A diferencia de su política climática —donde hay un objetivo único, explícito y bien definido: desregular—, las políticas de la administración Trump sobre estabilidad financiera internacional no siguen un plan coherente. Muchas veces son contradictorias entre sí. Pero analistas coinciden en que el efecto acumulado ya está debilitando cuatro áreas críticas y estrechamente relacionadas: la protección frente a riesgos financieros, el control de la inflación, la libre circulación de capitales, y el rol del dólar como moneda de reserva mundial.
Menos regulación bancaria, otra vez
La administración avanza en relajar las regulaciones prudenciales impuestas después de la crisis financiera de 2008-09. Se estima que esa relajación reducirá los requisitos de capital de los bancos estadounidenses en unos 140.000 millones de dólares, habilitando hasta 2,6 billones de dólares adicionales en préstamos — un mecanismo peligrosamente parecido al que desató la crisis de las hipotecas subprime hace casi veinte años, cuando la derogación parcial de la Ley Glass-Steagall en 1999 y la escasa supervisión regulatoria permitieron que el apalancamiento y la especulación inmobiliaria se descontrolaran hasta el colapso.
En paralelo, la administración promueve un régimen regulatorio liviano para impulsar el uso de criptoactivos —en particular stablecoins en dólares— dentro y fuera de Estados Unidos. El problema es estructural: los emisores de stablecoins funcionan de forma muy similar a los bancos, pero sin la regulación estricta que se les exige a estos. A eso se suma que la administración anunció que dejará de aplicar la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero y las normas de transparencia sobre propiedad beneficiaria — debilitando la gobernanza financiera global justo cuando los criptoactivos ya facilitan blanqueo de capitales y evasión fiscal.
La presión sobre la Reserva Federal
Trump viene insistiendo públicamente en su determinación de influir sobre la política monetaria de la Fed, presionando por tasas de interés más bajas —una jugada que, según él, impulsaría la economía y abarataría el pago de la deuda federal, sin mostrar demasiada preocupación por el impacto a largo plazo sobre la inflación ni sobre la credibilidad del banco central.
El pulso con Powell y Cook
Desde mediados de 2025, la administración tomó medidas legales concretas para intentar destituir tanto a Lisa Cook como a Jerome Powell, entonces presidente de la Fed. Ambas acciones quedaron estancadas en la Justicia federal, y la que apuntaba contra Powell terminó siendo abandonada para facilitar en el Senado la confirmación de Kevin Warsh, el candidato de Trump para sucederlo. La acción contra Cook, en cambio, seguía pendiente a mediados de mayo.
Powell, ya renunciado a la presidencia, tomó la inusual decisión de permanecer en el directorio de la Fed — un gesto que muchos interpretan como una señal de preocupación por la independencia futura del banco central. En enero de 2026, once directores de bancos centrales de todo el mundo emitieron un comunicado conjunto en respaldo a Powell y a la autonomía de la Fed.
El temor a la inflación se agrava por la trayectoria de la deuda federal, que la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO, no partidista) proyecta que llegará al 156% del PBI para 2055 si no cambia nada, con un déficit fiscal del 7,3% del PBI ese mismo año. A eso se suman pedidos concretos que empujan más gasto: 200.000 millones de dólares en financiación suplementaria para la guerra contra Irán, y un presupuesto de seguridad nacional propuesto de 1,5 billones de dólares para el año fiscal 2027 — un 44% más que el año anterior.
Sanciones como arma, no como principio
Estados Unidos también está distorsionando la forma en que operan las sanciones económicas internacionales. El caso más elocuente es Venezuela: Washington respaldó de hecho al liderazgo autoritario que sucedió a Maduro, y flexibilizó las sanciones para permitir que Venezuela venda petróleo a empresas estadounidenses y al mercado global — siempre que los ingresos vayan a una cuenta controlada por la propia administración de EEUU. Los abusos de derechos humanos que originalmente motivaron esas sanciones siguen ocurriendo. El mensaje que eso envía a otros países bajo régimen de sanciones es incómodo: el objetivo de la sanción puede ser negociable si el resultado conviene a Washington.
Un capítulo aparte es el riesgo sobre activos de propiedad extranjera dentro de EEUU. En agosto de 2025, la administración ordenó detener el parque eólico Revolution Wind —completado en un 80% y en parte propiedad de la danesa Ørsted— citando seguridad nacional. Un tribunal federal revocó la orden después. Pero en la medida en que esa acción pudiera estar vinculada a la presión sobre Groenlandia o a la hostilidad hacia las políticas de emisiones netas cero, sienta un precedente incómodo para cualquier inversor extranjero en Estados Unidos.
