Clark McAdams Clifford nació el día de Navidad de 1906 y murió en 1998, a los 91 años, tras una carrera de más de cuatro décadas como uno de los abogados y consejeros más influyentes de Washington —sin nunca haber sido elegido para ningún cargo—. Sus memorias, Counsel to the President (1991), escritas con la colaboración de Richard Holbrooke, llegaron a las librerías en el peor momento posible de su vida: el mismo mes en que su nombre quedaba enredado en uno de los mayores escándalos financieros de la historia.
El arquitecto de una victoria imposible
Clifford ganó notoriedad nacional en 1948 al diseñar, casi en solitario, la estrategia que le dio a Truman una de las victorias electorales más improbables de la historia estadounidense —contra todo pronóstico de las encuestas de la época frente a Thomas Dewey—. Fue el mismo año en que protagonizó el enfrentamiento con George Marshall por el reconocimiento de Israel que ya reconstruimos en detalle.
El hombre que ayudó a diseñar la arquitectura de seguridad de posguerra
Antes de convertirse en una figura pública, Clifford guio la fusión de los departamentos militares en lo que sería el Departamento de Defensa, bajo la Ley de Seguridad Nacional de 1947 —la misma norma que creó la CIA y el Consejo de Seguridad Nacional—. Es, literalmente, uno de los arquitectos legales del aparato de seguridad nacional que Estados Unidos sigue usando hoy, casi ochenta años después.
1968: de halcón a arquitecto de la retirada
El giro más dramático de toda su carrera llegó cuando Lyndon Johnson lo nombró secretario de Defensa en marzo de 1968, reemplazando a Robert McNamara, que ya venía presionando por una retirada gradual de Vietnam.
Johnson anuncia el nombramiento de Clifford. La mayoría en Washington lo interpreta como una señal de escalada: se lo consideraba más halcón que McNamara.
Una de sus primeras decisiones es enviar 24.500 soldados adicionales a Vietnam, llevando el total a un nuevo máximo de 549.500 tropas. Ante el Senado, declara que su objetivo es garantizar la autodeterminación del pueblo survietnamita.
La Ofensiva del Tet golpea simultáneamente casi todas las provincias survietnamitas y la propia Saigón. La escala del ataque deja en evidencia que el mando estadounidense, o mentía, o estaba profundamente equivocado sobre el curso real de la guerra.
The New York Times publica una filtración del Pentágono: el general Westmoreland pide 206.000 soldados más. La noticia, confirmada como cierta, golpea duramente al Congreso y a la opinión pública.
Clifford, viendo de cerca la magnitud real del fracaso, cambia de posición y se convierte en líder de un grupo de funcionarios que convence a Johnson de desescalar: apoya el fin de los bombardeos al norte del paralelo 20 —cerca del 80% del territorio norvietnamita—, chocando de frente con Dean Rusk, que sostenía que la guerra «se ganaría si Estados Unidos tuviera la voluntad de ganarla».
Recibe la Medalla Presidencial de la Libertad, la máxima distinción civil de Estados Unidos, al dejar el cargo.
Es un giro que merece leerse con matices: no llegó al cargo con la intención de desescalar —al contrario, su primera decisión fue mandar más tropas—. Fue la evidencia directa desde adentro del propio Pentágono, sumada al golpe político de la Ofensiva del Tet, lo que le hizo cambiar de posición en cuestión de meses. Es un ejemplo real, poco común, de alguien con poder real revisando su postura frente a la evidencia, en vez de sostenerla por orgullo o inercia burocrática.
El «sabio» de Washington, durante décadas
Tras dejar el Pentágono, Clifford se consolidó como uno de los «hombres sabios» (wise men) del establishment de política exterior estadounidense —el mismo círculo informal que ya mencionamos en el artículo del lobby, con Kissinger convocando a varios de sus pares en 1975—. Décadas después de que la mayoría de sus contemporáneos se hubieran retirado, Clifford, ya con 70 años, seguía asesorando a Jimmy Carter en política exterior. Su propia frase resume su visión del oficio: «La política es una parte muy importante de nuestro gobierno… es el lubricante que mantiene las cosas funcionando sin problemas.»
El final: BCCI, el mayor fraude bancario de la historia
Desde 1982, Clifford presidía First American Bankshares, que había crecido hasta convertirse en el banco más grande de Washington D.C. En julio de 1991, estalló el escándalo: el Bank of Credit and Commerce International (BCCI), cuya relación oculta con First American Clifford presidía, fue acusado de fraude, lavado de dinero de narcotráfico, y sobornos a reguladores bancarios y banqueros centrales en al menos diez países en desarrollo.
Las investigaciones de reguladores estadounidenses y británicos encontraron que BCCI estaba involucrado en lavado de dinero, soborno, apoyo al terrorismo, tráfico de armas, venta de tecnología nuclear, evasión fiscal, contrabando, inmigración ilegal y compras ilícitas de bancos y bienes inmuebles —una lista de cargos que lo convirtió en uno de los mayores escándalos financieros del siglo XX—.
En 1992, un gran jurado imputó a Clifford y a su socio y protegido, Robert Altman, por ocultar los vínculos de First American con BCCI. Nunca llegó a juicio: los cargos se retiraron debido a su delicado estado de salud. En una entrevista posterior, el propio Clifford señaló el día en que fue imputado y le tomaron las huellas dactilares «como a un criminal común» como el peor día de su vida —un contraste brutal con el «mejor momento» que él mismo identificaba en la desescalada de Vietnam—.
Escribir la propia defensa mientras se derrumba el propio nombre
Un periodista que veraneaba cerca de la casa de Clifford en la isla de Nantucket recordó que, en agosto de 1991, mientras estallaba el escándalo BCCI que forzó su renuncia de First American, muchos de los vecinos del verano estaban leyendo, al mismo tiempo, sus memorias recién publicadas. Es un dato casi literario: el libro que reconstruye su versión heroica de la historia circulaba entre sus propios vecinos exactamente cuando su reputación empezaba a desmoronarse en las primeras planas.
Clifford encarna, mejor que casi nadie en la historia reciente de Washington, la figura del «hombre sabio» no elegido que moldea decisiones de Estado desde las sombras: diseñó la arquitectura legal de la seguridad nacional moderna, ganó elecciones imposibles, y tuvo la rara honestidad intelectual de revisar su propia posición sobre una guerra cuando la evidencia se lo exigió.
Pero ese mismo poder informal, sin urnas ni supervisión directa, es el que después lo llevó a presidir un banco enredado en una trama de lavado de dinero y sobornos a escala global. Y cuando llegó el momento de contar su propia historia, ya vimos —en el episodio de 1948 con Marshall— que no dudó en exagerar cifras y simplificar categorías para quedar mejor parado ante la posteridad.
Es, en definitiva, la misma lección que atraviesa toda la serie que armamos sobre él: el poder que se ejerce sin urnas —sea el de un asesor presidencial, el de un lobby organizado, o el de un banquero con contactos en las más altas esferas— rara vez rinde cuentas de la misma manera que el poder elegido. Y cuando finalmente hay que rendir cuentas, como le pasó a Clifford en 1991 con las huellas dactilares y el juicio que nunca llegó a completarse, suele ser demasiado tarde para que eso cambie algo de lo que ya se hizo.
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