a Nueva York, donde un periodista les ofreció 1.500 dólares por exponer públicamente sus métodos a cambio de la exclusiva. La confesión, entonces, no nació solo de la culpa — nació también de una venganza familiar con precio puesto.
Los científicos que las cazaron, uno por uno
Desde muy temprano, hubo quienes no se tragaron el numerito.
Ya en 1851, investigadores de la Universidad de Buffalo concluyeron que los golpes se producían haciendo crujir las articulaciones del propio cuerpo, y que el sonido desaparecía si las hermanas tenían cojines bajo los pies. Ese mismo año, una parienta de la familia, la señora Norman Culver, firmó una declaración admitiendo haber ayudado durante las sesiones, tocando a las hermanas para indicarles cuándo debían producir los golpes.
El examinador de patentes Charles Grafton Page, en su libro «Psicomancia» (1853), determinó que los sonidos venían de debajo de los vestidos largos de las niñas. En 1857, el Boston Courier ofreció 500 dólares a cualquier médium capaz de demostrar sus poderes ante un comité — que incluía, entre otros, al propio mago John Wyman. Las Fox se presentaron al desafío y fracasaron: el comité concluyó que los golpes eran producidos por movimientos de huesos y pies.
No todos los investigadores llegaron a la misma conclusión. El físico William Crookes examinó a Kate entre 1871 y 1874 y declaró que los fenómenos eran genuinos — aunque la posteridad lo recuerda como un investigador crédulo, ya que otros médiums que estudió fueron sorprendidos haciendo trampa. Del otro lado, Harry Houdini dedicó buena parte de su carrera a desenmascarar fraudes espiritistas, y explicó con precisión técnica cómo el sonido podía «desviarse» igual que la luz, volviendo casi imposible localizar su verdadero origen para un público desprevenido.
Un año antes de la confesión pública, en 1887, la Comisión Seybert —un grupo formado específicamente para investigar fenómenos paranormales de forma rigurosa— publicó un informe que incluía a Margaret entre los médiums estudiados: concluyó que los fenómenos podían haberse producido fácilmente por métodos fraudulentos, señalando que los golpes se escuchaban cerca de ella y de una asistente a la sesión, y que uno de los investigadores, el profesor Furness, había llegado a sentir directamente las pulsaciones de su pie durante el «contacto espiritual».
La confesión, en pleno teatro
El 21 de octubre de 1888, ante 2.000 personas reunidas en la Academia de Música de Nueva York, Maggie —ya adulta, considerada la médium más importante del trío— se descalzó, se subió a una mesa y, ante los presentes, hizo crujir los dedos de sus pies produciendo los mismos «raps» que durante cuatro décadas había atribuido a espíritus del más allá. Médicos del público subieron al escenario a verificar en persona que el sonido salía, efectivamente, de sus articulaciones.
Es la blasfemia más demoledora del siglo.
Maggie Fox, confesando públicamente el fraude, 1888En la confesión firmada que Maggie entregó a la prensa, publicada en el New York World, explicó con detalle los orígenes del engaño en Hydesville, y contó que con el tiempo había perfeccionado la técnica usando también los músculos de la parte inferior de la pierna para generar los golpes a voluntad, sin necesidad de apoyarse en ningún mueble.
El giro final: la retractación
Apenas un año después de su confesión pública, en noviembre de 1889, presionada por el propio movimiento espiritista y por su situación económica cada vez más desesperada, Maggie se retractó por escrito de todo lo que había admitido. Intentó volver a los escenarios, pero nunca recuperó ni la fama ni la clientela de sus años dorados. Las hermanas llegaron a insinuar, veladamente, que habían sido presionadas por jerarquías católicas para confesar el fraude — sin que esa acusación tuviera nunca sustento verificable.
En 1904, al derrumbarse un muro falso en el sótano de la vieja casa de Hydesville, aparecieron restos óseos que el Boston Journal presentó como el cuerpo del legendario buhonero asesinado — pero la policía de la época ni siquiera abrió una investigación, porque un médico que examinó los huesos determinó que se trataba de una mezcla aleatoria, incluidos huesos de pollo, colocados ahí como una broma más. Años después apareció también una «caja de hojalata de vendedor ambulante», aunque ningún relato original del hallazgo la mencionaba. Restos y caja terminaron exhibidos en el Museo Lily Dale, dedicado a la historia del espiritismo. El investigador escéptico moderno Joe Nickell, tras examinar el material, concluyó que al menos parte de los huesos eran efectivamente de animales — una segunda capa de fraude sobre el fraude original — y que el supuesto «muro falso» respondía en realidad a una ampliación normal de los cimientos de la casa, no al ocultamiento de ninguna tumba secreta. Nunca se confirmó, además, que el buhonero de la leyenda hubiera existido realmente.
Un final tan triste como el propio engaño
Las tres hermanas terminaron sus vidas lejos del brillo de sus años de fama. Kate murió en su casa de Nueva York en julio de 1892. Menos de un año después, Maggie —ya completamente alcoholizada— vivía de la caridad como única inquilina de una antigua casa de huéspedes, y murió en marzo de 1893 en la vivienda de otra médium que la había recogido. Leah, la hermana mayor y verdadera arquitecta del negocio familiar, tuvo un destino distinto: se casó en segundas nupcias con un banquero exitoso de Wall Street y murió en 1890, dos años después de la confesión, sin haber sufrido el mismo desenlace trágico que sus hermanas menores.
El espiritismo que las hermanas Fox ayudaron a crear con una broma adolescente no se apagó con su confesión — para 1888 ya era un movimiento religioso con millones de seguidores en Estados Unidos y Europa, con vida propia e independiente de sus fundadoras. Es, quizás, la lección más incómoda de todo el caso: no hizo falta que el fraude fuera perfecto ni que resistiera el escrutinio científico —fue desenmascarado una y otra vez, por investigadores serios, durante cuarenta años seguidos—, alcanzó con que suficiente gente necesitara creer. La broma de dos niñas aburridas en una noche de marzo terminó dándole forma a una fe que sobrevivió, con matices, hasta el siglo XXI.
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