Margaret Thatcher:
la Dama
de Hierro
Hija de un almacenero, química de formación, la única mujer que gobernó el Reino Unido durante el siglo XX. Quebró a los sindicatos, vendió el patrimonio del Estado, ganó una guerra a 13.000 kilómetros de distancia y sobrevivió a una bomba del IRA. Salvó al país que decía amar — destruyendo buena parte de lo que ese país había sido hasta entonces.
en el poder — récord siglo XX
de Malvinas
pico de su gobierno
de Brighton — ella sobrevivió
El 4 de mayo de 1979, una mujer de 53 años entró al número 10 de Downing Street para convertirse en la primera —y hasta entonces única— mujer en gobernar el Reino Unido. Once años después salió de ese mismo edificio llorando, derrotada no por sus votantes sino por su propio partido. Entre esos dos momentos hubo una guerra a 13.000 kilómetros, una bomba que estuvo a centímetros de matarla, la destrucción del poder sindical británico, y una transformación económica tan profunda que todavía hoy se discute si salvó al país o lo rompió en el intento.
De hija de tendero a química de Oxford
Margaret Hilda Roberts nació el 13 de octubre de 1925 en el número 1 de North Parade, en Grantham, Lincolnshire — una ciudad de apenas 20.000 habitantes en el período de entreguerras. Su padre, Alfred Roberts, era comerciante y propietario de dos tiendas de comestibles en el pueblo. Fue él quien le inculcó lo que ella misma llamaría después, ya como primera ministra, los «valores victorianos»: el esfuerzo, la autosuficiencia, los principios del libre mercado. Su madre, Beatrice Ethel Roberts, había sido costurera antes de casarse — Margaret nunca la consideró tan estimulante intelectualmente como a su padre, y la relación entre ambas se basó más en la disciplina doméstica que en la complicidad.
En 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, fue admitida en el departamento de Química del Somerville College, en Oxford — algo poco habitual para una mujer en esa época. Mientras estudiaba, se unió a la Asociación Conservadora de la Universidad de Oxford, su primer paso político formal. Se graduó y trabajó como química investigadora en Essex, pero ya entonces su futuro real estaba en otro lado: en 1950, a los 25 años, fue seleccionada como candidata parlamentaria por Dartford, en Kent. Perdió esa primera elección, pero logró reducir el respaldo laborista en la región — suficiente para que el partido la siguiera mirando.
En 1951 conoció a Denis Thatcher, un hombre que dirigía una empresa de productos químicos industriales y que ella describiría como «muy reservado, pero bastante agradable», con «mucho dinero» y «un auténtico caballero.» Denis apoyó sus ideas y la sostuvo económicamente. Se casaron el 13 de diciembre de ese año, y gracias a ese respaldo, Margaret pudo estudiar derecho tributario en la Inns of Court School of Law. En 1959 se convirtió en una de las doce diputadas mujeres del Partido Conservador. En 1961, el primer ministro Harold Macmillan la nombró ministra de Pensiones — un cargo que, según la lógica de la época, le correspondía a una mujer, igual que Educación.
El primer escándalo que la perseguiría toda la vida
Cuando los conservadores volvieron al poder en 1970, Edward Heath la nombró ministra de Educación. Ahí protagonizó la primera gran polémica de su carrera: decidió suprimir la distribución gratuita de leche a los niños mayores de siete años. La prensa la bautizó «Thatcher, la ladrona de la leche.» Las madres la odiaban. El motivo real, según ella, era evitar el cierre de la Open University —fundada en 1969, pionera mundial en educación a distancia y amenazada por problemas presupuestarios. No retrocedió. Para Thatcher, nunca fue una discusión sobre leche. Fue una discusión sobre principios — y esa distinción definiría toda su carrera posterior.
El gobierno de Heath, que había prometido libre mercado en 1970 pero terminó haciendo concesiones a los sindicatos ante las dificultades económicas, perdió las elecciones de febrero y octubre de 1974. Esas derrotas sucesivas, sumadas a su distancia con las bases del partido, abrieron la puerta para un desafío interno. En febrero de 1975, Margaret Thatcher venció a Heath en la votación de liderazgo: 130 votos contra 119. Según los historiadores Seldon y Collings, se convirtió en líder del Partido Conservador principalmente porque no era Edward Heath — no por un respaldo amplio a sus propias ideas. Era la única candidata de peso dispuesta a desafiarlo en un momento en que la mayoría de los diputados quería, simplemente, un cambio.
