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Seis nombres, una silla: la carrera por la ONU

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Seis nombres, una silla: la carrera por la ONU
Cuatro mujeres y dos hombres se disputan la sucesión de António Guterres al frente de Naciones Unidas. Ninguno logró todavía cautivar a la opinión pública ni imponerse como favorito claro, en medio de una organización golpeada por la crisis financiera y la sensación generalizada de irrelevancia frente a los grandes conflictos del mundo.
Julio 2026 · Lectura: 10 min

La frase que mejor resume el momento que atraviesa Naciones Unidas no la dijo un crítico externo, sino una de las candidatas a dirigirla. A la costarricense Rebeca Grynspan le preguntaron qué logro le gustaría poder mostrar dentro de cinco años si resulta electa. Respondió, sin vueltas: «Me gustaría que nadie más me preguntara dónde está la ONU. Ese será mi indicador».

Esa pregunta —¿dónde está la ONU?— sobrevoló todo el debate público que la Asamblea General organizó entre los seis candidatos a suceder a António Guterres, cuyo segundo mandato concluye el 31 de diciembre de 2026. Fue un debate de guante blanco, casi sin cruces directos entre los aspirantes, que sin embargo dejó ver posiciones de fondo bastante distintas frente a los conflictos que hoy tienen paralizado al organismo.

Los seis candidatos

Michelle Bachelet
Chile — expresidenta y exalta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos

Su argumento central es la experiencia ejecutiva: fue dos veces jefa de Estado y de Gobierno, además de ministra de Salud y de Defensa, y sostiene que eso le dio la capacidad de «liderar negociaciones complejas y tomar decisiones difíciles» sin perder de vista los consensos democráticos. Diagnostica el momento actual como uno de amenazas múltiples y no homogéneas —lo que enfrenta un país del Golfo no es lo mismo que lo que viven jóvenes sin empleo en África—, y por eso insiste en que ningún desafío global puede resolverlo un país por sí solo: hace falta un «multilateralismo sólido» y una ONU «ágil, eficiente, eficaz, transparente y que rinda cuentas».

Conecta explícitamente paz, desarrollo y derechos humanos como una misma ecuación: sostiene que no habrá paz ni seguridad si no hay desarrollo, ni si no se respetan los derechos humanos, y que su gestión buscaría mayor coordinación entre los organismos que trabajan esos temas sobre el terreno. Enfatizó, además, que «es tiempo de que las mujeres estén al mando, y que se cuide el planeta y la humanidad» —un argumento que combina el género con la agenda ambiental como parte de un mismo cambio de paradigma—.

Sobre su capacidad de independencia frente a las grandes potencias —el punto más sensible dadas las reticencias que despierta en Estados Unidos y en el propio gobierno chileno de Kast—, apeló a un episodio concreto de su etapa en ONU Mujeres: un donante amenazó con retirar los fondos si sostenía una posición, y ella la sostuvo igual. «La neutralidad, la imparcialidad y la independencia forman parte de mi ADN», resumió, argumentando que sin eso ningún Estado miembro —poderoso o no— podría sentirse representado por el cargo. Consultada sobre Gaza, fue igual de directa: «Siempre hace falta autoridad moral. Hay que alzar la voz ante situaciones en las que se producen violaciones del derecho internacional y del derecho humanitario», aunque matizó que también hay que «encontrar vías para reunir a las partes» incluso cuando las estrategias no sean perfectas.

Rafael Grossi
Argentina — director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA)

Construyó su argumento sobre una autocrítica frontal, poco habitual en este tipo de audiencias: «Existen grandes interrogantes sobre el valor real de las Naciones Unidas para resolver los problemas, sobre su eficiencia al hacerlo y sobre su capacidad para lograrlo. Prevalecen el cinismo, la frustración y la tristeza». Su diagnóstico es que la guerra «ha vuelto con furor» a prácticamente todos los continentes —Europa, África, América del Sur, el Caribe, Asia— y que la pregunta que hoy le hacen constantemente, «¿dónde está la ONU?», es legítima y hay que responderla con hechos, no con discursos.

