Biden, Clinton y Trump con fondo de justicia y encarcelamiento.

El indulto presidencial en EEUU: poder absoluto, sin freno

El indulto presidencial en EEUU: poder absoluto, sin freno
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Análisis institucional
El indulto presidencial en EEUU: poder absoluto, sin freno

Un presidente puede, con un trazo de pluma, borrar cualquier delito federal: el propio, el de su familia, el de sus aliados. Ningún tribunal, ningún Congreso, ninguna Corte Suprema puede revertirlo. Doscientos años de historia muestran que esto no es una hipótesis: es el patrón de siempre.

Imaginate esto: un presidente puede, con un trazo de pluma, borrar cualquier crimen federal. Puede liberar a su familia, a sus socios, a quienes lo ayudaron a obstruir investigaciones. Puede perdonar a personas que ni siquiera fueron acusadas todavía. Y lo más increíble: nadie puede impedirlo. Ni el Congreso. Ni los tribunales. Ni la Corte Suprema. No es ficción: es el poder de indulto presidencial en Estados Unidos, y la lista de quienes lo usaron para proteger a los suyos atraviesa a prácticamente todos los presidentes modernos, sin distinción de partido.

De dónde viene esto

El poder de indulto no lo inventaron los estadounidenses. En la antigüedad, griegos y romanos ya reconocían que el gobernante podía mostrar misericordia, como forma de humanizar un sistema legal que no puede contemplar cada situación posible. Pero la versión que heredó Estados Unidos viene específicamente de Inglaterra: en el siglo VII, el Rey Ine de Wessex ya tenía la «prerrogativa real de misericordia», y para el siglo XVI, bajo Enrique VIII, el Parlamento declaró formalmente que el indulto era un derecho exclusivo de la Corona.

Y aquí viene lo interesante: los ingleses abusaron tanto de ese poder —venta de indultos, sobornos, intercambios de favores— que el propio Parlamento tuvo que imponerle límites. Suena conocido.

La advertencia que nadie escuchó

Cuando los Padres Fundadores escribieron la Constitución en 1787, conocían perfectamente estos antecedentes. Alexander Hamilton propuso incluir el poder de indulto, pero hubo debate real sobre sus riesgos. Edmund Randolph advirtió algo que hoy suena profético: «Extender este poder a casos de traición es demasiada confianza. El Presidente mismo puede ser culpable. Los traidores pueden ser sus propios instrumentos.» La propuesta de excluir la traición del poder de indulto, sin embargo, fue rechazada. El «remedio» que quedó en pie fue el que propuso James Madison: si un presidente abusa del indulto, el Congreso puede recurrir al impeachment. Ese mecanismo nunca se usó para esto. Y, como muestra la historia, probablemente nunca se use.

Lo que dice la Constitución, en apenas una frase

El Artículo II, Sección 2, es breve: «El Presidente tendrá poder para conceder indultos y conmutaciones por ofensas contra los Estados Unidos, excepto en casos de impeachment.» Eso es todo. Solo dos límites explícitos: el indulto aplica únicamente a delitos federales, no estatales, y no puede usarse para evitar un juicio político.

En 1866, la Corte Suprema zanjó cualquier ambigüedad en el caso Ex parte Garland: el poder de indulto es «ilimitado», salvo esas dos excepciones. El Congreso no puede restringirlo por ley. Los tribunales no pueden anular un indulto una vez otorgado. Es, literalmente, uno de los poderes más absolutos que existen en todo el sistema estadounidense —un estatus que sigue vigente hoy, sin que ninguna reforma lo haya tocado en más de 150 años.

Para qué fue diseñado realmente

El poder de indulto no fue pensado para proteger a amigos y familiares. Alexander Hamilton lo explicó en El Federalista n.º 74: «El código criminal de cada país tiene tanta severidad necesaria, que sin un fácil acceso a excepciones a favor de la culpa desafortunada, la justicia tendría un semblante demasiado sanguinario y cruel.» Es decir: las leyes son necesariamente duras, y a veces esa dureza es injusta. El indulto existe para corregir esos casos puntuales.