El Invierno del Descontento y la llegada al poder
El Reino Unido que Thatcher heredaría estaba, en palabras de sus propios analistas económicos, convertido en «el hombre enfermo de Europa»: paros masivos, inflación galopante, crisis energética, descrédito político. James Callaghan, primer ministro laborista entre 1976 y 1979, pareció ajeno a todo eso. En una entrevista, ante la pregunta sobre la crisis que vivía el país, llegó a decir: «¿Crisis? ¿Qué crisis?» La frase, exagerada por la prensa, le costó una cantidad enorme de votos.
El invierno de 1978 a 1979 pasó a la historia como el «Invierno del Descontento»: huelgas en todos los sectores, desde la recolección de basura hasta los enterradores, con cadáveres sin sepultar y calles cubiertas de residuos. Fue en ese contexto que los conservadores lanzaron su eslogan de campaña: «Labour isn’t working» — «El Partido Laborista no funciona», con una imagen de una larga fila frente a una oficina de desempleo. El manifiesto de Thatcher para 1979 prometía privatizaciones, reducción del gasto público, límites al poder sindical y control estricto de la oferta monetaria — el monetarismo que Milton Friedman, premio Nobel de Economía 1976, había convertido en el armazón intelectual de la nueva derecha.
Los conservadores ganaron las elecciones de mayo de 1979 con el 43,9% de los votos y 339 escaños frente a los 269 laboristas. El 4 de mayo, la reina Isabel II la convocó al Palacio de Buckingham para formar gobierno. Margaret Thatcher se convertía en la primera mujer en la historia en dirigir el Reino Unido.
Bajar impuestos, vender el Estado, quebrar a los sindicatos
El primer año de gobierno fue un desastre en los números: la inflación, lejos de bajar, se duplicó. Un millón trescientas mil personas se sumaron al desempleo. Para reducir el impuesto sobre la renta y estimular al sector privado mediante el control de la oferta monetaria, el tipo máximo bajó de 83 a 60 peniques por libra, y el básico de 33 a 30 — una reducción de 4.000 millones de libras en el gasto público. No fue hasta 1982 que la inflación, que había llegado a un pico del 18%, empezó a ceder hasta el 8,6%. Pero por primera vez desde la década de 1930, el desempleo superaba los tres millones de personas.
«No me preocupa demasiado lo que la gente diga de mí… Este es el camino que he decidido seguir. Este es el rumbo que debo tomar. Ustedes pueden dar marcha atrás si así lo desean. Esta dama no está dispuesta a hacerlo.»
El derecho a comprar (1980): la Ley de Vivienda permitió a los inquilinos de viviendas municipales comprar sus casas con descuentos de hasta el 70%. Para 1984, medio millón de personas se habían convertido en propietarias. Thatcher creía que la propiedad acercaría a la clase trabajadora hacia el ideario conservador — y de paso, reducía el costo público de mantener esas viviendas.
Las privatizaciones: British Telecom, British Gas, British Airways, y las compañías de agua y electricidad pasaron de manos del Estado al sector privado. Fue, según sus partidarios, una transferencia de poder «al pueblo británico.» Según sus críticos, la venta del patrimonio nacional al mejor postor.
La guerra contra los sindicatos: se prohibió que sindicatos de un mismo sector convocaran huelgas simultáneas y se obligó al voto secreto para aprobar cualquier paro, debilitando el poder de los dirigentes. En 1984-85, cuando el gobierno intentó cerrar veinte minas de carbón no rentables, los mineros declararon la huelga más grande de la historia británica. Thatcher había acumulado reservas de carbón durante años, anticipando exactamente ese enfrentamiento. Después de un año completo de batalla campal entre policía y piquetes, los mineros se rindieron. El poder sindical británico quedó destruido — y ahí nació, definitivamente, el apodo de «la Dama de Hierro.»
