La autopsia del capitalismo, según Gelles

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La autopsia del capitalismo, según Gelles

Un vistazo por dentro al libro que convirtió a un CEO ya fallecido en el villano central de todo lo que salió mal en el capitalismo estadounidense

Tapa del libro El hombre que rompió el capitalismo, de David Gelles

«The Man Who Broke Capitalism» — David Gelles (2022)

Hay libros de economía que explican teoría. Y hay libros como El hombre que rompió el capitalismo, de David Gelles, que hacen algo más incómodo: ponerle nombre, apellido y cara a un fenómeno que la mayoría de la gente siente en carne propia —salarios estancados, fábricas cerradas, empleos precarizados— pero que rara vez logra atar a una causa concreta. Gelles, columnista de The New York Times, elige un solo hombre como centro de gravedad de todo el relato: Jack Welch, CEO de General Electric entre 1981 y 2001.

El punto de partida: una nostalgia deliberada

Gelles arranca el libro con una fotografía casi idílica de la GE anterior a Welch. Durante los cincuenta años previos a que él tomara el mando, escribe, empresas, trabajadores y gobierno sostenían un «equilibrio relativamente armonioso»: salarios decentes, impuestos pagados sin trucos, regulaciones aceptadas como resguardo necesario, inversión pública en educación e infraestructura. GE, en ese relato, merecía el apodo de «Generous Electric» — el andamiaje mismo de la economía estadounidense, con científicos que ganaban premios Nobel y tecnología que ayudó a ganar dos guerras mundiales.

Es una elección narrativa deliberada, no ingenua: Gelles necesita ese contraste idealizado para que la caída posterior golpee con más fuerza. Es también, como veremos, el punto donde algunos críticos —incluso desde ángulos ideológicos opuestos— le marcan la primera grieta al libro.

Las tres armas de Welch, explicadas por capítulo

El libro no se queda en la acusación genérica. Gelles construye su caso con method: identifica tres herramientas concretas que Welch empleó de forma sistemática, y les dedica capítulos enteros a cada una, documentando casos, cifras y testimonios internos de la propia GE.

Downsizing

Welch fue, según describe Gelles, el primer CEO en tratar a una empresa sana como si necesitara un rescate de emergencia — despidiendo preventivamente a decenas de miles de personas sin que la empresa estuviera en crisis real. En sus veinte años al mando, alrededor de 250.000 trabajadores de GE perdieron su empleo.

Dealmaking

Cuando el crecimiento orgánico no alcanzaba, Welch lo reemplazó con casi 1.000 adquisiciones por unos 130.000 millones de dólares, la mayoría sin relación directa con el negocio original de la empresa — GE dejó de ser una fabricante y se convirtió en una coleccionista de negocios dispares, unidos solo por su rentabilidad.

La tercera herramienta, la financiarización, merece un párrafo aparte porque es, quizás, la más reveladora del libro. Welch construyó GE Capital hasta convertirla en lo que Gelles llama «un banco gigante sin regulación» — una entidad que llegó a representar una porción desproporcionada de las ganancias totales de GE, una empresa que hasta entonces se identificaba con turbinas y electrodomésticos. Cuando la crisis de 2008 golpeó, GE Capital necesitó un rescate de la Corporación Federal de Seguro de Depósitos, y terminó designada «institución financiera de importancia sistémica» — la misma categoría regulatoria que los grandes bancos de Wall Street.

El detalle que más incomoda del libro

Gelles no describe a Welch como un genio maligno con un plan maestro. Lo describe, casi peor, como alguien que hizo exactamente lo que el sistema financiero de la época premiaba: subir el precio de la acción, trimestre tras trimestre, sin que nadie —ni la prensa especializada, ni Wall Street, ni el propio directorio de GE— cuestionara demasiado el costo humano de esa suba. Welch fue idolatrado en vida: jugó al golf con presidentes, se codeó con celebridades, fue el primer «CEO celebridad» de la historia corporativa estadounidense.

