El 21 de julio, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, anunció su plan más ambicioso hasta la fecha: crear FIFA Forward Enterprise (FFE), una empresa privada valuada en 20.000 millones de dólares que gestionaría la Copa del Mundo y el Mundial de Clubes, con inversores externos comprando participaciones minoritarias. La respuesta de la UEFA, el organismo europeo de fútbol, no dejó lugar a dudas: «No es de la FIFA para vender. Ninguno de nosotros es dueño del fútbol.»
El plan, en sus partes
Según el propio comunicado de la FIFA, la FFE recaudaría hasta 4.200 millones de dólares antes de fin de año, sobre una valoración inicial de 20.000 millones, «seleccionando cuidadosamente inversores a largo plazo» que comprarían participaciones minoritarias no controladoras. La FIFA trabaja con JP Morgan para estructurar la operación. Los 211 miembros de la federación deberían aprobar el plan, y a cambio podrían «acceder hasta 20 millones de dólares en capital puntual» cada uno.
Infantino lo presentó como «la democratización del fútbol a nivel mundial». La UEFA respondió que se tomaba el asunto «extremadamente en serio» y que esto «cruza una línea que las instituciones rectoras del fútbol nunca deberían cruzar».
El conflicto de interés más obvio de todos
Según reveló The Times de Londres, podría crearse para la nueva entidad un cargo de «comisionado» equivalente a un CEO — y todo indica que sería para el propio Infantino. Es decir: el presidente de la FIFA le propone a la FIFA que se desprenda de su activo más valioso a cambio de terminar dirigiendo la empresa privada que se queda con ese activo. La FIFA, por ahora, lo niega: «Esto nunca se ha discutido (…) sin embargo, el presidente de la FIFA y la administración de la FIFA tendrán y deben desempeñar papeles de liderazgo en esta entidad —si se aprueba—.»
No es la primera vez que Infantino lo intenta: en 2018 propuso un acuerdo secreto de 25.000 millones de dólares durante 12 años con SoftBank de Japón, respaldado con dinero saudí, que fracasó por la resistencia de la UEFA —que veía amenazadas la Champions League y la Eurocopa—. El actual Mundial recién finalizado, con éxito financiero, le asegura a Infantino una reelección sin oposición el año próximo, para un cuarto mandato hasta 2031.
El nombre que cambia todo: Kushner
Entre los inversores de la FFE aparece Thrive Eternal, la firma lanzada por Joshua Kushner —hermano de Jared Kushner, yerno de Donald Trump—. Y según reportó la periodista Sophia Cai citando al corresponsal de fútbol Martyn Ziegler, Joshua Kushner sería quien lidere directamente el grupo inversor de la FIFA.
Fundó Thrive Capital en 2009, hoy con unos 50.000 millones de dólares en activos bajo gestión. Lideró rondas de inversión en OpenAI (valuada en 300.000 millones de dólares), y antes invirtió en Instagram, Spotify, Stripe y GitHub. Es cofundador de la aseguradora Oscar Health, dueño minoritario de los Miami Heat, y en abril de 2026 lanzó Thrive Eternal —un vehículo de «capital permanente» pensado específicamente para comprar participaciones de largo plazo en «instituciones culturales» como franquicias deportivas—. Su primera operación fue una participación minoritaria en los San Francisco Giants. La FIFA sería la segunda.
El propio Kushner describió el objetivo de Thrive Eternal en X: adquirir activos con «cualidades que la tecnología no puede replicar: franquicias icónicas e instituciones culturales arraigadas en tradición, identidad y experiencia compartida». Pocos activos culturales del planeta pesan tanto como el Mundial de fútbol.
El hermano que ya tiene Arabia Saudita en el bolsillo
Mientras Joshua construye su imperio tecnológico-deportivo, su hermano Jared Kushner consolidó, a través de su fondo Affinity Partners, una relación estructural con el dinero saudí que va mucho más allá de una inversión puntual.
Según el New York Times, el acuerdo original entre Affinity y el Fondo de Inversión Público saudí (PIF) incluye una cláusula que le da a Arabia Saudita derecho preferente en cualquier futura ronda de capital de Affinity. No es una inversión aislada: es un vínculo permanente entre el yerno del presidente estadounidense y el régimen que gobierna las mayores reservas petroleras del mundo.
En septiembre de 2025, Affinity participó —junto al PIF y Silver Lake— en la compra de Electronic Arts por 55.000 millones de dólares, la mayor adquisición de capital privado de la historia. Affinity se quedó con apenas el 5%, pero según fuentes citadas por el Wall Street Journal, el verdadero aporte de Kushner fue facilitar que la operación pasara el filtro del Comité de Inversión Extranjera de Estados Unidos.
Jared Kushner ejerce hoy, además, como «Enviado Especial para la Paz» de Trump en Medio Oriente. En abril de 2026, legisladores demócratas del Comité Judicial de la Cámara de Representantes le enviaron una carta formal acusándolo de solicitar fondos para su propia firma mientras ejercía ese rol diplomático, y señalando reportes de prensa que vinculan la presión saudí sobre Trump para **continuar** la guerra contra Irán con los intereses financieros privados de Kushner en la región.
Un mapa familiar que ya no cabe en una coincidencia
Sumale a esto que el padre de ambos hermanos, Charles Kushner, es desde mayo de 2025 el embajador de Trump en Francia. Es decir: en una misma familia conviven hoy un embajador oficial, un enviado especial de paz con contratos petroleros saudíes atados a su fondo, y un inversor tecnológico que acaba de recibir la posible conducción del grupo que compraría el activo deportivo más grande del planeta.
El plan de Infantino, en sí mismo, ya es un problema de gobernanza: un presidente proponiendo privatizar el bien que preside, con un cargo ejecutivo posible para él mismo del otro lado del mostrador.
Pero el nombre «Kushner» apareciendo ahí no es un dato aislado: es la pieza más reciente de un patrón que ya incluye petróleo saudí, videojuegos, inteligencia artificial, franquicias deportivas estadounidenses y diplomacia internacional, todo entrelazado dentro de dos hermanos y su padre. Cuando una misma red familiar aparece en cada negocio grande del momento, la pregunta deja de ser «¿es casualidad?» y pasa a ser «¿cuánto poder puede concentrar una sola familia antes de que alguna institución le ponga un límite?».
La UEFA ya mostró, con Infantino, que un límite institucional real existe cuando 55 de los 211 miembros deciden plantarse. Queda por verse si esta vez alcanza para frenarlo, o si el fútbol mundial termina sumándose a la lista de activos globales que ya pasaron, de una forma u otra, por las manos de esta misma familia.
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