Hay ejemplos históricos que encajan con ese propósito original. George Washington perdonó a los participantes de la Rebelión del Whiskey en 1795, en un gesto de reconciliación nacional, no de alianza personal. Thomas Jefferson perdonó a condenados bajo las Leyes de Sedición, que criminalizaban criticar al gobierno —usó el indulto para corregir una ley que violaba la libertad de expresión—. Jimmy Carter perdonó a los evasores del reclutamiento de Vietnam, buscando sanar las heridas de un conflicto que había dividido al país. Barack Obama conmutó las sentencias de cerca de 1.700 personas condenadas por delitos no violentos de drogas, muchas con penas hoy reconocidas como desproporcionadas.

Lo que tienen en común estos casos: el presidente no conocía personalmente a los beneficiarios, no había vínculo financiero ni político directo, y el objetivo declarado era el interés público, no el interés del propio presidente.

No todos los indultos son iguales

Los cinco tipos de clemencia
  • Indulto completo: perdona totalmente el delito federal, elimina la condena y restaura derechos civiles (votar, portar armas). No borra el historial: el delito sigue en el registro.
  • Conmutación: reduce o elimina la sentencia, pero la persona sigue siendo técnicamente «convicta». Solo cambia el castigo, no el veredicto.
  • Amnistía: un perdón extendido a un grupo entero. Andrew Johnson la usó para todos los confederados tras la Guerra Civil.
  • Suspensión: posterga temporalmente una sentencia, sin perdonar nada.
  • Indulto preventivo: el más controversial. Se otorga antes de que existan cargos formales. Gerald Ford lo usó con Nixon; Biden lo usó con su propia familia y varios funcionarios. Es legalmente válido, pero problemático porque permite perdonar delitos que ni siquiera se conocen todavía.

Cuando el sistema falla: los patrones de abuso que se repiten

Porque si bien el poder de indulto fue diseñado para hacer justicia, en la práctica se convirtió en una herramienta de protección personal, nepotismo y recompensa política. Los patrones se repiten de presidente en presidente, cambiando solo los nombres:

  • Protección de co-conspiradores: indultar a quienes podrían testificar contra el propio presidente o que cometieron delitos en su beneficio.
  • Nepotismo: indultar a familiares directos.
  • Recompensa a aliados políticos: perdonar a quienes apoyaron públicamente al presidente.
  • Vínculos financieros: indultos a cambio de donaciones, favores o conexiones de negocios.
  • Obstrucción de justicia: usar el indulto para frenar investigaciones o silenciar testigos.
  • Indultos de último día: la avalancha de perdones controversiales en las últimas horas de mandato, cuando ya no hay consecuencia electoral posible.

Los casos recientes: el patrón, con nombre y apellido

Trump, segundo mandato — enero de 2025

El día de su inauguración, Trump firmó clemencia para cerca de 1.500 a 1.600 personas involucradas en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 —la cifra exacta varía algo según la fuente, pero el núcleo del hecho es indiscutido—. Entre los beneficiarios: Enrique Tarrio, líder de los Proud Boys, condenado a 22 años por conspiración sediciosa, recibió un indulto total. Stewart Rhodes, fundador de los Oath Keepers y condenado a 18 años por el mismo cargo, en cambio recibió una conmutación de sentencia a tiempo cumplido, no un perdón pleno —su condena, a diferencia de la de Tarrio, sigue formalmente en su historial—. Otros líderes de los Proud Boys con sentencias de 10 a 17 años también fueron liberados, junto con aproximadamente 1.500 personas más que habían asaltado a policías, obstruido procedimientos oficiales o entrado ilegalmente al Capitolio, algunos armados. Ese día resultaron heridos 140 policías. Hoy, todos están libres.

