El principio de soberanía territorial nacido tras la guerra más devastadora de la Europa moderna sostuvo, con matices, casi cuatro siglos del sistema internacional. Hoy enfrenta su crisis más profunda, entre nuevos discursos imperiales y viejas promesas de intervención humanitaria.
Cada vez que un analista de geopolítica —como vimos hace poco con Michel Foucher— dice que el «sistema westfaliano» está en crisis, está apelando a una idea que tiene casi 400 años: la de que cada Estado, sin importar su tamaño, tiene soberanía exclusiva sobre su propio territorio, y que ningún otro país tiene derecho a interferir en sus asuntos internos. Es el principio jurídico que, formalmente, sostiene todavía hoy la Carta de las Naciones Unidas. Y es, también, el principio que más se cuestiona en el mundo actual.
Una paz que terminó con una masacre religiosa
El concepto nace de la Paz de Westfalia de 1648, una serie de tratados que pusieron fin a la Guerra de los Treinta Años —un conflicto religioso entre católicos y protestantes que devastó Alemania y mató a cerca del 30% de su población— y también a la Guerra de los Ochenta Años entre España y las Provincias Unidas neerlandesas.
Como ninguno de los dos bandos religiosos había logrado una victoria clara, el acuerdo estableció un statu quo: los Estados se comprometían a no interferir en las prácticas religiosas de sus vecinos. Antes de esto, Europa se pensaba a sí misma bajo el paraguas de un único protectorado cristiano, gobernado espiritualmente por el Papa y temporalmente por el Sacro Emperador Romano Germánico. La Reforma protestante ya venía erosionando esa autoridad supra-estatal, y Westfalia terminó de sepultarla formalmente.
¿Un mito fundacional más que un hecho histórico?
Aunque «soberanía westfaliana» se volvió el atajo conceptual estándar para describir el sistema internacional moderno, buena parte de la academia contemporánea discute si los tratados originales de 1648 realmente contenían esos principios. El historiador Andreas Osiander sostiene que los propios tratados no confirman ni mencionan la soberanía como principio explícito. Otros especialistas, como Christoph Kampmann y Johannes Paulmann, argumentan incluso que los acuerdos limitaron —más que ampliaron— la soberanía de numerosos estados dentro del Sacro Imperio.
Académicos poscoloniales agregan otra capa crítica: el sistema de 1648 tiene una relevancia limitada para las historias y sistemas estatales del mundo no occidental, que en muchos casos desarrollaron sus propias lógicas de soberanía y frontera de forma completamente independiente. De hecho, casi cuatro siglos antes de Westfalia, el este de Asia ya había ensayado un sistema similar: el Tratado de Chanyuan de 1005, que delimitó fronteras nacionales entre las dinastías Song y Liao en la China del siglo XI, y que se replicaría en la región hasta la aparición del Imperio mongol en el siglo XIII.
El apogeo, y las primeras grietas del siglo XX
El sistema westfaliano alcanzó su punto máximo de aplicación práctica hacia fines del siglo XIX: entre 1850 y 1900, la intervención forzosa de un país en los asuntos internos de otro fue, según distintos análisis históricos, menos frecuente que en los períodos inmediatamente anteriores y posteriores —las guerras napoleónicas, la Primera y la Segunda Guerra Mundial—.
Tras el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos y Europa Occidental empezaron a hablar abiertamente de un orden «poswestfaliano», en el que la intervención en asuntos internos de otro país podía justificarse frente a violaciones graves de derechos humanos. Los críticos de esa doctrina —entre ellos, buena parte de las lecturas poscoloniales— sostienen que ese marco terminó funcionando como continuación de la lógica colonial euroamericana clásica, señalando que las potencias coloniales ya habían usado argumentos similares de «intervención humanitaria» para justificar el colonialismo y la esclavitud en su momento.
Las voces que declararon su muerte
Un principio defendido hoy por quienes quedaron afuera de su origen
Ahí aparece la paradoja central de este debate: un sistema diseñado en la Europa del siglo XVII encuentra hoy a sus defensores más firmes fuera de Occidente. Rusia, que quedó al margen del sistema westfaliano original de 1648, adoptó después de la disolución de la Unión Soviética la soberanía westfaliana como herramienta para contrarrestar el poder estadounidense y promover un orden mundial multipolar. China y Rusia usaron reiteradamente su poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para bloquear lo que interpretan como violaciones estadounidenses de la soberanía estatal, como en el caso de Siria.
Pero el respaldo al principio westfaliano no es exclusivamente un fenómeno de potencias no occidentales. El politólogo estadounidense Stephen Walt le recomendó directamente a Donald Trump volver a los principios de Westfalia, calificando ese regreso como un «curso sensato» para la política exterior de Estados Unidos — evidencia de que el debate no se reduce a un eje Occidente contra el resto, sino que atraviesa también las propias divisiones internas del pensamiento estratégico estadounidense.
Dos lecturas de la misma crisis
A favor de Westfalia
La soberanía absoluta protege a los Estados más débiles de la injerencia arbitraria de las potencias más fuertes. La «intervención humanitaria» se aplicó históricamente de forma selectiva —solo contra países ya enfrentados con Estados Unidos, nunca contra aliados con problemas similares—, lo que revela que a menudo funcionó como pretexto geopolítico antes que como principio moral consistente.En contra del Westfalia clásico
El principio de no interferencia puede convertirse en un escudo para que gobiernos cometan abusos masivos contra su propia población sin consecuencia externa alguna. El auge del terrorismo y de actores violentos no estatales, potenciado por la globalización, ya erosionó buena parte de la capacidad de control exclusivo que supone la soberanía clásica sobre un territorio.Ninguna de las dos posturas logró imponerse de forma definitiva, y esa indefinición es, precisamente, el terreno en el que crecen los «estados fallidos» como categoría de debate —el caso de Afganistán antes de la invasión liderada por Estados Unidos en 2001 fue durante años el ejemplo más citado— y las nuevas formas de intervencionismo que ya no se presentan como conquista territorial clásica, sino como respuesta a un vacío de soberanía real o presunto.
De la soberanía absoluta a la «soberanía compartida»
La Unión Europea representa, en ese sentido, una de las excepciones más radicales al esquema westfaliano clásico: su propio diseño institucional prevé que agentes externos —las instituciones supranacionales europeas— influyan e interfieran en asuntos internos que, bajo la lógica de 1648, corresponderían exclusivamente a cada Estado miembro. Es exactamente el «entrelazamiento de intereses vitales» que describía Fischer en su discurso de 2000: una cesión voluntaria y recíproca de soberanía a cambio de estabilidad e integración regional.
Ese es, en definitiva, el nudo que atraviesa toda discusión geopolítica contemporánea que invoque a Westfalia: casi cuatro siglos después de la paz que le dio nombre, el mundo sigue sin resolver la tensión de fondo entre dos ideas que nunca terminaron de convivir del todo bien —la soberanía absoluta de cada Estado sobre su territorio, y la idea de que ciertos límites (derechos humanos, integración regional, derecho internacional) deberían poder trascender esa misma soberanía cuando se la usa para hacer daño puertas adentro.
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