El acuerdo nuclear entre Estados Unidos y Arabia Saudita, que ya venimos siguiendo de cerca, tuvo esta semana dos giros que cambian el tablero. El primero: Trump le puso una condición política que no estaba en el anuncio original. El segundo, más incómodo: quedó expuesta una contradicción que la propia cobertura internacional no puede esquivar.
El giro: normalización con Israel, sí o sí
El 23 de julio, un día después de que Washington y Riad anunciaran su entendimiento nuclear, Trump publicó en Truth Social: el acuerdo «será aprobado, pero está totalmente sujeto a que Arabia Saudita se adhiera a los muy respetados y exitosos Acuerdos de Abraham». También insistió en que el pacto «no incluirá el enriquecimiento de material».
El problema es que Arabia Saudita mantiene una posición invariable desde hace años: no reconocerá a Israel sin una hoja de ruta creíble hacia un Estado palestino, algo que quedó congelado desde el 7 de octubre de 2023. Si Trump sostiene esta condición, todo el acuerdo nuclear queda rehén de una negociación diplomática que Riad se niega a avanzar.
Trump dice que el pacto «no incluirá el enriquecimiento de material». Pero el mecanismo técnico del acuerdo —el esquema de «caja negra» que ya veníamos explicando— contempla un estudio conjunto de dos años entre Washington y Riad, precisamente para decidir si ese enriquecimiento es viable. La sustancia del acuerdo deja la puerta abierta a lo mismo que él dice, en el mismo mensaje, que no va a permitir.
Lo más grave: la contradicción con la guerra a Irán
Acá está el dato que más pesa, y que casi no tuvo cobertura: una de las justificaciones de la guerra que Estados Unidos e Israel libraron contra Irán este año fue, precisamente, la negativa iraní a renunciar a su programa de enriquecimiento de uranio. Meses después de esa guerra, Washington negocia darle esa misma capacidad —enriquecer uranio en su propio territorio— al rival regional de Irán.
No es una tensión retórica menor: es la misma administración aplicando estándares opuestos a la misma tecnología, según de qué país se trate.
El negocio que se suma: vender el yellowcake, no solo usarlo
Hay una capa comercial que no habíamos cubierto. Arabia Saudita no busca el programa nuclear únicamente para liberar petróleo de exportación reemplazando el gas que hoy quema para desalinizar agua y climatizar edificios. En enero de 2025, Riad ya había anunciado que enriquecería uranio para producir «torta amarilla» (yellowcake) con la intención de venderlo, no solo de consumirlo. El plan no es solo ahorrar petróleo: es convertirse, además, en exportador del propio combustible nuclear enriquecido.
AIPAC entra en la pelea
Se suma un actor que no habíamos registrado: el Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-Israelí (AIPAC), el lobby proisraelí más influyente de Washington, se opone activamente al acuerdo. Su temor coincide con el de los funcionarios israelíes que ya citamos antes: que la transferencia de tecnología nuclear sensible a Arabia Saudita erosione la ventaja militar cualitativa de Israel y siente un precedente regional.
El plan B, si todo esto se cae
Arabia Saudita no depende solo de Washington. La estatal china CNNC presentó una oferta en 2023 para construir una planta nuclear saudita, la rusa Rosatom firmó acuerdos preliminares, y tanto Corea del Sur como Francia aparecen como socios alternativos. Es la carta que le da a Riad margen para negociar duro con Trump: si Estados Unidos se traba con condiciones políticas, el negocio —y la influencia estratégica que conlleva— puede terminar en manos de cualquiera de esos cuatro competidores.
El acuerdo sigue su curso en el Congreso, pero con una capa política nueva que no estaba en el anuncio original y una contradicción de fondo —Irán castigado por lo mismo que ahora se le facilita a Arabia Saudita— que ningún funcionario de la administración logró explicar todavía de forma convincente.
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