El Big Bang financiero (1986): la desregulación total de la Bolsa de Londres eliminó de la noche a la mañana las comisiones fijas y los métodos tradicionales basados en papel, convirtiendo a Londres en el principal centro financiero del mundo y atrayendo miles de millones de bancos extranjeros. Pero esa misma flexibilización, según numerosos economistas, sembró las condiciones que tres décadas después estallarían en la crisis financiera de 2008.
El manotazo de ahogado que la salvó a ella, no a Galtieri
En 1982, con su gobierno hundido en las encuestas por el desempleo y la recesión, Thatcher enfrentó la decisión más arriesgada de su carrera. Argentina, gobernada por una junta militar al borde del colapso —con inflación superior al 100% anual, protestas crecientes y organismos de derechos humanos documentando ya a 30.000 desaparecidos—, invadió las Islas Malvinas el 2 de abril de 1982. El general Leopoldo Galtieri necesitaba lo que la ciencia política llama un «rally around the flag effect»: una amenaza externa capaz de unir, al menos temporalmente, a una población que ya no soportaba a su gobierno.
El filósofo militar prusiano Carl von Clausewitz, dos siglos antes, había escrito una de las frases más citadas —y más ignoradas— de toda la teoría de la guerra: «En la guerra, todo es simple, pero lo más simple es difícil.» La Junta argentina ignoró cada uno de los principios que Clausewitz consideraba elementales.
Clausewitz llamó «fricción» a todo lo que separa la guerra planeada de la guerra real: el clima, la logística, el pánico. Las Malvinas no eran la Patagonia continental — viento polar permanente, terreno turboso, temperaturas bajo cero. Buenos Aires calculó que Gran Bretaña tardaría meses en responder. La flota británica llegó antes de lo esperado, en pleno invierno austral, mientras el puente de suministros argentino de 600 kilómetros desde el continente empezaba a fallar bajo presión naval y aérea.
Para Clausewitz, toda guerra necesita gobierno, ejército y pueblo alineados. En Malvinas, el gobierno mentía —transmitía victorias en cadena nacional mientras los soldados eran masacrados en Monte Longdon y Goose Green—; el ejército, entrenado para la represión interna, no sabía hacer guerra convencional —hay testimonios de conscriptos días sin órdenes, comiendo hierba para sobrevivir—; y el pueblo fue manipulado por un nacionalismo activado de urgencia, la misma Plaza de Mayo que meses antes protestaba contra la dictadura ahora la aplaudía.
La Junta calculó que una Gran Bretaña en declive económico, con Thatcher en 25% de aprobación, jamás mandaría una flota al otro lado del mundo por unas islas que casi nadie sabía ubicar en el mapa. El análisis sobre la debilidad británica no era del todo erróneo. Lo que la Junta no calculó fue la voluntad política de la propia Thatcher — el factor que Clausewitz consideraba tan decisivo como la capacidad militar.
Cuando las tropas argentinas desembarcaron y neutralizaron la pequeña guarnición británica, la mayoría de los asesores recomendó a Thatcher buscar una salida negociada. Ella se negó. Acudió a Naciones Unidas y logró una resolución que declaraba injustificada la invasión. Argentina no retrocedió. El Reino Unido envió una fuerza de tareas naval —la más grande desde la Segunda Guerra Mundial— hacia un archipiélago a 13.000 kilómetros de Londres.
Las tropas argentinas desembarcan en las Malvinas. Comienza la guerra.
Un submarino británico hunde al crucero argentino General Belgrano. Es la primera gran pérdida del conflicto y cierra cualquier posibilidad de solución diplomática.
Argentina hunde el destructor británico HMS Sheffield con un misil Exocet.
Las tropas británicas desembarcan en la bahía de San Carlos.
Argentina se rinde. La guerra termina con 649 soldados argentinos muertos — muchos de ellos adolescentes de 18 y 19 años, conscriptos del noroeste argentino sin experiencia de combate ni ropa de abrigo, algunos combatiendo descalzos porque sus botas se habían desintegrado con el barro.
En Darwin, en las islas, hay un cementerio donde están enterrados 237 soldados argentinos. Durante décadas, muchas de las tumbas decían simplemente: «Soldado argentino solo conocido por Dios.» No tenían nombre porque los mandaron a morir y después, durante años, se prefirió olvidarlos.