Su propuesta de fondo es devolverle a la organización un rol operativo, no simbólico: «Esta casa no se creó para ser una institución que emite mensajes desde una torre de marfil, se creó y está diseñada para resolver problemas sobre el terreno», lo que implica, según él, hablar con todas las partes de un conflicto, incluidas las que están inmersas en la guerra, y no limitarse a condenar desde la distancia. Defiende la diplomacia preventiva como herramienta central para evitar que los conflictos escalen.

Cuando le preguntaron puntualmente por la guerra en Irán —sin que se lo formularan de manera directa—, respondió que lleva «muchos, muchos años» ocupándose de esa cuestión y que la ONU «podría realizar una contribución tangible y real» si las negociaciones en curso logran acercar a las partes a algún tipo de acuerdo. También le preguntaron —sin mencionar a Rusia ni a Putin explícitamente— qué haría si un miembro permanente del Consejo de Seguridad libra una guerra de agresión contra otro Estado miembro: respondió con cautela diplomática que «debemos examinar las raíces del conflicto y comprender por qué un país tomó la decisión más grave de todas, el uso de la fuerza», remarcando que también hay que comprender la situación de la víctima de esa agresión. Es, en conjunto, el argumento de un tecnócrata que reclama pragmatismo y presencia activa por sobre la declaración moral.

Carolyn Rodrigues-Birkett
Guyana — actual representante permanente ante la ONU

Parte de reconocer sin rodeos la «creciente sensación de frustración porque la ONU no está cumpliendo como debería», y ubica el origen de ese desgaste en un problema de percepción: «A la ONU se la juzga a través del prisma de la paz y la seguridad», dice, cuando en realidad el organismo produce resultados concretos en muchos otros terrenos —descolonización, protección de los océanos, prevención de enfermedades, acceso a la educación, respuesta humanitaria— que rara vez se le reconocen.

Su argumento central es que, aunque el cargo de secretario general no tiene poder ejecutivo y está obligado a hacer equilibrismos políticos permanentes, siempre existe margen de acción real: «El secretario general aporta neutralidad y actúa sin más motivación que la de ayudar a las personas vulnerables». Propone usar esa neutralidad, sumada a la presencia de la ONU sobre el terreno, para reunir información y elevar recomendaciones al Consejo de Seguridad —que puede no actuar de inmediato, pero que según ella termina actuando después, basándose en esas propuestas—.

Su conclusión resume su enfoque: la ONU tiene que ser «administradora, pacificadora, mediadora, negociadora, facilitadora y portavoz» al mismo tiempo, y sobre todo, visible: «El mundo debe ver que la ONU está implicada, que no delega las cuestiones de paz y seguridad».

Rebeca Grynspan
Costa Rica — actual secretaria general de la UNCTAD

Estructura su candidatura en tres ejes explícitos: paz, reforma institucional y visión de futuro. Su argumento de partida es que el mundo está en una «encrucijada» y que defender a la ONU no significa mantenerla como está, sino tener «el coraje» de reformarla en profundidad. Sobre el primer eje, plantea que el organismo debe volverse anticipatorio: actuar antes de que las crisis escalen, recuperando un rol de mediador activo que hoy, según su propio diagnóstico, está debilitado.

El segundo eje es institucional: sostiene que la legitimidad de la ONU depende de resultados concretos sobre el terreno, lo que exige modernizar su estructura, mejorar la ejecución de programas y fortalecer la rendición de cuentas. El tercero mira hacia adelante: advierte que desafíos como la inteligencia artificial y el cambio climático exigen respuestas coordinadas entre países, para evitar que las brechas entre naciones ricas y pobres se profundicen —«Debemos asegurar que ninguna nación, grande o pequeña, se quede atrás»—.