Trump también perdonó a Changpeng Zhao, ex CEO de Binance, condenado por violaciones antilavado que habían permitido transacciones vinculadas a grupos terroristas. La conexión señalada públicamente: Binance dio soporte técnico a World Liberty Financial, la empresa cripto de los hijos de Trump —un vínculo ampliamente reportado por medios como Reuters y confirmado en coberturas contemporáneas al indulto.

Perdonó también a Todd y Julie Chrisley, estrellas de reality TV condenadas por fraude bancario y evasión de impuestos, cuya hija había respaldado públicamente a Trump en la Convención Republicana. Y, en un gesto más excepcional todavía, indultó preventivamente a 77 «electores alternativos» de 2020 —entre ellos Rudy Giuliani, Sidney Powell, John Eastman y Mark Meadows—, personas que ni siquiera enfrentaban cargos federales formales, por cualquier delito que pudieran haber cometido en el intento de revertir la elección de 2020.

Trump, primer mandato — 2017-2021

El patrón ya estaba establecido antes. Paul Manafort, su jefe de campaña, condenado a 7 años y medio por fraude bancario, fraude fiscal y conspiración, e investigado por conexiones con oligarcas rusos y ucranianos. Roger Stone, asesor político de Trump por décadas, condenado a 40 meses por falso testimonio y obstrucción, tras haber coordinado con WikiLeaks durante la campaña de 2016. Michael Flynn, su primer Asesor de Seguridad Nacional, que mintió al FBI sobre contactos con el embajador ruso. Steve Bannon, acusado de defraudar a donantes del proyecto «We Build the Wall» por más de un millón de dólares.

Nisour Square: la masacre que terminó indultada

Trump también perdonó, en diciembre de 2020, a cuatro contratistas de Blackwater condenados por la masacre de Nisour Square en Bagdad, Irak, en 2007 —un hecho en el que murieron 17 civiles iraquíes desarmados, entre ellos niños, según el conteo más citado por investigaciones periodísticas y judiciales—. La conexión señalada en su momento: Blackwater fue fundada por Erik Prince, hermano de Betsy DeVos, entonces Secretaria de Educación de Trump. Las familias de las víctimas calificaron el indulto de «atroz» cuando se conoció.

Biden — 2021-2025

Biden había prometido, repetidamente y en público, que no indultaría a su hijo Hunter. Hunter Biden fue condenado por un jurado por cargos de armas —mentir sobre su adicción a drogas al comprar un arma— y se declaró culpable de evadir 1,4 millones de dólares en impuestos, con una sentencia potencial combinada de hasta 42 años. El 1 de diciembre de 2024, Biden lo indultó, argumentando que las acusaciones habían sido «politizadas» por republicanos —aunque la investigación había comenzado durante la administración Trump, con un fiscal especial nombrado por el propio Trump—. El indulto no se limitó a los delitos ya juzgados: cubrió cualquier crimen que Hunter «pudiera haber cometido» entre 2014 y 2024, una década completa de cobertura preventiva.

En su último día de mandato, Biden fue más lejos todavía: indultó preventivamente a su hermano James, a su cuñada Sara, a su hermana Valerie y a otros dos familiares, ninguno de los cuales enfrentaba cargos formales. También indultó preventivamente al general Mark Milley —porque Trump lo había llamado «fascista» y sugerido que merecía la pena de muerte—, al doctor Anthony Fauci, blanco de críticas por el manejo del COVID, y a los miembros del Comité del 6 de Enero que habían investigado a Trump. La justificación oficial: protegerlos de «represalias» de la nueva administración.

Clinton — el «Pardongate» de 2001

Clinton estableció el molde moderno del abuso de último día, con 140 indultos otorgados en sus horas finales. El caso más escandaloso: Marc Rich, fugitivo en Suiza, buscado por evadir 48 millones de dólares en impuestos y acusado de 51 cargos de fraude fiscal, además de haber hecho negocios con Irán durante la crisis de los rehenes. Su ex esposa, Denise Rich, había donado más de un millón de dólares a los demócratas y a la biblioteca presidencial de Clinton.