Para Gran Bretaña, el resultado fue exactamente el opuesto al que buscaba la Junta argentina. Malvinas no hundió a Thatcher — la salvó. Una primera ministra con 25% de aprobación, que aplicaba políticas de austeridad que devastaban regiones industriales enteras, de pronto tenía una causa nacional, una bandera, un enemigo claro. Cuando los barcos regresaron a Portsmouth, las multitudes corearon «¡Maggie! ¡Maggie! ¡Maggie!» Ganó las elecciones de 1983 con una mayoría aplastante. El «rally around the flag effect» que la Junta había buscado para sí misma terminó siendo, en los hechos, un regalo entregado a su adversaria.
Brighton, 1984: el atentado que casi cambia la historia británica
El 12 de octubre de 1984, a las 2:54 de la madrugada, una bomba colocada meses antes por el IRA dentro de una pared del Hotel Brighton explotó durante la conferencia anual del Partido Conservador. El objetivo era eliminar de un solo golpe a Thatcher y a su gabinete completo. La muerte de Bobby Sands y otros presos del IRA durante una huelga de hambre en 1981 había alimentado el resentimiento que llevó al atentado. Cinco personas murieron. Treinta resultaron heridas. Thatcher y su marido sobrevivieron sin heridas.
En 1985, el Acuerdo Anglo-Irlandés estableció que no podría haber ningún cambio en el estatus de Irlanda del Norte sin el consentimiento de la mayoría de sus habitantes — un hito que estabilizó las relaciones entre ambos países desde entonces.
El Poll Tax y la caída de Downing Street
Reelegida para un tercer mandato en 1987, Thatcher impulsó la medida que terminaría con su carrera política. Hasta entonces, los impuestos locales se calculaban según el valor de la vivienda — un sistema que ella consideraba injusto, porque todos los ciudadanos usaban por igual la recolección de basura o las bibliotecas. Su alternativa: un tributo igual para cada ciudadano, sin importar su renta. El «Poll Tax.»
Millones de personas se negaron a pagarlo. Las protestas llenaron Trafalgar Square de disturbios y saqueos. Pero la caída de Thatcher no llegó por las calles — llegó desde adentro de su propio partido. En noviembre de 1990, su viceprimer ministro Geoffrey Howe rompió filas y criticó públicamente su política europea, en una postura que destapó el malestar acumulado. Se convocó una contienda interna por el liderazgo. Thatcher obtuvo la mayoría de los votos — pero no los suficientes para garantizar su continuidad sin una segunda vuelta. Al constatar que ya no tenía el respaldo de su propio gabinete, presentó su dimisión ese mismo mes. El 22 de noviembre de 1990 salió de Downing Street por última vez. Las cámaras la captaron llorando — por primera vez en público, la Dama de Hierro mostraba lágrimas reales.
«Soy una luchadora. Y un luchador lucha.»
Una Inglaterra para el sur, otra para el norte
Antes de Thatcher, el Reino Unido era el «hombre enfermo de Europa»: huelgas constantes, inflación galopante, un rescate del FMI años atrás, un Estado dueño de industrias enteras. Once años después, Londres se había convertido en el principal centro financiero del mundo, los sindicatos habían perdido el poder que paralizaba al país, y millones de inquilinos se habían vuelto propietarios de sus casas.
Pero la transformación tuvo un costo medible: el coeficiente Gini de desigualdad pasó de 0,25 en 1979 a 0,34 en 1990. La pobreza infantil británica llegó a ser la más alta de Europa hacia 1997. Industrias enteras del norte de Inglaterra, Escocia y Gales fueron desmanteladas sin que el Estado invirtiera en alternativas reales para esas comunidades — el desempleo llegó a superar los tres millones de personas en más de un momento de su gobierno.
Por eso el sur de Inglaterra la recuerda como la mujer que modernizó y enriqueció al país. Por eso el norte de Inglaterra, Escocia y Gales la recuerdan como quien destruyó su industria y desintegró sus comunidades. Cuando murió en 2013, mientras Londres organizaba una ceremonia solemne y de gran pompa, en esas mismas regiones del norte hubo celebraciones por su muerte. Pocas figuras políticas del siglo XX generaron, hasta el último día, una división tan exacta entre quienes la consideran salvadora y quienes la consideran responsable de una herida que el país nunca terminó de cerrar.
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