Fue, además, la más autocrítica sobre un caso concreto: el bloqueo del estrecho de Ormuz durante la guerra de Irán. Dijo que la ONU «debería habernos involucrado desde muy pronto con todos los actores», apoyándose en su propia experiencia como artífice del acuerdo de paz del mar Negro (2022-2023) que permitió retomar el comercio de grano entre Ucrania y Rusia. Su cierre fue casi una declaración de principios: «La ONU nació de la esperanza y del coraje para construir de nuevo».

Macky Sall
Senegal — expresidente, único candidato africano

Es el único candidato propuesto formalmente por un tercer país —Burundi, el 2 de marzo de 2026— y no por autopostulación. Su argumento se plasma en un documento con título propio, «Refundar el multilateralismo para un mundo mejor», que advierte sobre una crisis profunda del sistema internacional y plantea una reforma estructural en tres ejes: una visión integrada entre paz, seguridad y desarrollo; la revitalización del multilateralismo como método; y el fortalecimiento de la gobernanza interna del organismo, con foco en transparencia y eficiencia.

Su argumento más desarrollado en el debate público fue económico: sostiene que el rol del secretario general debe incluir extender la prosperidad global, y que para eso hace falta reformar la arquitectura financiera internacional, porque la financiación pública «por sí sola no basta». Propone un diálogo amplio que incluya a las instituciones de Bretton Woods, al sector privado, a la sociedad civil y a la filantropía, con la idea de que sumando a todos esos actores se puede facilitar el acceso equitativo a condiciones de «prosperidad compartida» y, con eso, a un mundo más seguro.

María Fernanda Espinosa
Ecuador — exministra y expresidenta de la Asamblea General de la ONU

Es la candidatura más tardía, surgida cuando la carrera ya parecía reducida a cuatro nombres. Su argumento se apoya en dos pilares: la necesidad de transformar la organización para que funcione mejor en un mundo multipolar, y el fortalecimiento de su arquitectura de prevención de conflictos. Respaldó explícitamente el papel mediador que vienen jugando países como Catar y Egipto en conflictos recientes, como muestra de que la mediación regional puede complementar —no reemplazar— el rol central de la ONU.

Su propuesta más concreta es un sistema de alerta temprana diseñado para detectar señales de conflictos inminentes e intervenir antes de que estallen, en la misma línea preventiva que también reclaman Grynspan y Grossi, aunque con un mecanismo institucional específico propio. Su candidatura, además, apunta explícitamente a romper la tradición exclusivamente masculina del cargo y a cumplir con la rotación regional no escrita que hoy favorece a América Latina.

¿Le toca a América Latina, y a una mujer?

Hay una expectativa extendida, aunque no garantizada: por tradición de rotación geográfica —no siempre respetada— esta vez el cargo sería reclamado por América Latina y el Caribe, región de la que provienen cinco de los seis candidatos. A eso se suma la posibilidad, inédita en más de 80 años de historia del organismo, de que una mujer ocupe por primera vez la Secretaría General —cuatro de los seis candidatos lo son—.

Pero nada está escrito. Ni que sea mujer, ni que sea de la región, ni siquiera que el próximo secretario general esté entre estos seis nombres: no se descarta que surja un «tapado» de último momento. De hecho, se habló en su momento de la posible candidatura de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, impulsada por la influencia de Donald Trump —pero finalmente no llegó a integrar la lista oficial.

Cómo sigue el proceso

24-30 jul.

Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad con poder de veto —China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia— deben iniciar formalmente el proceso de selección.

30 de julio

Los 15 miembros del Consejo de Seguridad realizan sus primeras votaciones a puerta cerrada.

31 dic. 2026

Fecha límite para que el Consejo de Seguridad designe formalmente al sucesor de António Guterres.

El debate público fue, en rigor, apenas el aperitivo. La verdadera decisión se juega en las próximas semanas, a puertas cerradas, entre cinco potencias con poder de veto que no siempre coinciden en sus prioridades. Y lo hacen justo en el momento en que la propia organización que van a liderar enfrenta la pregunta más incómoda de todas —la que resumió Grynspan sin necesidad de que se la formularan dos veces—: ¿dónde está la ONU?


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