Clinton también perdonó a su propio hermano Roger, condenado por distribución de cocaína, y a Susan McDougal, ex socia de los Clinton en el escándalo Whitewater, que se había negado a testificar contra ellos. Y hubo pagos que vincularon directamente a la familia política: Hugh Rodham, hermano de Hillary Clinton, recibió unos 200.000 dólares de cada uno de dos clientes distintos —Almon Glenn Braswell y Carlos Vignali— por representar sus pedidos de clemencia; devolvió el dinero una vez que se hizo público el conflicto de interés. Sobre Tony Rodham, otro hermano de Hillary, el grupo conservador Judicial Watch alegó en 2006 que había recibido 107.000 dólares de una pareja indultada (los Gregory) en forma de préstamos nunca devueltos —una acusación que, vale aclarar, nunca llegó a probarse judicialmente como quid pro quo, aunque alimentó la percepción generalizada de que el proceso de indultos de Clinton operó, en los hechos, como un mercado de favores.

Por qué nadie puede hacer nada

Acá está el problema de fondo: el sistema no tiene un remedio efectivo. El impeachment, que Madison propuso como solución, nunca se usó por abuso de indultos —y los indultos más controversiales ocurren, sistemáticamente, en el último día de mandato, cuando el presidente ya se va y no queda tiempo para un juicio político—. Los tribunales no pueden intervenir: la Corte Suprema ya declaró, desde 1866, que el poder es «ilimitado» y no está sujeto a revisión judicial. El Congreso no puede legislar restricciones sin una enmienda constitucional. Y la opinión pública tampoco funciona como freno real, porque los presidentes que otorgan los indultos más polémicos en su último día ya no van a volver a enfrentar a los votantes.

Los fundadores confiaron en que el impeachment y la vergüenza pública serían frenos suficientes. La historia demostró que no lo son.

¿Hay alguna solución en el horizonte?

Existen propuestas de reforma, pero todas requieren una enmienda constitucional —algo extraordinariamente difícil de lograr en el sistema político estadounidense actual—: prohibir indultos después del día de la elección o en los últimos 60-90 días de mandato; permitir que el Congreso anule un indulto por mayoría calificada; prohibir indultos a familiares directos del presidente; clarificar si un presidente puede indultarse a sí mismo (hoy esto es legalmente ambiguo, y ningún presidente lo intentó todavía); prohibir indultos a personas investigadas por delitos relacionados con el propio presidente; o, la propuesta más radical, eliminar el poder por completo y transferirlo a un órgano independiente. Ninguna de estas reformas tiene, hoy, una perspectiva realista de aprobación: el poder de indulto beneficia a quien está en el poder, y quien está en el poder no tiene ningún incentivo para limitarlo.

El poder de indulto presidencial fue creado con un propósito noble: templar la severidad de la ley con misericordia, corregir injusticias puntuales, sanar divisiones nacionales. En la práctica, se convirtió en algo muy distinto: una herramienta para proteger aliados, recompensar donantes, blindar familiares y obstruir investigaciones —legal en cada uno de los casos, porque el sistema, tal como está diseñado desde 1787, lo permite—. Los fundadores sabían que esto podía pasar; Edmund Randolph lo advirtió explícitamente. Confiaron en que el sistema tendría frenos suficientes. No los tiene. La pregunta, a esta altura, no es si va a volver a pasar. Es cuándo, y qué tan lejos va a llegar el próximo presidente.


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Fuentes: Constitución de los Estados Unidos, Artículo II, Sección 2. Ex parte Garland, 71 U.S. 333 (1866). El Federalista n.º 74, Alexander Hamilton. Actas de la Convención Constitucional de 1787.

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