De GE a Bezos: el capítulo que amplía el diagnóstico

Uno de los tramos más ambiciosos del libro es el penúltimo capítulo, donde Gelles se anima a trazar una línea directa entre Welch y Jeff Bezos, presentándolo como el heredero natural de esa misma filosofía de gestión —solo que aplicada a otra generación de empresas: fusiones agresivas, la expansión de la economía «gig» (trabajo por plataforma, sin estabilidad ni beneficios tradicionales), y presión constante a la baja sobre salarios mínimos en toda la cadena de valor.

Es en este capítulo donde aparece la frase que mejor resume la tesis política del libro: fueron los propios ejecutivos, no los legisladores, quienes decidieron cerrar fábricas enteras en estados como Ohio. Gelles insiste en correr la responsabilidad del terreno puramente político al terreno de las decisiones corporativas privadas — un giro de enfoque que buena parte de la crítica progresista de la economía viene señalando en los últimos años.

El capítulo de salida: ¿hay vida después de Welch?

Gelles no cierra el libro solo con diagnóstico — dedica su capítulo final, titulado «Más allá del Welchismo», a buscar modelos alternativos ya en marcha. Cita a empresas como Unilever y PayPal como ejemplos de un capitalismo orientado a «grupos de interés» (stakeholders) en lugar de exclusivamente a accionistas, y propone un paquete de políticas concretas: leyes antimonopolio más firmes, límites a la compensación ejecutiva, y salarios mínimos más altos.

Lo que la crítica le discute

Ningún libro con esta ambición sale sin objeciones — y las que recibió este vienen de ángulos bastante distintos entre sí.

Desde una vereda más favorable al libre mercado, el Cato Institute —un think tank libertario estadounidense— publicó una reseña crítica que apunta justo al punto de partida narrativo: cuestiona que la GE de posguerra haya sido tan armoniosa como Gelles la pinta, y sugiere que buena parte del «equilibrio» de esa época dependía de condiciones excepcionales de posguerra —poca competencia internacional, mercados protegidos— que tarde o temprano iban a resquebrajarse con o sin Welch en el timón. Es una objeción de fondo: ¿fue Welch la causa del cambio, o simplemente el primero en adaptarse sin culpa a un mundo que de todos modos ya estaba cambiando?

Desde el otro extremo del espectro, reseñas más cercanas a la izquierda económica elogian el diagnóstico central del libro, pero señalan que Gelles a veces individualiza demasiado el problema en la figura de un solo hombre, cuando la propia evidencia que él mismo reúne —el salto del 50% al 93% en la distribución de ganancias hacia accionistas— sugiere un cambio estructural del sistema financiero en su conjunto, no solo el estilo personal de un ejecutivo particularmente agresivo.

Un llamado urgente a que los líderes empresariales de todos los niveles sean responsables y les importe.

Reseña citada en la contratapa del libro

Por qué vale la pena leerlo igual

Más allá de esas objeciones legítimas, el mérito central del libro —el que explica por qué se convirtió en bestseller del New York Times— es la claridad de su prosa y la solidez de su investigación de campo. Gelles no escribe como economista para economistas: escribe como periodista que entrevistó a decenas de ex ejecutivos, empleados despedidos y analistas financieros, y construye el argumento con casos concretos y verificables en lugar de abstracción teórica. Eso lo vuelve accesible sin sacrificar rigor — la razón por la que, según varios reseñistas, es una de las mejores puertas de entrada actuales para entender el «Welchismo» sin necesitar formación económica previa.

Al final, la fuerza real del libro no está en si Jack Welch fue, individualmente, el único culpable de todo lo que salió mal en el capitalismo estadounidense —probablemente no lo fue, y el propio Gelles reconoce en las últimas páginas que su legado sobrevive precisamente porque encontró terreno fértil en toda una generación dispuesta a copiarlo, empezando por los propios brasileños de 3G Capital, que lo admiten sin vergüenza. La fuerza del libro está en negarse a tratar la desigualdad creciente y el vaciamiento industrial como un fenómeno abstracto, climático, sin responsables. Alguien tomó esas decisiones, escritorio por escritorio, trimestre por trimestre. Gelles simplemente se tomó el trabajo de escribir sus nombres.


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