El riesgo mayor: Groenlandia
El riesgo más serio para la estabilidad financiera internacional, que atraviesa las cuatro áreas mencionadas, es la amenaza de Trump de apoderarse de Groenlandia —territorio soberano de un aliado de la OTAN— sin descartar el uso de la fuerza militar. Es imposible cuantificar la probabilidad de que ocurra, pero tras los antecedentes de Venezuela y el ataque conjunto de EEUU e Israel contra Irán, analistas la consideran cualquier cosa menos nula.
Si eso ocurriera, los países europeos ya no podrían depender de los compromisos militares de EEUU bajo la OTAN, y tendrían que armar en cuestión de meses una alianza militar independiente. La Unión Europea, además, casi no tendría opción más que responder con sanciones económicas y financieras propias —posiblemente incluyendo la venta de activos oficiales en dólares— tanto para marcar su rechazo como para reducir su exposición futura a decisiones unilaterales de Washington.
El oro ya le ganó al bono del Tesoro
Todo este cuadro tiene una traducción muy concreta en los mercados: la fuga silenciosa de las reservas mundiales hacia el oro. La cuota del dólar en las reservas globales de divisas cayó de casi 60% en 2016 a 46% a fines de 2024, y esa tendencia se aceleró desde el inicio del segundo mandato de Trump.
El giro estructural hacia el oro
China, en particular, lleva más de año y medio de compras oficiales de oro ininterrumpidas —el Banco Popular de China acumula compras mes a mes desde hace 17-18 meses—, aunque el World Gold Council estima que sus reservas reales podrían ser hasta el doble de lo que declara oficialmente. Para Pekín, el oro funciona como herramienta de diversificación frente al dólar, cobertura frente a eventuales sanciones financieras futuras, y respaldo a largo plazo para la credibilidad del yuan.
Un dato que agrega otra capa de desconfianza: varios países vienen repatriando oro que tenían depositado en bóvedas de Estados Unidos y Reino Unido, llevándolo de regreso a territorio propio. No es solo una señal de que se busca diversificar lejos del dólar como activo — es una señal de que ni siquiera se confía en tener ese oro guardado en suelo estadounidense.
Hay además una anomalía técnica que preocupa a los analistas: normalmente, en momentos de estrés financiero, el dólar sube como refugio. Pero tanto tras los aranceles del «Día de la Liberación» del 2 de abril de 2025 como durante la escalada por Groenlandia a inicios de 2026, el dólar cayó junto con acciones y bonos estadounidenses — el comportamiento inverso al esperado, y una señal de que el mercado ya no trata al dólar como el refugio incondicional de siempre.
Una salida difícil de coordinar
La postura de la propia administración sobre el dólar es, en el mejor de los casos, ambigua. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, insiste en que Washington favorece un dólar fuerte y su rol como principal activo de reserva mundial. Pero Stephen Miran —gobernador de la Fed hasta mayo de 2026 y antes presidente del Consejo de Asesores Económicos— había argumentado, antes de asumir el cargo, que ese mismo rol de reserva es una carga no deseada para la economía estadounidense.
La ironía de fondo es que las propias amenazas de Trump de imponer aranceles a países que reduzcan sus tenencias en dólares terminan reforzando, paradójicamente, el argumento a favor de diversificar. La presidencia francesa del G7 en 2026 busca abrir un debate sobre estos desequilibrios globales, pero entre la determinación de Trump de sostener un proteccionismo histórico y el interés de China en profundizar la dependencia de otros países hacia su propia moneda, la probabilidad de una discusión franca —y mucho menos de una salida cooperativa— parece escasa.
No hace falta un plan maestro para desestabilizar un sistema: alcanza con presionar varios pilares al mismo tiempo, aunque sea de forma contradictoria. Menos regulación bancaria, una Fed bajo asedio político, sanciones usadas como negocio antes que como principio, y la amenaza latente sobre un territorio aliado son, cada una por separado, motivo de preocupación. Juntas, ya están moviendo miles de millones de dólares hacia el oro — la forma más antigua que tiene el mundo de decir que ya no confía del todo en la promesa de papel.
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